En la tolerante política, uno encuentra tolerantes próceres que advierten sobre los peligros de la intolerante religión. Pero, si uno excluye a una parte notable del clero islámico, los líderes religiosos, desde el papa de Roma hasta el dalai lama de Dharamshala, se caracterizan por un discurso amable y conciliador.

Basta, sin embargo, que un político (cualquier político) abra la boca para que por allí se cuelen los demonios. El otro día el diputado Figaredo de Vox se descolgó en el Congreso llamando “asesinos” a los integrantes de la bancada socialista. Fue justamente reconvenido por la no siempre justa presidenta del Congreso.

El término “asesino” se utiliza con facilidad aterradora. La presidenta Díaz Ayuso ha asesinado a más de 7.000 personas, según sus numerosos detractores (los cuales, por cierto, no aprecian disfunción alguna en la muerte de decenas de miles de personas en otras 16 comunidades).

El expresidente Mazón carga con el sambenito de haber asesinado a más de 200 personas con motivo de la terrible dana de 2024. La ligereza del adjetivo se repite con el ministro Óscar Puente, al que ahora se le imputa, como si tal cosa, el asesinato de 45 personas. A todo bicho viviente le llaman asesino. Lo único que cambia son las personas que lo hacen: varían en función de su obediencia partidista.

La gente manipula el lenguaje a su conveniencia y emborrona la verdad

El asesinato es una cosa muy concreta: una forma de homicidio especialmente reprobable por las agravantes que en él concurren. Hasta en alguno de los casos mencionados podría hablarse de homicidio por negligencia. Pero no es lo mismo llamar a tu adversario político “homicida negligente” que escupirle el contundente “asesino”. Y es que en política nadie hay que no condene a Joseph Goebbels, pero casi nadie renuncia a sus simplificaciones retóricas.

“Genocida” se aplica ahora sin desdoro alguno al Estado de Israel (y voces animosas extienden el calificativo a cualquier judío, ya sea norteamericano, argentino o francés). Pero la conducta genocida exige una intención concreta: la eliminación total, radical, de un grupo humano. Al margen de que las cifras de muertes en Gaza las ofrece una banda terrorista, es obvio que una acción realmente genocida no supondría allí miles de muertos, sino cientos y cientos y cientos de miles de muertos.

Hace 90 años, el comunismo fue responsable de la muerte de millones de personas en Ucrania, pero ese hecho aterrador no permite el uso del término genocidio: todas las fuentes concluyen que el objetivo final de Stalin no era liquidar al pueblo ucraniano. Al contrario, seguro que en Brasil se han cometido genocidios asesinando a unas pocas decenas de personas de una tribu singular.

Cada vez que se cuestiona aplicar el término genocidio a lo que ocurre en Palestina hay polemistas que se tiran de los pelos, como si la exigencia del rigor semántico fuera colaboracionismo proisraelí. Pero ese juicio de intenciones explica el fundamento de este artículo: la gente manipula el lenguaje a su conveniencia y emborrona la verdad.

Podríamos remedar esa sentencia: la primera víctima de la política es el lenguaje

La brutalidad de lo que ocurre en Gaza merece acciones políticas y condenas morales, pero no dinamitar el diccionario. Y extraña aún más que indignen estas precisiones cuando hay otras más escandalosas: la ministra Sira Rego calificó las atrocidades de Hamas como “derecho a la resistencia”.

También condenar la monstruosa violencia que practican algunos hombres en su hogar no exige denominarla “terrorismo”. El terrorismo es otra cosa y el perfecto miserable que sacude a su mujer o a su novia no es terrorista. Tampoco es terrorista el patán que insulta en las redes sociales o en los mítines.

Se critican estas precisiones, agitando el apremio moral de los derechos humanos por encima de las minucias del lenguaje. Pero ocurre que sin esas “minucias” las palabras pierden sentido. Y cuando las palabras pierden sentido, se convierten en instrumento del poder político, en el menos malo de los casos, o de la violencia, en el peor.

Un dicho clásico recuerda que la primera víctima de la guerra es la verdad. Podríamos remedar esa sentencia: la primera víctima de la política es el lenguaje.