Sánchez ha anunciado la intención del Gobierno de España de prohibir el acceso a las redes sociales a los chicos y chicas menores de dieciséis años con la intención, se entiende, de protegerlos; al parecer, es lo mismo o parecido que defiende el PP en una enmienda que ha presentado a una ley pendiente de debate, por lo que, teniendo en cuenta además los vientos restrictivos a las libertades individuales que vivimos, da la sensación de que la medida, antes o después, se terminará aprobando. En este punto, la derecha y la izquierda coinciden. Y gran parte de la sociedad, por cierto, especialmente desde la pandemia. 

El argumento principal de unos y otros para explicar la medida es que en las redes sociales existen riesgos inasumibles para los chicos y las chicas y, además, que son adictivas. Nadie que las conozca directa o indirectamente puede negar ambas evidencias… pero prohibir taxativamente que puedan acceder a ellas es una forma de dar por hecho que los chicos y las chicas no serán capaces de hacer un buen uso de ellas o, al menos, salir indemnes de la experiencia (y, por otro lado, que los padres y las madres apenas pintan nada en esta historia).

Es lo que se pretende ahora: proteger a nuestros hijos de todos los males hipotéticos o reales que puedan acecharlos, no vaya a ser que no puedan enfrentarlos, lo cual es otra forma de decir que no están suficientemente preparados ni que confiamos en ellos, la mejor forma, a su vez, de infantilizarlos

Que quiera ponerse coto a los excesos en los que incurren las grandes compañías tecnológicas para obtener cada vez más beneficios, caiga quien caiga me parece justo y necesario; lo contrario sería la ley de la selva y la del más fuerte, otra de las cosas que también se lleva ahora. De un modo u otro habrá que poner freno a los algoritmos que nos empujan a ver y leer lo que unos pocos quieren y a reducir en lo posible el uso fraudulento de la tecnología para idiotizar todavía más a los ciudadanos.

Prohibir taxativamente que puedan acceder a las redes sociales es una forma de dar por hecho que los chicos y las chicas no serán capaces de hacer un buen uso de ellas

Y si me preguntan mi opinión sobre las redes sociales, el uso y el abuso de las pantallas y hasta la aparición del teléfono móvil, creo que nos han traído grandes oportunidades, pero también grandes males; como siempre, depende del uso que se haga de todo ello.

Pienso, sin ir más lejos, que la incorporación abusiva de las nuevas tecnologías al ámbito educativo ha traído más cosas negativas que positivas, por cuanto se han empleado todos esos artilugios más como un fin en sí mismos que como un medio al servicio del estudiante que además aspira a convertirse en un buen ciudadano; al final, para educarse y aprender, no hay nada como el bolígrafo y el papel, la reflexión inteligente y la lectura que nos acerca al entretenimiento y a los conocimientos científicos, mejor pausada que a saltos o vertiginosa. En muchos casos, esos artilugios no han supuesto más que un estorbo para nuestros educandos, al proporcionar la sensación de que se hace algo cuando, en el fondo, lo único que se hace es perder el tiempo. Y el salvoconducto de algunos profesores para disimular sus limitaciones.

En cuanto al uso del smartphone, a la vista está que se ha incrustado en nuestras vidas hasta hacerse por momentos insoportable, hasta el punto de que parece imposible elegir dónde cenar sin echar la mano al bolsillo, mantener una conversación sin interrupciones o disfrutar de un concierto sin grabarlo para disfrutarlo cuando ya se ha acabado. En este caso, como en todos, depende del uso que se les dé y de si somos capaces de aprovechar todas sus prestaciones o convertirnos en su esclavo. Y nadie está libre de ello.

Siendo todo esto cierto y ciertos los riesgos de la tecnología y, desde luego, de las redes sociales, pienso que no puede prohibirse todo lo que acarrea un riesgo o puede convertirse en adictivo. Prefiero dejar margen a la autonomía personal, al menos a partir del momento en que uno ya es capaz de discernir y elegir mal que bien, al menos con cierto conocimiento de causa. Yo prefiero el libre albedrío y asumir que la vida tiene ciertos riesgos y que puedes equivocarte, acertar después y volver a equivocarte. Porque, además, sin libertad no hay responsabilidad y sin incertidumbre no hay crecimiento personal ni nada que se le parezca. Ni, desde luego, divertimento. 

Para educarse y aprender, no hay nada como el bolígrafo y el papel, la reflexión inteligente y la lectura que nos acerca al entretenimiento y a los conocimientos científicos

Porque, ¿vamos a prohibir todo lo que tiene riesgos? ¿Vamos a prohibir todo lo que no nos gusta? ¿Vamos a prohibir todo lo "malo"? ¿Vamos a prohibir todo lo políticamente incorrecto? Y, ya de paso, ¿vamos a prohibir por ley los malos comportamientos, la insolencia, la mala educación, las miradas insidiosas y hasta la chulería? ¿O vamos a dejar que cada cual elija lo más libremente posible entre las opciones que existen al menos mientras existan?

Porque además el error es la vía más directa para el aprendizaje. Y enfrentarse a las incertidumbres es la mejor forma para crecer personalmente. No planteo una sociedad sin reglas ni límites, sino una en la que haya un cierto margen de maniobra para acertar o equivocarse. 

Hay padres que han prohibido a sus hijos acceder a las redes sociales en cuanto han conocido que el Gobierno de España plantea prohibir su acceso a las redes sociales. ¿Han dejado de confiar en sus hijos ahora o no se atrevían a tomar una medida con la que, al parecer, ya estaban de acuerdo antes? Supongo que será más cómodo prohibir que usen Instagram o TikTok que educarlos lo mejor posible para que puedan responsabilizarse de sus propios actos y aprender a manejarse en entornos hostiles.

No planteo una sociedad sin reglas ni límites, sino una en la que haya un cierto margen de maniobra para acertar o equivocarse

Porque esa es otra: hay cuestiones de las que se debe ocupar el Estado y otras de las que tienen que ocuparse los padres y las madres. ¿O vamos a aprobar también una ley que obligue a los adolescentes a recoger su habitación o a contestar al teléfono cuando se les llama?

Comprendo la preocupación que nos invade cuando percibimos los riesgos de la vida moderna. Qué voy a contaros. Pero el peligro forma parte de la vida y una vida sin ciertos riesgos la intuyo aburrida. Límites claros que debe haber, pero siempre será mejor disponer de las herramientas para enfrentar los riesgos que nos acechan, que tratar de eliminar todos ellos, porque además tal cosa es imposible.