El cine ha estado siempre lleno de modas. Desde las rubias platino de los años 30, a los cachas hercúleos y hieráticos del péplum de los 50, no ha habido época que no haya marcado el cine o cine que no haya marcado una época.
La moda de ahora es lo woke, y lo que nos queda.
Por eso tenemos que asumir que haya una reina mulata en Los Bridgeton y una Helena de Troya negra en La Odisea.
Es una moda y, como aquellas, a nuestros hijos les parecerán más o menos anticuadas, más o menos absurdas, y el cine se plegará a otra.
Dicho esto, o superado esto, más bien, hablemos ya de La Odisea.
Espectáculo visual
La adaptación cinematográfica de la obra de Homero dirigida por Christopher Nolan es una de las producciones más ambiciosas del año.
El británico ha tomado el clásico poema épico para transformarlo en un espectáculo visual rodado en IMAX de 70 mm y renunciando, en la medida de lo posible, a los efectos digitales como ya hiciera en Dunkerke, fiel a su estilo minucioso y grandilocuente alejándose de la fantasía convencional y centrándose en un realismo más crudo.
Matt Damon interpreta a Odiseo, rey de Ítaca y astuto estratega militar que, después de asediar Troya colándose tras sus muros dentro de un caballo de madera, emprende un duro viaje de diez años de vuelta a su casa.
Allí le espera su reina, Penélope, a quien da vida una enigmática Anne Hathaway, que resiste en el palacio durante veinte años rechazando uno tras otro a sus pretendientes ávidos de poder y deseo.
Robert Pattinson dará vida a uno de ellos, un hombre arrogante que desprecia al hijo de la reina, Telémaco, encarnado por Tom Holland, que pude entorpecer sus ambiciones.
Cierra el magnífico fresco de actores Zendaya en el papel de la diosa Atenea, Charlize Theron en el de la ninfa marina Calipso y Lupita Nyong'o en el de Helena de Troya y, con ella, la polémica, porque Homero la describió como blanca y nívea.
Lo más esperado del filme es ver, precisamente, las réplicas del Caballo de Troya construidas a escala real
Una vez más, Nolan ha tomado decisiones técnicas sorprendentes que prometen ser lo que más encandile al público que, en general, suele pasar bastante de las polémicas raciales. Lo más esperado del filme es ver, precisamente, las réplicas del Caballo de Troya construidas a escala real donde el británico ha metido a los actores y a sus cámaras para capturar la claustrofobia del asalto.
Esto no hace sino corroborar, una vez más, que Nolan se pirra por las historias profundamente psicológicas que, en este caso, miran al soldado en su duro regreso a casa, un trasunto del cine del 'homecoming' iniciado con Los mejores años de nuestra vida de William Wyler y que aquí se configura como el verdadero peso pesado argumental del filme.
Pero Nolan logra esto, una vez más, con una historia colosal, abrumadora, de escala épica y evidente grandeza.
Porque transformar un mito de hace 3.000 años en una historia moderna, estimulante y verosímil es algo que muy pocos directores se atreven a hacer. Y muy pocos consiguen.
Y aquí lo logra el director de Memento, El truco final (El prestigio), El caballero oscuro, Interstellar y Oppenheimer.
Un genio absoluto, uno de los mejores directores de todos los tiempos que, una vez más, lo ha vuelto a hacer.
