A 'Los Bridgerton' siempre se la ha arreado por lo mismo, y permítanme ser clara. Desde su estreno en 2020, la crítica fundamental que se le ha hecho siempre a la serie es la misma: el tema de los negros. Porque nunca ha colado que en la Inglaterra del siglo XIX hubiera negros aristócratas y herederos de grandes fortunas y tampoco ha colado jamás la excusa creativa de Netflix en plan “Jooo, noooo, si lo hacemos por todo lo contrario… Por la diversidad, por hacerle una peineta al relato histórico, proponiendo una integración que se salta los forzados e hirientes constructos sociales”. No cuela. Y mucho menos nos tragamos la excusa que relaciona este tema con una supuesta ucronía del tipo: “¿Qué hubiera pasado si la sociedad no hubiera sido tan racista en aquel entonces?"
'Los Bridgerton' es una fantasía en cuyo juego has de entrar para entretenerte. Como has de hacerlo en 'Star Wars' o en 'Blade Runner'. ¿Te lo crees? Bien. ¿No te lo crees? No es para ti.
Pero hay una serie de hechos irrefutables, casi. Uno es que 'Los Bridgerton' está magníficamente bien hecha y que, por lo tanto, se entra muy bien en ella. Y otro es que, una vez le hincas el diente, ves en ella los ecos de una basura modernita y woke, en ocasiones vergonzante, por esa mezcla estúpida entre 'Sensación de Vivir' y 'Falcon Crest'. Y, ojo, que los puñeteros Bridgerton son ocho hermanos y cada temporada se centra en uno de ellos, así que aún nos queda drama hormonal para rato.
Y nada de esto se nos antoja lo peor. Si no que esta serie que va de transgresora y que está maravillosamente ambientada y documentada —que si la taza, que si el baile, que si el polisón—, no se ha atrevido a recrear la sociedad de esta fantasía pseudohistórica como la Inglaterra real del XIX donde no había negros paseándose alegremente por Belgrave Sq, donde ni siquiera los había trabajando en las minas y en los puertos porque apenas eran 10.000 en un país de 12 millones de habitantes. Lo peor es que no se han atrevido a hacer una serie sin negros.
Pero incluso dejando esto a un lado, 'Los Bridgerton', no nos engañemos, es bastante mala. Pero también, no nos engañemos, bastante molana.
Desde hace demasiados años existe la tendencia de hacer culebrones sin aspecto de culebrón. Desde 'Dinastía' a 'Anatomía de Grey', los dramas y tragedias televisivas han estado siempre envueltas de otra cosa donde más o menos nos han colado tramas apetecibles. Hasta que después de unos cuantos capítulos te das cuenta de que estás viendo un pastiche bastante chorra.
Aunque eso al público de 'Los Bridgerton' le da igual. Hay amor y lujo, cotilleos e infidelidades, kikis a escondidas y hermanas malvadas, cachas breados en el crossfit y música modernita con toques de clavicordio. Todo tan medido, todo tan artificial que no puedes más que seguir y seguir viéndola. Es extrañamente adictiva e insultantemente entretenida.
Por eso, uno de los productos televisivos más esperados del año es la temporada 4 de 'Los Bridgerton' cuya primera parte se estrena mundialmente este fin de semana. En esta ocasión, la trama está centrada en Benedict, segundo hermano de esta privilegiada familia, que goza de un temperamento más bohemio y artístico y, por lo tanto, de unos intereses románticos divergentes a los de sus hermanas. Pero siendo el menos lerdo de todos, ahora se enamorará de una extraña desconocida en un baile de máscaras con la que se obsesionará y a la que no logrará encontrar porque, oh sorpresa, es de otra clase social. Sí, en serio, es la Cenicienta.
Este drama escapista, rimbombante, divertido, falso, tórrido, eficaz e imposible no es para todo el mundo. Pero si usted es ese mundo, no podrá dejar de verla.
