En España circula desde hace ya muchos años el rumor de que a las personas chinas no se les entierra. En broma se suele comentar algo mucho más oscuro que tiene que ver con el canibalismo, pero, sí, no es más que una leyenda urbana. Que apenas haya celebraciones rituales con chinos o chinas como protagonistas ha alimentado ese bulo que algunos se han encargado de desmentir.

El asunto es que las personas chinas, cuando se hacen mayores, suelen volver a su país porque quieren ser enterradas con los suyos. Si eso no es posible porque la persona fallece en España, sus familiares removerán Roma con Santiago para llevar allá sus cenizas.

Me he puesto un poco tétrica después de saber que en el país asiático ha surgido una inusual tendencia. A saber, el elevadísimo costo de los cementerios tradicionales, la falta de espacio y el acelerado envejecimiento de la población les han llevado a utilizar apartamentos vacíos para depositar las cenizas de los difuntos, lo que se ha dado en llamar “pisos de cenizas”.

Las personas se ven obligadas a vivir en casas que apenas miden 4 metros cuadrados

¿Y por qué utilizar viviendas vacías para esto en vez de para que sean habitadas por vivos? Pues porque hay grandes tenedores de viviendas que no las alquilan o venden por su elevadísimo coste y que han visto el negocio en la muerte más que en la vida. Mientras, las personas se ven obligadas a vivir en lo que allí llaman “casas ataúd” o “casas jaula”, mucho más asequibles pero que apenas miden entre 1,5 y 4 metros cuadrados.

No hemos llegado a esas jaulas en España, pero no andamos desencaminados. En el primer trimestre de este 2026, la oferta de habitaciones en piso compartido ha crecido un 22% y su precio medio es de 430 euros, dependiendo de la Comunidad Autónoma en la que nos encontremos.

Agentes inmobiliarios aseguran que pisos que hasta hace bien poco eran habitados por una familia hoy se han dividido incluso en diez espacios que se alquilan de manera individual. Multipliquen y verán la diferencia. En algunos pisos han desaparecido las cocinas y un rincón de la casa dotado con microondas y la famosa air fryer ha pasado a ser ese lugar de encuentro que antes usábamos para contarnos nuestro día a día y que ahora es un lugar sin alma.

Habrá quien recuerde lo de “habitación con derecho a cocina” que tanto se usó en España en los años 70

Hay muchas familias, demasiadas, que no pueden permitirse acceder al alquiler de una vivienda completa, así que los especuladores han decidido centrarse en habitaciones individuales. Habrá quien recuerde lo de “habitación con derecho a cocina” que tanto se usó en España en los años 70. Ahora lo llaman coliving y parece que nos están ofreciendo una moderna solución habitacional cuando lo que nos ofrecen en realidad es que nos metamos en la máquina del tiempo y retrocedamos a los años de la dictadura y principios de la transición.

Cincuenta años después, usando términos modernos y extranjeros, los jóvenes no pueden emanciparse, hay personas mayores y jubiladas compartiendo piso, existen en España asentamientos de trabajadores y trabajadoras que viven en tiendas de campaña o autocaravanas si son más afortunados, y hemos acuñado y normalizado el término de “trabajadores pobres”, un oxímoron tristemente aplicable a uno de cada diez empleados.

Puede ser una buena estrategia de marketing aparecer en TikTok, como hizo Pedro Sánchez, con la camiseta de la selección española y un 22 a la espalda para celebrar que ya hay 22 millones de personas empleadas en España. Sin embargo, cuando se profundiza en la calidad de ese empleo, vemos que el 11% de los trabajadores está en riesgo de pobreza, solo superado en esta triste cifra por Bulgaria y Luxemburgo.

La gran distancia que existe entre los que cobran más y quienes menos es lo que genera esa gran cantidad de personas que trabajan pero que han caído en la pobreza

Sorprende lo de este último más porque allá el salario mínimo es muy alto, 2.700 euros, y tiene una tasa de paro del 6,9%, pero la gran distancia que existe entre los que cobran más y quienes cobran menos, unida al altísimo coste de la vivienda, es lo que genera esa gran cantidad de personas que trabajan pero han caído en la pobreza.

De nuevo vemos en la vivienda la llave que nos aboca a una posición social u otra. Y lo malo es que desde hace mucho tiempo, el ascensor social que nos permitía subir o bajar en el ranking está averiado sin que haya quien dé con la tecla para repararlo.

El precio de la vivienda, tanto en alquiler como en compra, está empujando a la pobreza a las familias que ven cómo casi el 40% de sus ingresos se dedica a financiar habitaciones, pisos en el mejor de los casos. Así, el dinero disponible se reduce drásticamente, lo que provoca una enorme fractura socioeconómica entre quienes pueden acceder a un techo y quienes no. Por no hablar de la batalla generacional abierta entre hijos del baby boom, los boomers y las nuevas generaciones como la milenial o la Z.

Tener o no tener vivienda se ha convertido en la gran brecha que deja a un lado a quienes sí heredarán una vivienda y a quienes solo les queda ver un emeporamiento progresivo de su economía

Se supone que estos últimos deberían vivir mejor que los anteriores, pero lo cierto es que los más jóvenes se encuentran a años luz de sus padres, sin posibilidad de acceder a un piso en propiedad y alargando la juventud hasta más allá de los 40. Tener o no tener vivienda se ha convertido en la gran brecha que deja a un lado a quienes sí heredarán una vivienda y al otro a quienes solo les queda ver un empeoramiento progresivo de su economía y una desaparición paulatina de su posibilidad de acceso a una casa en la que cobijarse.

Sin capacidad de ahorro no hay posibilidad de compra de vivienda. Mucho menos aún de alquilarla dado que las mensualidades son más altas que las de los créditos hipotecarios. El resultado es una generación, dos diría yo, con una salud mental severamente afectada por la imposibilidad de desarrollar su proyecto de vida y seriamente preocupada por el hacinamiento, los desahucios e incluso el sinhogarismo. La radiografía es desoladora.

China, que va por delante del mundo en muchas cosas, ya ha comenzado a comercializar “viviendas” más pequeñas que los nichos y panteones. El precio medio anual de un nicho en España es de entre 300 y 700 euros al año. Al paso que vamos será lo único que muchas personas puedan permitirse.

Los “mini pisos”, que suenan mejor que “casa jaula”, ya están en alquiler en lugares como Madrid o Barcelona. Tienen entre 6 y 11 metros cuadrados, son interiores, no tienen baño y su precio oscila entre los 400 y 700 euros mensuales.

Lo dicho, no encontraremos sitio donde meternos ni vivos ni muertos.