A orillas del Urdaibai, en Arteaga, en un alto sobre la margen derecha de la ría, se levanta escondido un castillo, un gran palacio del s.XIX que surge enhiesto entre los caseríos de un paisaje de pastos en cuesta y montes poblados de pinos. Hoy, convertido en hotel, pasa casi inadvertido al paso por la carretera, como ocurre con la historia que dio lugar a su origen.

El Castillo de Arteaga es fruto de una preciosa concatenación de acontecimientos en los que se entremezclan audaces gestiones diplomáticas, astucias políticas de fueristas y liberales, enfrentamientos entre vascos, pero también los sueños de la que podría ser la mujer más bella del momento. En 1.856 España vivía un nuevo verano de revueltas, O`Donnell ponía fin al bienio progresista de Espartero derrocándolo del Gobierno. Entonces, las Juntas Generales de Bizkaia desarrollaron una audaz maniobra, un ejercicio de la más elaborada diplomacia. Las noticias de Madrid no permitían vislumbrar un horizonte de estabilidad y, tras la derrota en la primera guerra carlista, se buscaban apoyos que permitieran dar estabilidad al Fuero y a las tradiciones.

Biarritz era entonces el Saint Tropez de la época. Esa pequeña localidad del País Vasco Francés que, cuando fue descubierta por Víctor Hugo, no era más que un pequeño pueblo de pescadores, se erigía ahora como el centro de la nobleza y de los gobiernos de toda Europa. Allí, Napoleón III había hecho levantar un palacio de verano para su deslumbrante emperatriz, Eugenia de Montijo. La andaluza, cuya madre provenía de la nobleza vasca, había cautivado a todas las cortes europeas con su encanto y disfrutaba hasta tal punto de Biarritz que la última familia imperial francesa la convirtió en corte de verano durante 11 años.

Dos junteros de Bizkaia llevaron el título de "bizcaino" al hijo de Napoleón III

Juan Eustaquio Delmas, un bilbaíno en el que era difícil distinguir qué sobresalía más, si el romanticismo, la erudición o el amor por los Fueros; estableció las líneas maestras de este plan. La jugada consistía en nombrar “bizcaino originario” al recién nacido hijo de los emperadores de Francia. Delmas tuvo en cuenta la línea materna de Eugenia de Montijo, entonces la Duquesa de Alba, era también condesa de Teba, señora de la Torre de Arteaga, uno de los linajes más antiguos de “Bizcaya”. Por lo tanto, Eugenia de Montijo, la Emperatriz, entroncaba directamente con la nobleza “bizcaina” y, en consecuencia, también su hijo, el nuevo heredero Bonaparte.

Juan Eustaquio Delmas

Juan Eustaquio ajustó su pluma y dejó correr todos sus sentimientos en forma de ríos de tinta foral preparando la declaración que aprobaron las Juntas de "Bizcaya", en Guernica, en sesión del 16 de julio de 1.856: El nombramiento del hijo de los emperadores como “bizcaino originario de preclara raza, con derecho al goce y disfrute de todos los derechos y prerrogativas injerentes a lo bizcaino”, “la sangre de Arteagas, Ezquerras y Guzmanes corre por las venas de este infante de noble y antigua estirpe”.

No había tiempo que perder. Entonces, el embajador en Francia era el alavés Salustiano Olózaga. Los vascos tenemos tantos lazos de unión como diferencias políticas y en este enjambre de redes, los “bizcainos” supieron cobrarse la presa. Conocieron que el diplomático alavés había abandonado Francia para socorrer lealmente a Espartero en Madrid. Había que aprovechar aquel vacío y se preparó de inmediato una misión formada por dos procuradores “bizcainos”: Antonio López de la Calle y José Salvador de Lequerica. Sobre sus carteras quedó depositada la misión de trasladar a los emperadores el título otorgado a su heredero, lograr así el favor de la nación más fuerte de Europa. Podrían llegar a ellos sin el filtro del embajador español en París que, de seguro, hubiera negado semejante encuentro.

Biarritz, septiembre de 1.856. anuncian la entrada de los bizcainos. Entran temblorosos, impresionados del boato imperial y son acogidos por Napoleón III y Eugenia de Montijo. Trasladan el nombramiento con tal arte y encanto que son invitados a una cena en su honor al día siguiente. La emperatriz muestra interés por su sangre “bizcaina” y les pide que no falten a la cita sin llevarle un ejemplar de los Fueros de Bizcaya y un plano de las tierras de Arteaga.

La emperatriz Eugenia de Montijo

López de la Calle y Lequerica entienden bien a Napoleón y su decisión de trasladar la corte a Biarritz cada verano, incapaz de no sucumbir a la Emperatriz. Lo mismo les ocurre a los “bizcainos”, no sólo cumplen el deseo de Eugenia sino que, además del Fuero de Bizcaya y los planos de Arteaga, deciden darle en regalo una finca en uno de los lugares más bellos de la comarca guerniquesa. Están convencidos de que es un precio muy escaso para el logro obtenido y que nadie se lo reprochará a su regreso. La emperatriz, como muestra de agradecimiento, prometió la construcción de un palacio en el lugar donde residían las ruinas de la antigua torre, el castillo de Arteaga

Olózaga estalló en cólera cuando le advirtieron de lo sucedido, acusó de traición “a la mayoría reaccionaria” de la Junta de Bizcaya por buscar apoyos en un país ajeno. Pero ya no podía hacer nada. Sucumbió Espartero, sucumbió también el alavés en su puesto de la Embajada de Francia y poco después también fue humillado Napoleón III en la guerra franco-prusiana cayendo para siempre la Francia Imperial y teniendo que instalarse la familia Bonaparte y la emperatriz en Inglaterra.

El "bizcaino" Napoléon murió el mismo año que la "abolición foral", 1876

Y ¿qué fue del “bizcaino originario”, Napoleón Eugenio Luis de Bonaparte? Las desgracias nunca vienen solas y los caprichos de la historia unen acontecimientos aparentemente lejanos e inconexos. Murieron a la vez el Fuero y quién un día fue la esperanza para defenderlo. Al tiempo en que terminó la tercera guerra carlista y llegó lo que se denominó la “abolición foral” en 1876, moría en África con 23 años el heredero de último emperador. Se alistó en una guerra de ingleses contra zulúes y fue sorprendido en una emboscada. Los zulúes no conocían la identidad del joven soldado, y contra lo que solía ser su costumbre, no descuartizaron su cuerpo. En su ritual, era una muestra de respeto cuando un enemigo mostraba valor. Por eso pudo ser reconocido.

Todos los actores de este drama sucumbieron: la emperatriz, el “bizcaino originario” y hasta el fuero en la memoria de las últimas generaciones de hoy. Bueno, todo no. El castillo se construyó y, aunque la emperatriz no fue a verlo nunca, hoy se levanta enhiesto con la dignidad y belleza de su dueña, como el único testigo de esta historia de intrigas, sueños, viajes y misiones diplomáticas. Merece la pena, camino de los arenales de Laga o Laida, pararse en Arteaga y, a la sombra de sus piedras, asomarse a la historia.