Imagen de cuatro torres de negocios.
Privado, privatización, privatizar… Las palabras comparten un mismo étimo, pero comparten también otra cosa: su alianza con el Maligno, en el sentido bíblico del término.
Un seguimiento nada atento de la actividad política vasca concluye el inmenso tacto con que deben moverse los responsables públicos en las tareas de gestión: cualquier paso en falso les puede llevar a ser denunciados por privatizar alguna cosa. Y eso es lo peor que le puede pasar a un político, al menos entre nosotros.
Se ha asentado una cultura que denigra lo privado: a cualquier actividad económica privada se le imputa toda clase de rasgos negativos y no menos negativas intenciones. Podría argumentarse que ese discurso se comparte en toda España. Sin duda es así, pero hay una cuestión que particulariza a Euskadi: en contra de lo que ocurre en otros lugares, aquí el discurso que demoniza lo privado (y que demoniza también la privatización, real o imaginaria, de cualquier cosa) no tiene contestación verbal ni argumental.
La demonización de lo privado pasa por apriorismos que nadie se atreve a discutir
La demonización de lo privado pasa por apriorismos que nadie se atreve a discutir: la empresa privada busca el lucro; ergo, quien busca el lucro será capaz de realizar las acciones más inmorales, perpetrar las estafas más infames o extender las mentiras más reprobables con el fin de aumentar la caja.
Y la deriva de ese escenario mental solo puede ser una: hay que intensificar la nacionalización de todo lo existente en pro de una mejora del bienestar general. “Nacionalización” es un término ahora infrecuente en nuestro diccionario político, pero hay otros (intervención, regulación…) mucho más utilizados y que buscan, a largo plazo, el mismo efecto final.
Es curioso que, frente al sector privado, pervertido al parecer por el odioso afán de lucro, el sector público asome investido de una inocencia inmarcesible. El sector público es depositario de toda clase de virtudes, está libre de afanes egoístas. Y nada importa que la mera realidad esté cuajada, diariamente, de pruebas a contrario: desde la ambición personal (o partidista) de los políticos hasta la ferocidad de las negociaciones sindicales, donde el probo funcionariado aspira a incrementar su retribución, disminuir su horario y agavillar derechos de todo orden, derechos que no disfrutan (pero financian con sus impuestos) los trabajadores del sector privado.
En un extraordinario ejercicio de voluntad, se imputan al sector privado incentivos ominosos, como si no hubiera otros incentivos, no menos particulares (y no menos ominosos, si se los examina de cerca), en el sector público.
Es tal la abundancia de partidos socialdemócratas en nuestro biotopo que cualquier alusión positiva sobre el mercado, por parte de cualquiera de ellos, sería la mejor excusa para que los partidos adversarios entraran a criticarlo, recabando, además, de esa manera, la mayor simpatía de las masas, ampliamente aleccionadas al respecto
El discurso difamador del sector privado aflora en Euskadi sin una sola conjunción adversativa. La socialdemocracia más inteligente jamás negará en privado (¡en privado!) la necesidad de la economía de mercado (por muchos controles que quiera poner en ella) para garantizar una sociedad próspera, pero jamás lo defenderá de forma pública, explícita, coherente.
Es tal la abundancia de partidos socialdemócratas en nuestro biotopo que cualquier alusión positiva sobre el mercado, por parte de cualquiera de ellos, sería la mejor excusa para que los partidos adversarios entraran a criticarlo, recabando, además, de esa manera, la mayor simpatía de las masas, ampliamente aleccionadas al respecto.
La radicalidad en el discurso que demoniza lo privado puede moderarse con argumentos elementales, argumentos aburridos de puro juiciosos: que en una economía sana hay espacio para lo público y lo hay para lo privado; que toda sociedad que destierra los incentivos personales acaba hundida en la miseria; que no hay modo de acrecentar el presupuesto público si no hay un crecimiento previo de la economía privada.
Son ideas elementales, pero en Euskadi cuesta escucharlas por la radio o leerlas en la prensa. Y no resulta extraño que así sea: varias generaciones ya han sido educadas en que lo privado es el Maligno, y que sólo la política (y los políticos) nos protegen de la agresión constante que supone todo lo que ellos no alcancen a controlar.
Imagen de varios candados.