Qué válvula de escape tan eficaz es el Carnaval, ¿verdad? Piénsalo. Nos pasamos día sí, día también, fingiendo ser personas funcionales. Gente seria que paga impuestos, recicla el vidrio, le pone semillas chía a la ensalada, hace elíptica y se aguanta el bostezo en las reuniones por Zoom.
Así que cómo no disfrutar de esta cita con la lycra barata, el histrionismo y la fantasía. Al fin podemos quitarnos la careta de falsa cordura, esa que tapa la angustia de una vida demasiado parecida a un archivo Excel, salir a la calle y alehop: todos a una a dinamitar el sentido común, vestidos de superhéroe con triple michelín o pirata en busca de la mejor hipoteca variable.
Lo cual, paradójicamente, nos permite ser más nosotros mismos que nunca.
Fíjate en todos esos hombres que van de duros y triunfadores porque ganan 3.000 al mes y levantan ruedas de tractor dentro de un gimnasio. Todo el año sacando pecho y cuando llega este momento, tachán: se calzan tetas de goma, minifalda y peluca rubia platino. ¿Por burlarse de las mujeres? No tanto. Aunque lo nieguen es liberación, su coartada para abandonar el papel de macho alfa sin levantar sospechas y sentir la brisa en las pantorrillas. O algún fetiche cutre.
Disfraz no es lo que llevas durante la Mascarada
Tengamos esto claro. Disfraz no es lo que llevas durante la Mascarada. Es el uniforme que te volverás a enfundar a primera hora del lunes.
Y cómo agobia, señora. Vaya si lo hace.
Suena el despertador y a sacar del armario el traje de autómata. Ese que permite en menos de media hora pasar por la ducha, engullir la tostada, vestir a los niños y repasar mentalmente la agenda del día mientras te convences de que tu rueda de hámster no está tan mal.
Llegas al curro y sigue la función. Te entregas a tus labores casi, casi, como si fueras a heredar la empresa. Con eficiencia, compromiso, esa pose de estar a tope que tanto cotiza y la dosis exacta de hipocresía para reírle los chistes al jefe mientras te imaginas grapando el informe de cuentas en sus testículos.
Sonrisa impostada y venga: euskera, gimnasio, extraescolares, lavadoras. Una gymkana que alcanza el delirio si eres madre
Y tras la jornada laboral, más de lo mismo. Sonrisa impostada y venga: euskera, gimnasio, extraescolares, lavadoras. Una gymkana que alcanza el delirio si eres madre. Porque ese papel incluye capa de Superwoman y, con ella, el más funesto de los poderes: volar de un sitio para otro rozando siempre el 1% de batería y que la familia no lo note.
Así funcionamos. A la carrera, cumpliendo con todo sin cuestionar nada, aparentando normalidad. No vaya a ser que se nos descosa el disfraz del estoicismo y el decorado se derrumbe.
Porque ese es el verdadero problema. No esta rutina tan exigente, que también, sino la máscara de invulnerabilidad que nos hemos colocado. Y que parece obligarnos a decir “todo bien” cuando estamos a un “hola, qué tal” de estallar en mil pedazos.
Vivimos bajo la tiranía de la resiliencia, esa palabra tan manoseada que el sistema usa para, donde antes se nos exigía sumisión, reclamar ahora fortaleza emocional. Si te despiden, si te rompen el corazón, si te cortan un brazo, agradece y aprende.
Se acabó el dolor sin moraleja. Solo hay oportunidades de crecimiento. Y, a ser posible, una frase inspiradora lista para subir a Instagram.
Qué propósito tan tramposo: manipular la propia condición humana para convencernos de que la fragilidad es una tara imperdonable y que nos sintamos fatal si no logramos maquillarla.
Que alguien tire del hilo y el atuendo de buen amigo, empleado intachable y progenitor realizado se venga abajo
Ya vemos las consecuencias.
A cuánta gente le da vergüenza, pánico incluso, que los demás olfateen sus debilidades. Que le descubran las costuras. Que alguien tire del hilo y el atuendo de buen amigo, empleado intachable y progenitor realizado se venga abajo.
Basta ya.
Esta es mi propuesta. ¿Qué te parece si, tras el despendole del Carnaval, aprovechamos para quitarnos la careta? Al menos un ratito.
Imagina el escándalo. Admitir en la comida familiar que tu hijo el genio del violín está pasando una racha insoportable. Dejar de postear en Instagram viajes idílicos que en realidad fueron una sucesión de discusiones y diarreas. Poder decir un martes cualquiera “no puedo más” y mandar al niño al cole con la manualidad a medias.
Tal cual, sin disimulo ni bula papal, sin sentimiento de culpa ni banda sonora épica.
La vida es un Carnaval, por supuesto, y las penas se van cantando. Pero también llorando
No sé tú, pero yo estoy agotada de perseguir la excelencia cuando solo quiero tirarme al sofá y devorar una palmera de chocolate. Harta de vivir entre zombis especialistas en posturear en el trabajo, en el amor, en el ocio y en la vida misma. Hasta las narices de redes sociales rebosantes de alegría postiza y de una productividad imparable: esa pantomima digital que, en el fondo, no es más que la función que llevábamos décadas representando en el mundo real.
La vida es un Carnaval, por supuesto, y las penas se van cantando. Pero también llorando. Con kleenex, vermú de grifo y abrazos compartidos.
Además, si algo debería asustarnos no es que el emperador quede desnudo con este ejercicio de franqueza. Sería continuar aplaudiendo el puñetero disfraz.
