No es la primera vez en el siglo XXI que la industria de Hollywood premia con el deseado galardón una película suigéneris que se sale del circuito meramente comercial y que para muchos es, directamente, rara. Si bien los primeros años 2000 se centraron en cintas con géneros más convencionales y grandes presupuestos, desde Gladiator (2000) a 12 años de esclavitud (2014) pasando por Chicago (2003), El señor de los anillos: El retorno del rey (2004) o El discurso del rey (2011), lo cierto es que desde aquella extrañeza llamada Birdman (2015) no han parado de premiarse películas que se salen del circuito comercial como son La forma del agua (2018), Parásitos (2020), Nomadland (2021), CODA (2022), Todo a la vez en todas partes (2023) o Anora (2025).
Este año había un montón de extrañezas en la gala de los Oscar capitaneada por la vencedora, Una batalla tras otra de Paul Thomas Anderson que se ha hecho con el premio a mejor película, director, actor secundario (Sean Penn, que no fue, olé ahí), guion adaptado, montaje y casting -primera vez que se entrega-. Después de ganar el Globo de Oro a la mejor película de comedia, el BAFTA, el Critics Choice Awards o el Premio del Círculo de Críticos de Nueva York, estaba bastante cantado. También lo estaba que otra rareza fantástica, Los Pecadores, un drama sureño con tintes de terror y musical, no arrasara pese a ser, con sus 16 nominaciones, la película sorprendentemente más nominada de la historia. Pero se llevó cuatro: Actor -Michael B. Jordan-, guion original, banda sonora y fotografía.
Pero la noche iba de rarezas y algunas sorprendieron por sus pocos galardones. A la cabeza, Marty Supreme, esa exquisitez rarísima donde Timothée Chalamet hace -¡ojo!- la mejor interpretación de su corta, pero intensísima carrera, y que se fue de vacío pese a estar nominada a nueve galardones. Y es que no terminó de convencer la vida de un joven as del ping pong de ambición desmedida. No fue el caso Hamnet, otra extrañeza fabulosa, que se llevó el Oscar a la mejor actriz, una Jessica Buckley emocionada y muerta de risa que en su discurso reivindicó la belleza y el valor de la maternidad, lejos de toda clase de reivindicaciones políticas o de agradecimientos basados en aburridas ristras de nombres. Y es que su trabajo sobre la esposa de William Shakespeare dirigido y escrito por la siempre rara Chloé Zhao, es un bellísimo relato sobre el dolor y con él la actriz rascó el único premio de la cinta.
Idéntico caso es el de Weapons que se hizo con el premio a la mejor actriz secundaria, una soberbia Amy Madigan que hace un papel tan sumamente excéntrico en este thriller inclasificable, que el maestro de ceremonias Conan O'Brien centró en ella su estelar aparición inicial. Nos quedamos sin ver, eso sí, a Elle Fanning o Inga Ibsdotter Lilleaas de Valor sentimental alzarse con el galardón que se merecían por igual en dicha categoría, pero nos alegramos lo indecible al ver que la cinta noruega se hacía con el Oscar a la mejor película internacional alzándose por encima de la mayor rareza de la noche, la española Sirat.
Y eso que también estaba nominada a cuatro estatuillas la última movida mental de Yorgos Lanthimos, Bugonia, en la que Emma Stone vuelve a dar el do de pecho en un papel extremo y radical. Película loquísima es, con todo, lo menos raro del director griego.
Atrás quedan los años en que las películas de Guillermo del Toro eran las más raritas de la noche. De hecho, su espléndido Frankenstein que se llevó tres premios importantes -diseño de producción, vestuario y maquillaje y peluquería- es de lo menos insólito de toda su carrera. Quizá él abrió camino en 2004 con Hellboy y la industria le debe mucho más de lo que parece. Si no, si de verdad no miramos a los que hace unos años se atrevieron a ser diferentes, no se entendería bien que la industria hubiera premiado Las guerreras k-pop y su canción Golden de pop coreano como mejor película de animación y mejor canción, respectivamente.
En un momento en que el cine, la industria, el exceso de oferta y la fragmentación de la audiencia trae mucha mediocridad, en esta tercera década del siglo donde se producen cintas como churros para un público que mira el móvil mientras la película suena de fondo, es alentador que se sigan no sólo produciendo, sino premiando las rarezas. Una muestra inequívoca de que estamos ante una nueva esperanza.
