Me gustan mucho mis clases de inglés, aunque aprender un idioma a ciertas edades no es tan fácil. Ya lo decía el político Iñaki Anasagasti, loro viejo no aprende a hablar. Pero lo que realmente me atrae de acudir dos veces por semana a la Escuela Oficial de Idiomas es sentarme en un aula con otras veinte personas de distintas edades, formaciones y procedencias. Sobre todo esto, la procedencia.

Ahí nos damos cita españoles, mexicanos, ucranianos, nicaragüenses, árabes, venezolanos y más. Cada uno con su acento, con sus maneras de comportarse y con su mochila vital. Nos une querer aprender el mismo idioma y nos sirve, además, para conocer culturas a las que puede que no nos acercaríamos de otra manera. Me gusta la mezcla.

Además, me gusta entrar a la frutería de mi barrio regentada por una salvadoreña que me cuenta cosas sobre cómo cocinan en su país de origen esta o aquella fruta. Me ayuda a salirme de las peras, las naranjas y las manzanas y adentrarme en un nuevo mundo de sabores. Maracuyás, lichis, guayabas, kumquats, peras chinas, papayas o pitahayas. ¿Cómo conocer estos nuevos sabores y consumirlos como y cuando toca, si no es porque ella me lo explica?

Los locutorios nos sirven para acercarnos a todo tipo de yerba mate, de jarritos de sabores, de arequipes y alfajores, de chiles enlatados o de bocaditos de guayaba

Pasar por el locutorio colombiano a recoger un paquete es una fiesta para mis ojos. Además de para enviar dinero a otros países, estos locales nos sirven para entrar en sus pequeños ultramarinos, y nunca mejor dicho, y acercarnos a todo tipo de yerba mate, de jarritos de sabores, de arequipes y alfajores, de chiles enlatados o de bocaditos de guayaba. Por cierto estos últimos muy recomendables para deportistas de resistencia que quieran un chute rápido de energía en forma de glucosa.

Cuando entro en el gimnasio veo cómo entrenan deportistas chinos, árabes o latinoamericanos. Cada uno con sus métodos, sus ropas, su forma de saludar o su manera de relacionarse. Por no hablar de lo que disfruto de las clases de bumpa, cross streching o pilates del brasileño Chalse. Y cuando me subo al metro o a cualquier transporte público procuro situarme cerca de gente de distinta nacionalidad a la mía porque siempre aprendo algo acerca de sus vivencias diarias, sus trabajos, sus anhelos o sus familias.

A los patriotas no parece gustarles pagar unos impuestos que sirven para sostener el sistema social del que nos hemos dotado

Recuerdo a todas estas personas con las que me cruzo en mi día a día en estos momentos en los que nos estallan ante los ojos las imágenes de inmigrantes detenidos en los EEUU simplemente por su origen. Momentos en los que aquí, en casa, la inmigración se ha convertido en objeto de un debate que ha hecho correr docenas de bulos y noticias falsas en torno a lo que significa la regularización. Convierten a delincuentes en españoles, dicen. Otra evidencia del gran reemplazo, gritan. Todo mientras quienes lanzan estas proclamas emplean en sus hogares a personas muchas veces sin papeles, sin contrato y sin salario y horarios dignos. O piden a trabajadores llegados de otros países que les hagan “chapuzas” en su casa sin factura y sin IVA. A los patriotas no parece gustarles pagar unos impuestos que sirven para sostener el sistema social del que nos hemos dotado.

Poco se habla, por cierto, de aquellas personas llegadas de otros países que se diferencian de las que critican en el color de su piel y en su riqueza. Llegan a España desde muchas partes del mundo con la intención de vivir una tranquila jubilación y de aprovecharse de unos servicios de salud universales.

Son los gerontoinmigrantes, personas que si bien aportan económicamente al país mediante la compra de viviendas o su consumo diario, evitan hacer la declaración de la renta dividiendo su estancia entre España y su país. 183 días aquí, el resto fuera. Se empadronan, sí, y acceden a servicios municipales, descuentos en actividades municipales, bonos de transporte, etc., pero de tributar fiscalmente, nada de nada. Ser blanco y solvente económicamente lo cambia todo a la hora de ser admitido socialmente.

Decía Pau Donés que "en lo puro no hay futuro, la pureza está en la mezcla, en la mezcla de lo puro, que antes de puro fue mezcla"

Le he robado al gran compositor que fue Pau Donés, el título de una de sus canciones, para encabezar este artículo. Creo que explica tan bien en una sola frase lo que significa la diversidad que sería muy difícil mejorarlo. "En lo puro no hay futuro, la pureza está en la mezcla, en la mezcla de lo puro, que antes de puro fue mezcla".

En su canción cuenta la genealogía familiar de un indio americano, un tico-patuá, una gitana y un negro de Chicago. Quería contarnos Donés que la verdadera riqueza es la unión de culturas, de orígenes y razas. La mezcla es el origen de la vida y la evolución.