Últimamente he estado escribiendo mucho sobre naufragios, propios y ajenos. Al principio los pensaba como pérdidas y desbordes irreversibles, como definitivos colapsos interiores sin tierra firme a la vista, y enfrentado a la posibilidad de no ser rescatado.

Poema tras poema, se ha roto mi cascarón de certeza y razón, y voy descubriendo que el naufragio no tiene porqué destruirnos. Puede incluso ser liberador —nunca he sido libre y ahora soy gaviota—. Naufragar no tiene por qué ser el final. Puede ser ocasión de aceptar que hay ciertas cosas que se escapan a nuestro control y que, a veces, hay que perderse para encontrarse. 

Naufragar es, al final, desprenderse del orgullo, desapegarse del amor propio, y abandonarse y confiar que hay unas manos que, pase lo que pase, nos pueden sostener —y dan sentido a mi frío—.

Escucho música para bailar sobre el agua —de Inazio—, y siento a la brisa marina acariciar mi rostro, susurrándome al oído: «…has vuelto a resurgir de tus cenizas / gracias a los poemas que escribiste. / Somos capaces de vivir soñando / porque, escribiendo para divertirte, / se evaporan el miedo y la vergüenza / de tu naufragio y pisas tierra firme».

Me pongo a escribir, fluyo a contracorriente, se transforma mi fragilidad en poesía, y dejo huella. 

Canto mirando al mar, imaginando una puesta de sol que no quiero que se acabe, y me hundo en estos versos:

«Quiero limpiar tu sangre y tu sudor 

y besar tus heridas y tus llagas.

Tú, como siempre, hablando en el silencio,

quieres lavar tu rostro con mis lágrimas.

Acuérdate de mí, te pido

como el ladrón arrepentido;

y vuelvo a naufragar en tu mirada. 

Y vuelvo a naufragar,

vuelvo a encontrar refugio en tu palabra.

Sintiendo tu poder en cada verso,

¡por siempre cantaré tus alabanzas!

Me haces perder el miedo a mis naufragios.

Me quieres ver bailando sobre el agua».