“No nos llamamos”, escuché de pronto. Aquella frase se quedó suspendida dentro de la atmósfera matutina del coche. Fuera, el cielo era tan liso y azul que violentaba.
Yo conducía hacia el trabajo con la cabeza a mil y la radio a todo volumen, sintiendo los últimos coletazos del invierno a través de un sol que rozaba el lateral izquierdo de mi vehículo y rasgaba parte de mi rostro. No hay nada comparable a la sensación de libertad que te proporciona el hecho de ir paradójicamente amarrada a un volante y a una emisora. Nada más placentero.
El caso es que, durante varios minutos, perdí la señal en un tramo de túnel y cuando, por fin, surgió de nuevo la conexión -como la luz-, me enganché a lo que contaba una joven sobre música y sobre su historia componiendo canciones. Sobre la propia vida.
En el tiempo que duró la entrevista no alcancé a descubrir quién se escondía -tampoco me importó- detrás de aquella voz melodiosa que consiguió atraparme radiografiando a una generación, la suya y no la mía, que no utiliza el teléfono para lo que se concibió. “Un cómo estás. Se escucha raro a través de una llamada”, sentenció. Hay demasiada intimidad en que alguien te pregunte cómo te encuentras por medio de un auricular y puedas confiarle la verdad. Desgraciadamente, ya no se hace ni la pregunta, ni se da la respuesta.
Los mensajes de Whastapp.
Aquella frase me atravesó igual que una espada. Fue como la revelación de una certeza que se hace evidente a cada momento, aunque no la veamos y mucho menos la escuchemos. Porque ahora el móvil no suena como debería. Porque ahora se limita a emitir un ruido repetitivo y exasperante: el de los mensajes de WhatsApp que caen a diario en la pantalla como misiles en tiempos de guerra.
Hace unos días, en mitad del miedo que desata un conflicto que ya dura demasiado, alguien en el trabajo comentó que estaba buscando en internet un cargador cuya existencia yo desconocía y que -no sé muy bien cómo- debe servir para tener la batería intacta en caso de que el conflicto golpee nuestra puerta y se lo lleve todo, hasta el porvenir.
Le atendí paciente y cuando acabó su argumentación le dije: ¿de qué sirve que tu teléfono esté encendido si el del resto de la humanidad está apagado y no tienes nadie a quien llamar?
Con toda la soledad infinita que conlleva esta afirmación. Yo a diario telefoneo y converso durante minutos y minutos con mi madre, a pesar de que a ella le resulten escasos y rabie a menudo por el estrés en el que nos movemos
Y lo triste es que, en realidad, con bombas o sin ellas, ya no queda nadie a quien llamar en esta sociedad del mensaje o el audio como único medio de comunicación. Con toda la soledad infinita que conlleva esta afirmación. Yo a diario telefoneo y converso durante minutos y minutos con mi madre, a pesar de que a ella le resulten escasos y rabie a menudo por el estrés en el que nos movemos.
Con las veinticuatro horas llenas o, tal vez, extremadamente vacías como el río que sigue corriendo sin agua. También mi hermana está entre las personas que cuento con los dedos de una mano -y me sobra alguno- cuyo número acostumbro a marcar cuando no existe la costumbre.
Pregunto a jóvenes en la veintena si utilizan sus móviles de última generación para realizar llamadas. “Uy, yo no”, dice L. sonrojada. “Me genera ansiedad”. La sola contestación a mi me genera desconsuelo. Ni siquiera M. emplea esta técnica en un momento en el que 500 kilómetros le separan de un amor incipiente. “No necesito llamarle”, me dice. “¿No quieres hablar con él, escucharle?”, le planteo. “Ya le oigo a través de los audios”, me responde.
Y es ahí cuando me invade la nostalgia por aquella época en la que teníamos los contactos registrados en la memoria de tanto presionar las cifras. Aún recuerdo números que ya ni siquiera existen. Son como las letras de las canciones, que jamás se olvidan.
Qué fue de aquellos aparatos de cable rizado que formaban parte, como los muebles, de la decoración de todos los hogares y que cogían polvo igual que un libro. Dónde se fue esa otra vida lejana en la que un “ring, ring” nos hacía correr ansiosos por descolgar y comprobar quién llamaba y para quién. La vergüenza de que fuera un chico y respondiera tu madre, la ilusión de que fuera alguien añorado o la angustia de que fuera un mensaje no esperado.
Cuántas y qué diferentes emociones, generaba aquel receptor que ahora de tan poco sonar, hasta el más leve y apagado rumor que desprende, puede resultar estruendoso y preocupante. Asegura en una entrevista a un periódico español Matthew Lieberman, psicólogo estadounidense que comenzó a estudiar el dolor social en los años 90, que “no necesitamos conexión social para sobrevivir como necesitamos comida o agua, pero sí para estar bien”. Y puede que el problema sea que ya ni siquiera sepamos lo que es estar bien.
Un chico joven, lánguido y con coleta toca el piano en una esquina de la calle Goya de Madrid. La melodía suena bella y melancólica. Me acompaña varios metros hasta que se pierde en la distancia y desaparece como desaparece todo en este mundo que habitamos. Las formas de comunicarse. La espuma blanca que dejan las olas.
