Ignoro la sensación que uno puede tener cuando, rebasados los ochenta años, intuye cercana la muerte, especialmente cuando las jaquecas médicas han comenzado y se percibe un empeoramiento progresivo de la salud tanto intelectual como física, o cuando mira a su alrededor y comprueba que conocidos o amigos de edad semejante ya han desaparecido o están a punto de hacerlo. O eso parece.
No es que la muerte no pueda llegar de improviso a cualquiera de nosotros sino que los que ya han cumplido muchos años saben, aunque no quieran saberlo, que la esperanza es lo último que debe perderse pero que la esperanza de vida es la que es y no hay vuelta atrás ni vuelta de hoja. Ni milagros, desgraciadamente.
Supongo que uno se va mentalizando con el transcurrir de los años y que, cuando los plazos se acortan y el momento se acerca y se ven las orejas al lobo, uno ya está mentalizado y hasta baja los brazos incluso con gratitud y paciencia; aunque siga disfrutando de la vida hasta el último aliento.
En todo caso, debe de ser duro, así que lo que debe intentarse, ya que lo vivido no puede cambiarse, es que los últimos años que a uno le queden puedan vivirse de la manera más digna y mejor posible, todo lo bien como pueden vivirse cuando la salud es precaria, las ilusiones menguan y tanto los olvidos como los recuerdos se amontonan.
Vivimos en una sociedad donde las personas mayores son cada vez más y, por lo tanto, son inevitablemente crecientes los cuidados, los servicios públicos y las prestaciones sociales que se necesitan y, en consecuencia, los recursos económicos que las instituciones públicas deben dedicar a esta franja poblacional y, en realidad, a la sociedad en su conjunto.
En Euskadi casi una de cada cuatro personas tiene al menos 65 años y casi el cinco por ciento tiene nada menos que 85. Y 85 años son muchos años, no vayamos a engañarnos
En Euskadi casi una de cada cuatro personas tiene al menos 65 años y casi el cinco por ciento tiene nada menos que 85. Y 85 años son muchos años, no vayamos a engañarnos.
Los 65 años de ahora no son los 65 años de antes y hoy se vive mucho mejor que entonces, pero conviene recordar que la edad media de jubilación actual se sitúa en torno a esos años, momento a partir del cual se deja de trabajar, se cobra una pensión de jubilación y, en general, uno se dedica, y normalmente con buena salud, a otros menesteres distintos a los que solía sobre todo porque se dispone del tiempo que se echaba de menos antes.
A partir de ese momento se percibe más claramente los años que cada cual lleva sobre sus espaldas y, aunque uno pueda mantenerse activo e incluso lozano, no puede negar que se aproxima irremediablemente a la última etapa de su vida. Y puesto que son tantos (y aunque no lo fueran), las instituciones públicas deben dedicar los recursos que sean necesarios para atenderlos debidamente.
Todo es mejorable, desde luego, pero tenemos la suerte de vivir en una parte del mundo donde disfrutamos de un estado del bienestar que nos garantiza que, cuando lleguemos a viejos, las instituciones públicas no van a dejarnos tirados y que, incluso aunque los recursos económicos de uno sean limitados, recibiremos las prestaciones sociales que necesitamos.
Ya digo que todo es mejorable y, dado que la población mayor crece constantemente y los recursos son escasos, se distraen o se malgastan, no siempre las ayudas sociales son suficientes ni llegan en el momento preciso ni a tiempo. Y convendría que, también en Euskadi, se hagan todos los esfuerzos necesarios para que las ayudas lleguen a los que realmente las necesitan cuando las necesitan, en lugar de dispersarse en irrelevancias, fantochadas, amiguismos o corruptelas.
En general, a pesar de las limitaciones y los márgenes de mejora, tenemos la suerte de haber nacido y vivido en esta parte del mundo, dado que en otros muchos lugares prevalece el sálvese quien pueda y en otros muchos no puede salvarse nadie ni aunque lo intente, por lo que uno debe valerse de sus propias fuerzas justo cuando más escasean y las instituciones públicas o no existen o, si existen, apenas disponen de recursos.
Aquí tenemos la suerte (sí, porque las financiamos con nuestros impuestos y cotizaciones sociales) de disponer de pensiones, prestaciones de desempleo, ayudas sociales, medicamentos gratuitos, centros de día o residencias para nuestros mayores dependientes que no pueden vivir solos o lo hacen a duras penas o no por mucho tiempo.
Si no dispusiéramos de estas prestaciones y de estos servicios, miraríamos con envidia a aquellos países que dispusieran de ellos y, en todo caso, los exigiríamos como un derecho inalienable. Sin embargo, los tenemos, por lo que, cada cual según sus circunstancias, lo normal es que podamos beneficiarnos de ellos.
No es abandonarlos sino justo lo contrario: otorgarles la atención que necesitan cuando nosotros no sabemos o no podemos hacerlo. Y si no existieran habría que inventarlas
En ese sentido, aunque todo es respetable menos provocar dolor gratuito al prójimo, no entiendo las reticencias de algunas personas a, cuando la situación lo aconseja, no hacer uso de estas instituciones y lugares donde cuidan a nuestros mayores como estos merecen, de manera profesional y de un modo que los propios familiares no alcanzan por falta de formación, tiempo o dinero.
No es abandonarlos sino justo lo contrario: otorgarles la atención que necesitan cuando nosotros no sabemos o no podemos hacerlo. Y si no existieran habría que inventarlas.
Y dado que las listas de espera para cerrar una cita con asistencia social, para que el técnico emita el grado de dependencia, para cobrar una ayuda o para ingresar en un centro de día o en una residencia siguen siendo incluso de meses en un momento vital donde cada día puede ser un vía crucis, lo que cabe es exigir a nuestros representantes que dediquen sus energías también a estos asuntos en lugar de dedicarse a nimiedades; si no todas las energías, porque existen otras cuestiones de las que deben ocuparse, al menos tantas como si sus familiares más cercanos fueran personas mayores necesitadas de ayuda.
Porque, además, las ayudas no las necesitan sólo nuestros mayores, sino todos nosotros y la sociedad en su conjunto. Y sería la mejor manera de ayudarse a sí mismos.
