Cuando yo era pequeña no había duda. Si habías nacido en Bizkaia eras devota de la Virgen de Begoña y del Athletic, tenías un seguro médico privado que no podía ser otro que el IMQ y votabas al partido. Con eso estaba todo dicho. El partido, para que lo sepan las y los lectores de generaciones más jóvenes, era el PNV, pero no hacía falta decirlo. Con esas dos palabras, el partido, quedaba claro que tu país era el vasco, que tu lema vital era "Jaungoikoa eta lege zaharrak" (Dios y leyes viejas) y que no te gustaban ni las estridencias ni los cambios bruscos. El voto, como las herencias, iba pasando de padres a hijos (ni se pensaba entonces en el lenguaje inclusivo) y si los descendientes salían un poco díscolos y se escoraban a la izquierda ya estaba armada. Familia rota.

Esto ha sido así durante muchos años. En la política vasca, al igual que en su sociedad y en sus costumbres, los cambios se dan muy despacio. Somos gente tradicional y nos movemos a un ritmo conservador. No somos amigos de grandes dislates ni de arriesgar y soltar una rama si antes no hemos amarrado otra. Pero empiezo a pensar que ya no somos los mismos. Tendría que hablar en pasado porque las evidencias demuestran que le estamos cogiendo el gusto a la variedad. A mí también me está gustando esto de la transformación y, sobre todo, de la mezcla. Decía el desaparecido Pau Donés que en lo puro no hay futuro, que la pureza está en la mezcla. Creo que tenía razón. Cuanto más mezcla, más riqueza. Cuanto menos… ahí tienen a los Borbones. La endogamia y los cruces entre iguales ya sabemos el resultado que dan. 

En los tiempos de los precios dinámicos, esos que cambian a cada momento según la demanda, de los viajes que te cuestan un pico más si dejas para más tarde la decisión de comprarlos después de haberlos mirado, en el siglo del género fluido y el auge de lo no binario, pretender que la vida sigue igual es una mera quimera. El abanico de opciones entre las que elegir es tan grande que incluso nos genera ansiedad, pero estamos aprendiendo a lidiar con eso. También en la política. 

Si habías nacido en Bizkaia eras devota de la Virgen de Begoña y del Athletic, tenías un seguro médico privado que no podía ser otro que el IMQ y votabas al partido

Hoy es absolutamente normal que una misma familia, atendiendo a un modelo clásico de familia porque en eso también hemos variado mucho, esté conformada por personas de izquierdas y de derechas, de EH Bildu o del PNV y lo que es aún mejor, de personas que en unas elecciones votan a una formación y en las siguientes a otra radicalmente distinta. Ya se sabe que cada uno vota según le va la fiesta. 

Siempre hemos podido premiar y castigar con nuestro voto, pero ahora lo hacemos sin ningún problema, sin sentimiento de culpa y sin complejos. Hasta hace bien poco vivíamos en una incoherencia delicada que nos llevaba a dar nuestro preciado voto a una formación que sabíamos que no lo hacía del todo bien pero era la nuestra, la de toda la vida. Hoy no. Hoy hemos superado esa obligación moral autoimpuesta de seguir por el mismo camino para siempre y hemos comenzado a diversificar nuestro voto. Más aún lo han hecho quienes, como dice el ex presidente Zapatero, ya no tienen incrustada en su día a día la memoria del dolor y el terrorismo. Por supuesto que no debemos olvidar y hay que contar nuestro duro pasado a las nuevas hornadas de jóvenes pero debemos entender que aquellos que no lo han vivido, lo sienten lejano. 

Nuestros jóvenes ya no se agarran a un trabajo de por vida, ni a una persona ni a un lugar. Son dinámicos, buscan lo mejor para su propia vida, lo más rentable, lo que les cueste menos y aporte más. Lo hacen en todos los ámbitos,  incluido el político. ¿Quiere decir esto que están a falta de ideología? Puede ser que no sea eso lo que más valoran a la hora de emitir su voto. Ponen en la balanza lo que les ofrecen unos y otros para favorecer su propio desarrollo personal. Creo que son más individualistas y piensan menos en clave comunitaria y en consecuencia, dan su voto al mejor postor. 

Creo que los jóvenes son más individualistas y piensan menos en clave comunitaria y en consecuencia, dan su voto al mejor posto

De todo esto han de tomar buena nota quienes en la noche electoral vasca del pasado domingo se sintieron vencedores. Todos se percibían a sí mismos como ganadores y mostraban su alegría desbordada. Sin embargo, cuando al día siguiente las cosas se ponían en su sitio, la alegría seguía reinando pero en unas casas más que en otras. 

Al PNV el electorado le ha concedido una prorroga pero le ha bajado un poco los humos. Que tu pierdas 4 escaños y tu más inmediato competidor, EH Bildu, gane 6 te tiene que hacer pensar. Que tu futuro socio, PSE con seguridad, pueda exigirte más porque tu vales menos que antes también te obliga a reflexionar. Que los y las nuevas votantes no sientan ya la obligación de seguir con la tradición familiar y sean dinámicos también tiene que ayudarte a girar. No solo a hacer un relevo generacional en tus primeras espadas sino en las formas de hacer, sin dar imagen de clientelismo y de superioridad moral. 

De la generación Z en adelante no creo que haya nadie que sepa de qué hablamos cuando hablamos de "el partido". Toca virar o quedarse en el camino.