Nicky, la aprendiz de bruja

Nicky, la aprendiz de bruja Vértigo Films

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Ghibli reestrena este verano la mítica ‘Nikky, aprendiz de bruja’

Es una de sus películas más luminosas y entrañables sin grandes batallas, villanos o reflexiones ecológicas

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En su deseo de llevar al público a las salas de cine, las distribuidoras han empezado hace unos años a reabrir su catálogo y restaurar y darle un poquito de empaque a ciertos títulos para reestrenarlos y poder verlos como fueron concebidos: a oscuras y en pantalla grande.

También los míticos Estudios Ghibli del genio de la animación Hayao Miyazaki se suman a esta casi-moda y con motivo de sendos aniversarios, remasterizaciones en 4k o el Premio Princesa de Asturias de las Artes recibido por el estudio, han sido ya muchos los títulos que hemos podido ver en salas. Nausicaä del Valle del Viento, El castillo en el cielo, El castillo ambulante o La princesa Mononoke son sólo algunos de ellos.

Ahora le toca el turno a la que es, seguramente, una de las historias más tiernas y dulces de Miyazaki y uno de los pilares de su filmografía, Nicky, aprendiz de bruja.

Es una de las historias más tiernas y dulces de Miyazaki y uno de los pilares de su filmografía

Estrenada en 1989 y, a diferencia de grandes películas bélicas, ecológicas o fantásticas del director, en esta joya luminosa de los estudios, el cineasta se adentra en un mundo de fantasía pero sólo como telón de fondo para contar la historia de madurez de una niña en la búsqueda de su propia identidad.

La cinta cuenta la historia de una joven bruja de 13 años que, para seguir la costumbre, tiene que abandonar su casa durante un año para aprender a valerse por sí misma. Nicky se instalará en una pequeña ciudad únicamente acompañada por su gato y su escoba voladora y allí abrirá un servicio de mensajería urgente en una panadería.

Parte de la magia del filme pasa por esa convivencia natural y maravillosa entre la fantasía y la realidad. Porque efectivamente las brujas no existen y las escobas no vuelan, pero las niñas sí tienen crisis de identidad, bloqueos emocionales, frustraciones e incertidumbre. Pero estas convenciones -las de las historias de brujas y las de las historias del paso de la niñez a la juventud- en manos de Miyazaki se elevan a otro nivel y el resultado es una obra maestra rotunda.

Las brujas no existen y las escobas no vuelan, pero las niñas sí tienen crisis de identidad, bloqueos emocionales, frustraciones e incertidumbre

Todo en esta película es delicado, desde cómo Nicky ha de pagar el alquiler a cómo nota el cansancio y la soledad después de un largo día de trabajo. De nuevo, como en todo el cine de Miyazaki que bebe y homenajea y se inspira en el de Ozu y Mizoguchi donde la convivencia entre la tradición japonesa y la rabiosa modernidad es siempre poética y lúcida, vemos un choque rotundo entre la vida de Nicky en su sencillo pueblo y el estrés de la vida urbana.

Pero de nuevo, de esa cotidianeidad es de donde surge el drama, el descenso a los infiernos y la vuelta al hogar como el más clasicista viaje del héroe. Pero aquí sin villanos, sin brujos, sin grandes malvados ni cruentas batallas. Sino con una niña que debe aprender a relacionarse con los otros de manera más madura reconociendo la belleza de lo cotidiano, ya sea reparando su escoba u horneando un pastel.

Porque así es Miyazaki, uno de los cineastas que más y mejor ha sabido captar la belleza de lo cotidiano. Aunque sea animada.