De pronto asoma, surge, brota, aflora (¿florece?) la violencia. Es como si de un fenómeno atmosférico se tratara, algo que ocurre, de repente, sin que sea posible (ni legítimo) buscar autores o responsables.

La violencia política, en España, en Europa, en Occidente, se parece a un evento natural. No habrá que esperar mucho tiempo para que los expertos la vinculen, tras la acrobacia mental correspondiente, con el cambio climático.

Cosa muy distinta es lo que ocurre con el odio. El odio, esa cosa antaño evanescente, discutible, como todas las emociones humanas, adquiere hoy una dureza mineral y es objetivable sin la menor vacilación.

La sociedad en que vivimos ha derogado en buena parte el sentido de la responsabilidad personal. Ahora pueden imputarte en primera persona el genocidio que alguien cometió hará unos cinco siglos mientras carece de relevancia que jalearas, entusiasta, un asesinato anteayer

Parece que el odio encuentra en los discursos (en ciertos discursos) tierra fértil y cuenta, a mayor abundamiento, con directos responsables. Todavía más, resulta completamente baladí, resulta definitivamente írrito, oponerte a la identificación del odio en un discurso: eso sólo certificaría tu firme voluntad de lanzarte también (si no te has lanzado ya) a la piscina del odio y bracear entre sus olas siniestras.

La sociedad en que vivimos ha derogado en buena parte el sentido de la responsabilidad personal. Ahora pueden imputarte en primera persona el genocidio que alguien cometió hará unos cinco siglos mientras carece de relevancia que jalearas, entusiasta, un asesinato anteayer. 

Abolir la responsabilidad personal convierte el pensamiento en algo caprichoso y abstracto. Por ejemplo, elucubrar con que tu adversario político sería, bajo ciertas circunstancias, asesinable no se vincula con tu odio presunto sino con el suyo probado. 

Exigir que se cumplan las leyes de extranjería es hoy un caso palmario de discurso de odio. Pero no deja de admirarme que la exigencia de que las leyes se cumplan reciba, como respuesta, el insulto del gobierno, que no sólo debería cumplirlas sino que tiene incluso el poder de derogarlas y sin embargo no lo hace. La hipocresía es siempre un mal sentimiento, pero en política se practica sin freno y, a lo que parece, sin precio ninguno.

Lluvia en Euskadi / EFE

En el contexto moral en que vivimos, que tu libertad de expresión se materialice en “discurso de odio” no es una banalidad porque puede tener graves consecuencias: desencadenar fenómenos atmosféricos, provocar una llovizna o un violento chubasco, según.

Charlie Kirk fue asesinado en la universidad de Utah y Quentin Deranque apalizado hasta la muerte en una calle de Lyon. Auténticas granizadas, es decir, precipitaciones sólidas de hielo, gránulos que se producen cuando las corrientes ascendentes de aire elevan gotas de agua a zonas congeladas de las nubes. Sucesos inevitables, en fin, cosas de la meteorología. Lo que no era inevitable, al contrario, era el discurso de odio que ambos sostenían. Ahí sí que existía una responsabilidad personal, y eso sí explicaba, a la postre, los cambios producidos en la atmósfera.

En definitiva, los “discursos de odio” desencadenan efectos en la climatología. Lo que antes eran argumentos que exigían contraargumentos ahora se convierten en zonas de bajas presiones. Si el odio se manifiesta, la lluvia, el viento, los ciclones, acontecen

En definitiva, los “discursos de odio” desencadenan efectos en la climatología. Lo que antes eran argumentos que exigían contraargumentos ahora se convierten en zonas de bajas presiones. Si el odio se manifiesta, la lluvia, el viento, los ciclones, acontecen.

Muchos justificaron el leve sirimiri que supuso que un tirador reventara el cuello de una persona cuando exponía ideas en una universidad: el discurso de ese tipo era un discurso de odio. Nada, en cambio, tenía que ver con el odio que en la red social Bluesky cientos de personas danzaran alegremente sobre el cadáver caliente y aún insepulto de Charlie Kirk. 

“La verdad es revolucionaria”, dicen que dijo Antonio Gramsci. Y suele repetirse el aserto cada vez que hay ocasión. Yo creo que es exactamente al revés: la verdad es profundamente conservadora, porque constata lo que ocurrió, porque se niega al olvido, porque conserva lo que se dijo y conserva lo que se hizo. Concebir la violencia como fenómeno atmosférico es una estafa política y moral. Y en la universidad de Utah, como en cualquier otro sitio, el que pone el odio es el que pone la bala, y no el que la recibe.