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Inconfundible olor a jabón casero que desprende su particular aroma. Agua fría, helada, que abre grietas en las manos como cuchillas afiladas. Prendas al viento ondeando como banderas que esperan pacientes la suave brisa del aire, la llegada de fuertes ráfagas o la agradable caricia del sol a sabiendas de que en cuestión de minutos evaporarán todo rastro de humedad. La única excepción es que, mientras la ropa, como lienzo extendido, se vea sorprendida por una inesperada lluvia durante su breve exposición en la desembocadura del Duero donde las lavadeiras se reúnen, casi en ambiente festivo, cada tarde..

Ropa blanca que, para serlo, se ha "clareado" a la luz de la luna, salpicada o "cuchareada" con agua de manera concienzuda. O quizá tengan un color ligeramente azulado tras haber pasado unas horas sumergidas en un bloque de "añil" disuelto en agua. Impolutas de cualquier manera. Barreños de plástico o tinas de zinc que buscan asiento y lo encuentran sobre un rodete de tela que las mujeres se encajan sobre sus cabezas. Mujeres, siempre mujeres. Mujeres que frotan enérgicamente la ropa entre sus puños o la baten contra la piedra del lavadero hasta hacer desaparecer el jaboncillo que antes han elaborado con residuos de aceite y sosa.

Herramienta infalible a la que ayudan los cepillos de duras cerdas que menguan a la misma velocidad del jabón. Mujeres que cuelgan ordenadamente las prendas sobre alambres sujetos en maderos vencidos a la orilla de ese  mar al que, cada mañana, se asoman sus maridos e hijos y desde donde regresan cargados de peces que ellas luego venden. Quizá por eso los alambres se confunden con las redes que no lejos son reparadas, muchas veces, por esas infatigables mujeres ataviadas en mandilones, cuyos días  parecen sobrepasar las veinticuatro horas en las que, pese a ello, no encuentran el momento de disfrutar de una bica. Corto el café, largos los días reducidos a constantes tareas domésticas.

"A vida da lavadeira é como a do caracol, de inverno morre com frio e de verão more com sol". El trabajo de las lavadeiras se recoge en la poesía popular portuguesa A. Viri

En medio del sincronizado chapoteo de ropa en el agua, las mujeres alzan sus voces para contar sus cuitas cotidianas, entonar canciones populares y, si se tercia, marcarse entre risas unos pasos de baile, ignorando el esfuerzo que delatan sus manos enrojecidas. Lo vienen haciendo desde hace décadas, cuando en muchas de sus casas faltaba el agua corriente y el hueco de la lavadora estaba vacío. Hoy esos encuentros no tienen carácter penoso y, aunque el trabajo siga siendo duro, saben que si lo desean pueden apretar el botón del electrodoméstico que, hoy sí, tienen en sus domicilios, pero que resultan incapaces de competir con los ratos de conversación que les proporcionan los encuentros frente al pilón.

Un ritual que se mantiene intacto en San Pedro de Afurada, freguesia de Vilanova de Gaia, frente a Oporto, ciudad de la que se han escrito kilómetros de renglones, muy pocos haciendo referencia a este espacio que se ha convertido en un museo vivo.

El agua del río o del mar, a la que hoy vinculamos al ocio y vacaciones, es la que ha llenado los pucheros en las vidas de los afuradenses. Ellas, doblando sus espaldas, primero sobre la orilla del Duero para lavar prendas ajenas y obtener unos escudos con los que mantener a la familia y luego ya en los nuevos lavaderos, construidos en 2003, sin esa motivación económica.

Ellos en pie antes que la luna se acostase, atentos a las mareas, pendientes de las olas y golpes de mar para buscar en las aguas del Atlántico bancos de peces con los que llenar sus barcas. Unas y otros, mujeres y hombres, ataviados con altas botas de plástico para evitar que el agua mojara sus pies y sin conseguir impedir que el frío recorriese sus cuerpos.

San Pedro da Afurada no ha dado la espalda al turismo que cada año hace aumentar el número de visitantes, pero sus vecinos mantienen el infrecuente hábito de saludar a los desconocidos con quienes conversan haciéndose entender sin dificultad A. Viri

Afurada parece inyectarse de vitalidad con la llegada del buen tiempo. Se agita cada verano, pero modifica solo en parte su ritmo. Los parroquianos, siempre que las obligaciones lo permitan, ocupan su taburete ante la barra de los bares en los que los turistas dan buena cuenta del pescado que ellos mismos han descargado unas horas antes. Las calles en las que los vecinos apostan sus propias parrillas huelen a sardina asada, el aroma del verano, que se codea con la caldeirada y los deliciosos buñuelos de bacalao servidos en restaurantes cuyos precios, para evitar sorpresas, es mejor comprobar antes de entrar.

La comunidad de pescadores, que llegó a crear una escuela para enseñar el oficio, se instaló en San Pedro da Afurada en 1800. Más de dos mil años después, las técnicas de pesca han variado, pero las calles siguen siendo “invadidas” por el pescado que llega al muelle A. Viri

La vida es tan sencilla aquí que, en ocasiones, parece haberse detenido el tiempo entre rúas de bajas casas coloridas. Sin embargo, uno es consciente de que no es así cuando se visita el Centro de interpretación, una exposición para la que artesanos locales han construido una réplica de las embarcaciones tradicionales y en la que se explica cómo vivían no hace tantos años los pescadores que han donado buena parte de los objetos que se exponen. Las antiguas caícas unos pequeños botes han dado paso a barcas de motor revestidas con fibra de vidrio.

Cinco edificios de fachada de madera, rehabilitados por el ayuntamiento, son la actual sede del centro interpretativo. La entrada a estos pequeños pabellones en los que antaño se almacenaba pescado es gratuita A. Viri

Afurada ha sabido reinventarse: ha convertido los almacenes en museo, el trabajo de las lavadeiras en atracción, reabierto el mercado e incorporado barcos de recreo a La Marina, un espacio moderno.