Las croquetas caseras son uno de los manjares de la gastronomía española. Estos bocaditos sabrosos gustan a todos y pueden ser de cualquier sabor, siendo las más típicas las de jamón ibérico, pollo, cocido y bacalao.
Son un pilar fundamental de la gastronomía española, llevando a la bechamel a icono cultural, tradicionalmente y son concebidas como un plato de aprovechamiento. Su exterior crujiente y su interior cremoso hacen que sea una delicia.
“En un principio, las croquetas se elaboraban para aprovechar la carne y el caldo que sobraban de los cocidos y estofados”, explica el chef vasco, Karlos Arguiñano, en su publicación.
La clave, la bechamel
No obstante, es una elaboración que necesita de especial atención para que estas no queden secas, sino cremosas y con sabor. Por ello, el truco reside en usar caldo casero para realizar bechamel, ya que este le aportará gusto y aroma, lo que dejará un sabor más rico a nuestro paladar.
“Al usar parte del caldo del cocido, la bechamel queda más cremosa y con mucho sabor”. Y esa es la filosofía que ha compartido el chef en varias ocasiones a través de su programa Cocina Abierta, donde ha reiterado que lo mejor es hacer la elaboración íntegra en nuestra cocina de manera casera. Porque “lo hecho en casa es el doble de rico y a mitad de precio”.
Otro factor clave
En cambio, otros profesionales del sector comparten otro truco importante como es el rebozado final. En concreto, La chef María Lo, desvela que la clave de su receta es el rebozado que es lo que funciona como un ‘escudo protector’ para que el interior de la croqueta, es decir, la bechamel quede cremosa y, además, aporta una capa exterior crujiente.
Por ello, la gaditana desvela que su rebozado no se hace con pan rallado normal, sino que usa “huevo, harina y panko”.
Origen de la croqueta
Según recoge La Cocinera, en España, se cree que el origen de las croquetas tiene lugar durante la guerra de la Independencia Española (1808-1814), época en la que se adoptaron numerosas costumbres francesas –lo que hoy se conoce como “el afrancesamiento”–, que también afectó al ámbito gastronómico.
Gracias a este fenómeno, en 1830 se registró la primera receta de croquetas, pero no era tal y como la conocemos ahora, sino que eran croquetas de arroz.
Estas deliciosas bolitas dulces fueron concebidas como postre en sus inicios, e incluidas en un popular libro de cocina: “Manual de la criada económica y de las madres de familias que desean enseñar a sus hijas lo necesario para el gobierno de su casa”. Según la receta, se elaboraban a partir de una base de arroz con leche y se rebozan varias veces antes de freír.
