Brad Pitt, durante una escena de la película.
Brad Pitt logra conmover en el drama de supervivencia que huele a Oscar
“En el corazón de la bestia” ofrece una de las mejores interpretaciones del actor que luce espléndido a sus 62 años
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Hay algunos milagros de la naturaleza. Y Brad Pitt es uno de ellos. Porque el actor, que perfectamente podría estar de retirada o que perfectamente podría estar haciendo la enésima versión de El padre de la novia, pues tiene ¡¡62 años!! no nos olvidemos, ha optado porque su película número 100 sea una de acción y supervivencia.
En ella da vida a un antiguo oficial de las Fuerzas Especiales que, tras sobrevivir a un accidente aéreo con su perro de combate, se quedará atrapado en el corazón de Alaska. A partir de ese momento, juntos emprenderán una implacable lucha por sobrevivir en un terreno tan magníficamente bello como hostil.
En el corazón de la bestia tiene lo mismo que cualquier otra película de supervivencia con perro, desde Colmillo blanco a La llamada de lo salvaje. Y esto no es necesariamente malo, pues la historia del cine también nos ha ofrecido mil y una películas de venganza, o de romances maduros o de robos de bancos. Todas parecidas, todas distintas. En esta ocasión, que la película sea “una más” de las de supervivencia con perro convierte el desafío en algo extraordinario.
Todas parecidas, todas distintas. En esta ocasión, que la película sea “una más” de las de supervivencia con perro convierte el desafío en algo extraordinario
Y no porque el hiperrealismo galopante de nuestro tiempo convierte el cine de acción en una experiencia casi inmersiva ni porque estemos en un tiempo en que el edadismo está de moda y ver a Pitt con la edad de Chanquete dando tumbos y derrochando virilidad sea un reclamo físico impagable. No. El desafío está en que David Ayer, su director, mira a los clásicos del género y se inspira en ellos para construir un relato clasicista con los códigos narrativos más modernos. Como hizo John Favreu con El Mandaloriano. El verdadero desafío es traer la sencillez narrativa, la pureza del relato al cine de hoy que es pura dopamina.
No es la primera vez que una superestrella contemporánea se enfrenta a un papel de este tipo. Vimos igual de grandes a Tom Hanks en Naúfrago de Robert Zemeckis, a Matt Damon en The Martian de Ridley Scott y a Leonardo DiCaprio en El Renacido de Alejandro González Iñárritu. Pero en ningún caso En el corazón de la bestia es tan ambiciosa como aquéllas. Es una película en la que el arco dramático del personaje es más pequeño y su integración en la naturaleza es más pasajera.
No ha de aprender a amar esa tierra que le tiene cautivo como el protagonista de Naúfrago, ni ha de exprimir y medir su inteligencia y su estabilidad mental para escapar como el de The Martian, ni su aislamiento se convierte en un purgatorio espiritual como el de El renacido. Nuestro héroe es más monolítico y, admirable desde el principio, se juega la vida a cada instante porque sólo quiere volver a casa con su perro.
Haciendo un alarde de hondura interpretativa y apabullante fisicidad, la película no sería la misma sin su poderoso magnetismo
La sencillez es, por tanto, la clave de su éxito. Algo que sería inimaginable sin el carismático Pitt en el papel protagonista que es capaz de llenar cada escena de sus escuetos 100 minutos de duración. Haciendo un alarde de hondura interpretativa y apabullante fisicidad, la película no sería la misma sin su poderoso magnetismo.
En el capítulo de los peros, eso sí, está ese tufillo panfletario al que no puede resistirse la máquina hollywoodiense en la que se loan todas las grandezas de sus soldados, porque ellos son, ya saben, la verdadera América.
Hasta eso se lo perdonamos a una película redonda que se regodea en la belleza de los parajes de Alaska, en su frío y su crudeza, en su espesura y sus sonidos, en su vida salvaje y su alma eterna que nos remite a aquel famoso poema de Lord Byron en que decía “No amo menos al hombre, sino más a la naturaleza”.