Los últimos envites electorales se han saldado de forma parecida: caída del PSOE, afirmación del PP, avance de VOX y supervivencia o afirmación (según los casos) de ese ramillete de siglas situadas a la izquierda de la izquierda de la izquierda.

Y en la galaxia de ulteriores análisis políticos se ha reproducido el desánimo que exhibe la izquierda en estas ocasiones: incredulidad, incomprensión, asombro… ¿Cómo ha sido posible?, rezonga. ¿Cómo, multiplicando los derechos, el pueblo nos ignora?

Ese pasmo dolorido es la consecuencia de una cosmovisión firmemente asentada en la cultura política de izquierda y, lo que es aún más alucinante, también en la derecha.

Hay una diferencia esencial en la consideración con que se obsequian las gentes de izquierda y de derecha. La gente de derecha considera que la gente de izquierda tiene ideas equivocadas. Pero la gente de izquierda no piensa que la derecha tiene ideas equivocadas: la gente de izquierda piensa que la gente de derecha es gente mala, es mala gente. Son básicamente oligarcas malvados que defienden su interés particular y cuentan, a veces, con el apoyo de tontos útiles.

En un momento histórico en que millones de terminales mediáticas permanecen atentas a cualquier supremacismo racial, nacional, sexual o religioso, no estaría mal empezar a prestar atención al supremacismo más extendido, más firmemente anclado y, en el fondo, más peligroso de todos: el supremacismo moral, la pretensión de imaginarse superior en eso al adversario

Es una diferencia de trazo grueso pero firme en nuestra cultura política, un desequilibrio que confirman cada día las declaraciones de unos y de otros, y que explica, también, nuestra terminología.

Un ejemplo: “extrema derecha” es un concepto aquilatado, pero hay que practicar arqueología periodística para encontrar el constructo “extrema izquierda”. Los medios, prudentes (acaso temerosos) recurren al retorcido constructo “izquierda a la izquierda de la izquierda” (como hemos hecho al principio de este comentario, para no despertar sospechas antes de tiempo).

Otro ejemplo: el derechista se encuentra siempre con la indeclinable obligación moral de ser moderado (hay peligros por allá), mientras que el izquierdista, cuanto más profundice en su doctrina, más virtuoso será.

De aquella desigualdad apriorística surge la exigencia de que la derecha sea moderada. Todo el mundo pide a la derecha que sea moderada. Y buena parte de los dirigentes de la misma derecha se autoimponen ese calificativo: se quieren moderados, se anhelan moderados.

Hay un efecto final en este asunto que perjudica seriamente a la izquierda: la incapacita para realizar análisis políticos fiables cuando los resultados electorales son adversos

El derechista debe examinarse constantemente porque, claro, está a un paso del fanatismo y la violencia. Exigir a la derecha “moderación” es el reconocimiento de que algo malo hay en ella. Pero nadie en la izquierda esgrime el adjetivo “moderado” para calificar su partido o su proyecto. ¿Por qué el bien va nunca a moderarse? ¿Deben acaso la solidaridad, la fraternidad y, en fin, ¡el amor! restringir sus benéficas pulsiones?

Hay un efecto final en este asunto que perjudica seriamente a la izquierda: la incapacita para realizar análisis políticos fiables cuando los resultados electorales son adversos.

En una catástrofe electoral, quien se imagina moralmente superior no cuenta con recursos conceptuales para explicar lo que ha ocurrido. El agarradero de que la gente es estúpida resulta emocionalmente socorrido, pero no ayuda, desde luego, a resolver las cosas: llamar estúpido al votante no es el mejor modo de atraerlo a tus filas.

La solución a esta incapacidad pasa por una cura de humildad. Imaginar que el adversario político no es el Maligno resulta un primer paso necesario no solo para competir con garantías, sino para algo todavía mejor: para, cuando vengan mal dadas, comprender lo que ha ocurrido y buscar algún remedio.

En un momento histórico en que millones de terminales mediáticas permanecen atentas a cualquier supremacismo racial, nacional, sexual o religioso, no estaría mal empezar a prestar atención al supremacismo más extendido, más firmemente anclado y, en el fondo, más peligroso de todos: el supremacismo moral, la pretensión de imaginarse superior en eso al adversario.

A la izquierda le iría mejor si reconociera que este no es un asunto de buenos y de malos, y que la derecha, más que una caterva de oligarcas egoístas, es gente de ideas equivocadas, gente a la que podemos responder (acaso) con nuestras magníficas ideas.