Toda ciudad “pelea” por diferenciarse del resto, busca algo que no tengan las demás, lucha por encontrar aquello que le distinga, elementos que se conviertan en señal de identidad, que le permitan entrar en el libro de los Guinness, algo de lo que otras carezcan y de lo que no puedan ser despojadas. Y Braga, fundada por los romanos, lo tiene fácil. Figura entre las ciudades más felices, es líder en sostenibilidad y, además, es la ciudad más antigua de Portugal.
Braga, la “Roma portuguesa”, saca pecho de su apodo derivado del importante legado proveniente de una época de la que conserva valiosos restos, como los de las termas de Maximinos, y un importante patrimonio que la han convertido en uno de los principales centros religiosos. Entre las iglesias más visitadas están la Sé, la catedral más antigua del país, y el Santuario Bom Jesus do Monte, hasta donde se puede llegar a pie, en coche o tomando el primer funicular de Portugal que pese a ser el más antiguo del mundo en servicio sigue siendo hoy, como lo era en 1882, capaz de salvar casi trescientos metros de desnivel.
El policromado y tridimensional retablo del altar mayor está decorado con esculturas de la crucifixión de Cristo
Casi seiscientos peldaños, 577 exactamente, conforman la escalinata barroca que va hasta el santuario, al que el Papa Francisco elevó hace una década a la categoría de Basílica menor. El recorrido zigzagueante de la blanca escalera va engarzando fuentes alegóricas a los sentidos y virtudes con capillas dedicadas al Vía Crucis que incluyen imágenes de tamaño natural. Inmenso por fuera, enorme por dentro, el santuario puede ser recorrido con visitas que organiza la Cofradía de Bom Jesus.
Si el parque que rodea al santuario, con estanque, barcas y áreas de recreo incluidas, es un lugar de esparcimiento muy recurrido, los miradores de la escalinata desde donde se obtiene la mejor panorámica posible de la ciudad, están igualmente muy solicitados.
Otra escalinata, está adornada de típicos azulejos portugueses, es la del Antiguo Palacio Episcopal, que mira desde el centro de la ciudad al Jardín de Santa Bárbara, una preciosidad tapizada de arbustos y flores. La expresión portuguesa “E mais velho que a Sé de Braga” es abiertamente contraria al ambiente joven que se respira en medio de tanta iglesia con campanas sonando en todas las direcciones. En el entorno de la Praça da República late a buen ritmo el corazón de la ciudad que sigue disfrutando de los antiguos cafés.
La Sé, sobre la que los estudiosos no terminan de decidir si se construyó sobre los restos de una mezquita en el siglo XI o sobre una capilla románica, combina estilos románicos, góticos, manuelinos y barrocos. En exterior acaparan la atención los campanarios barrocos y los cientos de detalles bíblicos que aparecen tallados en el portal. La visita interior, previo pago, reserva sorpresas como el carrillón del siglo XVII -uno de los más antiguos de Portugal-, la pila bautismal, diversas capillas y el museo de arte sacro con piezas únicas.
En pleno Casco Histórico, rodeada de cafés y muy próxima al Arco da Porta Nova, la visita a la Catedral de Braga, que rivalizaba con la de Santiago, es imprescindible
Tan aconsejable como la visita interior, resulta recomendable acercarse hasta la trasera de la catedral, donde se encuentran una serie de impactantes capillas adosadas
Transitadas son las calles Rúa Dom Diogo y Rúa do Souto, donde se encuentra el Arco da Porta Nova, abierto en la muralla que rodeaba a la ciudad. Es la entrada al casco antiguo y principal calle comercial que data de la época romana y se reformó en la medieval. El Arco da Porta Nova fue la primera de las ocho entradas que llegó a tener Braga. Esta llevaba hasta una plaza con una fuente a la que las vendedoras de pescados acudían a vender sus mercancías.
Al igual que ocurría con la Catedral, el Arco ha sufrido diversas intervenciones en el transcurso de los siglos; la versión actual es del siglo XVIII y mantiene la imagen de la virgen de Nazaré que estaba en la primera. De ese arco, que nunca tuvo puerta, proviene la recurrente expresión “Es de Braga”, que se espeta a todo aquel que al entrar o salir no cierra la puerta.
El arco fue mandado construir por el arzobispo Diogo de Sousa, el mismo que encargó la arcada de la catedral
Aunque al leerlo parezca un trabalenguas, son azules los azulejos que alicatan la Casa do Raio o Casa do Mexicano, un claro ejemplo de rococó Europeo que en el siglo XVIII se fue extendiendo desde Francia al resto del continente. Fue en ese siglo cuando la casa comenzó a construirse por encargo de João Duarte de Faria e Silva, un comerciante que hizo fortuna en la comercial Rúa do Souto. Un siglo después, la residencia fue vendida al vizconde de San Lázaro, Miguel Jose Raio, quien ordenó añadir los típicos azulejos portugueses.
Tras el fallecimiento del último propietario, el edificio pasó a manos del banco para pagar las deudas que Raio tenía contraídas. Posteriormente, fue adquirido por la Casa de Misericordia, que tras la restauración de 2015 instaló un centro de interpretación
Otras de las iglesias más visitadas son las de La Misericordia, la de O Pópulo y la de Santa Cruz, en la que, según la leyenda, si una joven encuentra los tres gallos de la fachada tiene asegurado el matrimonio. Digamos que, por suerte, para quienes no tienen interés alguno en buscar pareja, encontrar el tercer gallo no resulta fácil. Ni imprescindible.
Un poco más alejado del centro se encuentran las ruinas arqueológicas con los restos de las Termas de Maximinos construidas en el siglo II d.C y reformadas entre el III y el IV. Tras ser descubiertas en 1977 no tardaron en ser declaradas Monumento Nacional. Junto a ellas, en 1.999 se identificaron los restos del Teatro Romano, activo hasta el siglo IV y que por el momento no puede ser visitado.
Curiosidades
Al fondo, tras el letrero de la ciudad en la Plaza de la República, la iglesia y hospital de San Marcos
Braga no solo tiene decenas de iglesias que le han valido para otorgarle el sobrenombre de “Ciudad de los arzobispos”, sino que infinidad de calles y monumentos llevan nombres religiosos.
Fue la capital de Gallaecia, una región que abarcaba el norte de Portugal, Galicia, Asturias y las provincias de León y Zamora.
Es una ciudad universitaria, allí se encuentra la Universidad Do Minho, por lo tanto, una ciudad joven.
El Abad de Priscos, que fue considerado uno de los mejores cocineros del siglo XIX, guardaba celosamente el secreto de sus recetas. Solo reveló que su pudin, que ahora se incluye en los menús de toda la región do Minho, llevaba muchos huevos y algo de jamón.
Encabezando los cafés históricos de Braga está el Café Vianna fundado en 1858, un testigo silencioso de intrigas y conspiraciones políticas que guarda parte de su decoración original. A Brasilera y Astoria, con pocos cambios, conservan el aspecto de principios del pasado siglo.
