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Palestina, askatu (Palestina, libre) y No es una guerra, es un genocidio, han clamado de nuevo miles de personas esta tarde en las calles del País Vasco.

"Palestina, askatu" (Palestina, libre) y "No es una guerra, es un genocidio", han clamado de nuevo miles de personas esta tarde en las calles del País Vasco. Efe

Opinión

La ocupación de las conciencias

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No opinas, ni gritas, ni desfilas, ni votas, en función de ideas sino en función de símbolos. Tu pensamiento, tan azaroso como el de otro ser humano, no desemboca en articulados y complejos idearios. Tu pensamiento, aderezado por influencias, emociones y recuerdos, desemboca en opiniones, y las opiniones son querencias mentales y no sistemas organizados de pensamiento.

Por eso necesitan encarnarse en símbolos. La política, la publicidad, el activismo, la religión, incluso las bandas callejeras, manejan símbolos: todo lo anterior (ideas e idearios, intereses particulares, sentimientos y sentimentalidades) son solo añadidos que participan, a veces de forma caótica, en la creación de la opinión final.

Decían los marxistas que compiten los intereses económicos. No es del todo cierto. Los liberales dicen que compiten las ideas. Y aunque en ello hay algo de verdad, tampoco es del todo cierto. Básicamente, compiten los símbolos. Nos gobiernan (si pudiera decirse) las emociones. Ellas determinan nuestra forma de vestir, nuestras elecciones lingüísticas, nuestro concepto del trabajo, la familia, la patria o la propiedad. Determinan, por supuesto, nuestro voto. Las emociones, en suma, necesitan símbolos y se encarnan en ellos.

En términos simbólicos, hace décadas que Euskadi se halla en manos de la izquierda abertzale. Un buen ejemplo de ese monopolio son las fiestas populares. Cualquier visitante del hinterland que rodea las capitales vascas aprecia a golpe de vista que hay una sola ideología visible, en los abigarrados grafitis, en la cartelería, incluso en los edificios públicos, donde la neutralidad institucional se ve contaminada por toda clase de causas, cercanas o remotas, pero ajenas al quehacer de una administración.

La bandera palestina está en un tris de convertirse en la nueva bandera de los vascos, gente extremadamente sensible a la muerte de gazatíes, pero indiferente a la de ucranianos, iraníes (cuando no la perpetran norteamericanos), nigerianos, sudaneses y, por supuesto, judíos.

Y el resto de los partidos, en Euskadi, no interponen la más mínima resistencia a la ocupación por parte de la extrema izquierda vasca del espacio público y del imaginario colectivo. Es responsabilidad de esos partidos que dejen el agua pasar, esperando que los jóvenes maduren por sí mismos. Entre tanto, la extrema izquierda trabaja sin descanso en la ocupación del espacio público y de las conciencias.

En mi vida profesional, observé una filosófica paciencia ante los desmanes de jóvenes recién aterrizados en la universidad, pero expertos ya en fascismo, marxismo, historia contemporánea y política económica. Ninguna oposición moral o intelectual a sus extravagantes representaciones mentales. Había que esperar porque los chicos, con la edad, con la reflexión, con algunas lecturas, entrarían en razón. Inspira profunda tristeza esa claudicación moral e intelectual.

Recuerdo a cierto diputado general vizcaíno (del PNV) que en cada nueva entrega de diplomas recordaba, con orgullo miserable, cómo en su juventud había participado en el asalto al decanato de la facultad. Lo hizo tantas veces que me ayudó a cambiar mi imagen de la clase política de este país… para hacerla todavía peor.

“Borroka da bide bakarra”: la lucha es el único camino. No hay día en mi país sin escuchar ese mantra siniestro: justifica la violencia, propone la exclusión del otro y reconoce en él a un enemigo. Si hasta un diputado general presume en la universidad de asaltar un decanato, poco se puede hacer.

Me asombra el asombro que suscita el fortalecimiento de la izquierda abertzale en las últimas citas electorales. Haber apoyado a ETA no le supone ningún coste electoral. Pero ¿por qué iba a suponer un coste electoral si nadie le ha impuesto un coste histórico, político y moral? Asume el control de instituciones académicas, culturales, deportivas. Controla la jerga política, el decorado simbólico, el pulso diario de institutos e ikastolas. ¿Cuál puede ser la sorpresa en este asunto?

Pues bien, a pesar de todo, aún asoman los sorprendidos.