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A Sacha Baron Cohen o lo adoras o lo desprecias. No tiene término medio, ni lo pretende. Es esa clase de cineasta completamente libre que tiene una idea en la cabeza y pasta para realizarla y que no oculta el hecho de que si lo consigue una y otra vez es porque su condición de judío contestario le encanta a la industria.

Su última película, por tanto, no podía pasar inadvertida. Y es que más de veinte años después de dar vida a su personaje Ali G, el actor, productor y guionista vuelve a llevarlo a la pantalla.

Su pseudo rapero de inspiración jamaicana que habla con jerga callejera y viste chándal, gafas de sol y cadenas con el que parodia la cultura “wigga” (jóvenes blancos que imitan el habla y la estética hip hop) no pasó inadvertido a nadie.

Estrenada en 2002, la película costó seis millones de dólares y recaudó 25 con lo que el iconoclasta creador se puso de moda y llevó a los cines a sus otros dos grandes personajes, Borat y Bruno igual de esperpénticos que aquel.

Con Ali G: Kién es yo? el británico recupera el formato híbrido característico de sus películas en el que combina la ficción con cámaras ocultas y entrevistas reales. Además, se pone por primera vez detrás de las cámaras con el respaldo de Amazon MGM Studios detrás ante una enorme expectación y también secretismo, pues nada o casi nada se ha sabido del proyecto hasta poco antes de su estreno.

El filme sucede dos décadas después del primero, dos décadas en las que Ali G no ha hecho nada más allá de relajarse, fumar y pasarlo bien hasta que la noticia del embarazo de su novia le empuja a volver a Estados Unidos a recuperar su gloria del pasado. Pero el mundo y la idea de la fama han cambiado mucho en veinte años y el socarrón personaje tendrá que enfrentarse a una realidad para la que no está preparado.

A diferencia de la película de 2002, una comedia completamente guionizada, la secuela recupera la fórmula documental de la serie original de televisión y las películas Borat o Brüno lo que no deja de ser interesante, pues la expectación sobre la reacción del público de 2026 ante una del estilo de cámara oculta es enorme. Y es que, como viene siendo habitual en el estilo del director, o se estrellará estrepitosamente o triunfará de manera desopilante.

Desde una premisa más o menos “corriente”, Baron Cohen siempre construye un mundo paródico e imposible en el que todo, extrañamente, nos resulta familiar y conocido y logra llevar al límite situaciones grotescas o hilarantes provocando carcajadas en el espectador que van desde el estupor hasta la vergüenza ajena. Y así es como hace, uno tras otros, sus frescos sobre la desesperanzada modernidad.

La “cultura” reaccionara wokista no ha tardado en saltarle a la yugular acusando al cineasta de hacer una caricatura racial desfasada y ofensiva de ciertos colectivos. Además, varios grupos y asociaciones han pedidos a cadenas de distribución y salas de cine que no proyecten la película buscando su boicot ya antes de su estreno.

Pero Sacha Baron Cohen lleva más de veinte años diciendo lo mismo y es que con su cine pretende exponer y criticas los prejuicios, la ignorancia y el extremismo de la sociedad actual que se desangra por los bordes. Eso y que le odian por ser judío.