La soledad luminosa.
Nadie puede atisbar ni combatir una soledad que no es la suya. Porque se presenta de mil formas, en mil formas, con mil formas. Porque puede ser tan invisible como el miedo, tan intangible como el dolor.
Hace tiempo que no encuentro a mi vecina observando con ternura la decena de plantas roídas que decoran sus alféizares. Quizá sean nuestros horarios antagónicos, quizá nuestros ritmos desacompasados. Pero yo sé que ella está ahí. Que sigue ahí. La intuyo a ratos. Por la luz blanca y fría que enciende por las noches en una de sus estancias. Por el aire que deja correr por las mañanas. Caiga agua a raudales del cielo o se derramen los rayos del sol. Ella siempre deja paso a la corriente. Como quien deja paso al día que vendrá.
Si me asomo a alguna de mis ventanas, me doy casi de bruces con las suyas. Son como cuadros que cuelgan más allá de las paredes blancas de mi casa. Su nombre es María Luisa y suma ya 92 años, aunque podrían figurar diez menos en su carnet de identidad. Ha hecho un buen trato con la vejez. El caso es que vive sola, pero desconozco si se siente así.
Dice un último informe del Observatorio SoledadES, de la Fundación ONCE, que una de cada cinco personas en nuestro país, experimenta esa soledad que no se elige ni se desea. Lo que no dice ese informe es quién está detrás de los números, ni cuáles son los motivos que llevan a sentir un vacío tan hondo como un pozo sin fin y que alcanza a cualquier edad.
No se trata de una cuestión de gente -de tener a una multitud alrededor- ni siquiera se trata de una cuestión de Estado. Es una sensación íntima. Demasiado profunda. Como una melancolía que se adhiere a la piel igual que una sanguijuela. Como transitar bordeando un acantilado sin barandilla
Hace unos días el Gobierno anunció a bombo y platillo la aprobación de una estrategia para prevenir esta realidad que existe desde tiempos inmemoriales y que ahora se ha elevado a asunto de Estado. Una estrategia proclamada con luces de neón -como si fuera luminosa la soledad- con mesa de trabajo y con un sinfín de recomendaciones, no vinculantes, a las comunidades autónomas para dibujar un camino común que evite el aislamiento. Taxis sociales, servicios de acompañamiento, modelos de vivienda colaborativa… Palabras, palabras y más palabras que, como vinieron, se fueron y que me sonaron tan huecas como un cubo sin agua.
Llegó a decir entonces el ministro de Derechos Sociales, Pablo Bustinduy, que “no se va a dejar solo a nadie”. Como si esa frase fuera garantía de algo. Se lee bien sobre el papel, después tiene que traspasar la tinta. Porque, por más servicios de movilidad que conecten núcleos dispersos con ciudades, por más que amplíen los horarios de los centros de día, por más que uno elija vivir en comunidad… por más que todo -qué paradoja- la soledad te puede acompañar toda la vida y no es posible escapar de ella con llave ajena.
No se trata de una cuestión de gente -de tener a una multitud alrededor- ni siquiera se trata de una cuestión de Estado. Es una sensación íntima. Demasiado profunda. Como una melancolía que se adhiere a la piel igual que una sanguijuela. Como transitar bordeando un acantilado sin barandilla.
Recuerdo una tarde de sábado de hace ya cinco años. Yo paseaba por una ciudad llena, efervescente. Una ciudad que se preparaba a finales de febrero para recibir a una primavera que ya empezaba a asomar por el cielo. Caminé durante horas, con el peso de una dolorosa ruptura a cuestas. No supe a quién llamar. Con quién quedar.
Miraba alrededor y todo eran terrazas llenas y todo afuera me resultó de una felicidad rebosante, mientras que dentro bullía una soledad que escocía igual que el salitre cuando penetra en una herida. No fue aquella la forma de estar sola que yo amaba y que amo. Era otra cosa bien distinta
No había nadie que pudiera salvarme de aquel abismo por el que yo deambulaba con cadenas de hierro sujetas a los pies. Miraba alrededor y todo eran terrazas llenas y todo afuera me resultó de una felicidad rebosante, mientras que dentro bullía una soledad que escocía igual que el salitre cuando penetra en una herida. No fue aquella la forma de estar sola que yo amaba y que amo. Era otra cosa bien distinta.
A menudo observo en la cafetería que hace esquina al lado de mi casa y que queda al descubierto gracias a una enorme cristalera que ejerce de pared, a personas que ocupan mesa de dos o de cuatro en solitario. Las veo en mi camino de ida y allí continúan en mi regreso. Consultando el teléfono, arrugando una servilleta de papel o mirando a la nada. Un café con leche que ocupa tres dedos, pero que se toma a un sorbo por hora. No es una estampa inusual, es demasiado cotidiana. Tal vez sea aburrimiento, tal vez una soledad del tamaño de una catedral pese a estar en un lugar en el que no hay cabida para tanto aliento. No lo sé. Ni lo sabré, aunque siempre me quede la pregunta.
“La soledad era algo duro como la pared de un prisionero, contra la cual puedes romperte la cabeza sin que nadie acuda, así grites y llores”. Así la describió Pablo Neruda en su libro de memorias Confieso que he vivido. La conoció bien el poeta durante su infancia y juventud. Tanto, que hasta le dedicó un capítulo bajo el título que hoy da nombre a esta columna. La soledad luminosa. Claro que, ¿puede algo tan sombrío tener luz? ¿Puede algo así solucionar un Gobierno?