No he visto su cara oculta, pero yo también he viajado estos días a la luna. Yo también, como los cuatro astronautas de la 'Artemis ll', he marcado mis propios hitos. Yo también tengo ahora el corazón encogido, el cuerpo desencajado tras la misión.
No me han hecho falta 9 días, una hora y 32 minutos como a ellos. Ni siquiera he necesitado la nave 'Orión'. Me ha bastado algo menos para un viaje que sigo asimilando y masticando, como decía recientemente uno de los integrantes de esa travesía histórica que les ha llevado a lo más lejos que han llegado jamás los seres humanos de la Tierra, a más de 406.000 kilómetros de casa.
No hay que volar tanto, ni en un espacio tan reducido, ni siquiera hay que soportar el peso o la pérdida de él que ocasiona la ausencia de gravedad, para sentir que has sido partícipe de algo extraordinario.
Para experimentar que toda la rutina -esa rueda gastada que gira y que gira y que te aplasta a diario- puede cobrar otra escala. Para mirar por la ventana y comprobar que la galaxia puede tener otro volumen, otra dimensión.
Pensaréis quizá que exagero, pero una pausa, una escapada, un paréntesis en otro lugar, en otro país, en otro entorno, en otro idioma es capaz, en ocasiones, de elevarte a lo más alto y de hacerte sentir, como afirmaba después de la misión lunar Jeremy Hansen -el representante de la Agencia Espacial canadiense- “infinitésimamente pequeño” y al mismo tiempo, terriblemente poderoso.
Despertar con el graznido insistente de las gaviotas. Desperezarse sin prisa. Sentarse en un banco de madera deteriorado por la humedad del mar Céltico, en la tarde de un miércoles de abril sin nada que hacer más allá de escuchar el silencio, de vislumbrar un horizonte inmenso y despejado y de observar a un bebé de casi dos años tropezarse por prados que nunca había pisado antes y qué tal vez no vuelva a pisar jamás. Eso es memorable.
Asombrarse porque es posible desayunar huevo frito, salchichas y un café aguado a las nueve y tener hambre a las doce. Transitar por el precipicio, como en la vida, deteniéndose al borde de un acantilado afilado. Caminar sorteando la arena esparcida por los vientos sobre el asfalto...
Descubrir que un libro infantil -'La princesa y la rana'- que aguarda en la estantería de una antigua y diminuta iglesia de un pequeño pueblo de pescadores escenario de películas, con una dedicatoria para una tal “Dear Sarah” escrita a mano y boli negro, con una letra perfecta como calcada de una cartilla de colegio y fechada en septiembre de 1984… te puede conmover hasta el tuétano.
Sorprenderse porque una copa de vino se pide en un bar por tamaños. Pequeña, mediana o grande. Siempre grande, por supuesto. Asombrarse porque es posible desayunar huevo frito, salchichas y un café aguado a las nueve y tener hambre a las doce. Transitar por el precipicio, como en la vida, deteniéndose al borde de un acantilado afilado. Caminar sorteando la arena esparcida por los vientos sobre el asfalto.
Circular kilómetros y kilómetros por carreteras estrechas escarpadas entre la maleza y sin apenas vehículos. Dejarse atizar por las fuertes rachas que sacuden los campos verdes como la lima, expuestos y deshabitados del sur de Inglaterra donde huele a ganado y al salitre de una bahía en la que un faro resiste olas altas como montañas.
No tiene precio visitar el lugar en el que termina la tierra y empieza la luna y que hasta inspiró a Virginia Woolf. Así lo describió en 'Al Faro', el que fue para ella su mejor libro.
“Tenía delante el inmenso plato de agua azul, con el viejo faro en el medio, distante y austero, y a la derecha, hasta donde podía abarcar la vista (…) las verdes dunas arenosas coronadas de hierba salvaje, ondulante, que parecía siempre escapando hacia algún paraje lunar, no hollado por la planta del hombre”. La autora se quitó la vida cuando todavía la luna era inalcanzable y la misión 'Apolo 11' apenas una ilusión.
Woolf veraneó en la costa de 'Cornualles', en 'St. Ives', desde 1882 hasta 1894, hasta que su madre murió cuando ella tenía trece años. En una casa que aún sigue en pie y en la que una discreta placa azul recuerda su paso. Ahora es una propiedad privada, aunque uno puede acercarse y observar casi hasta su interior a través de uno de sus ventanales donde dos perros vigilan a los curiosos que acuden buscando la musa.
Muchas veces es más la distancia mental la que nos aleja de un propósito, que la distancia física
Miré y fotografié la vivienda de madera blanca durante varios minutos y hasta visualicé a la escritora siendo niña sentada en el césped que decora la parte delantera de la fachada, observando a diario en la lontananza el faro que guiaba a los marineros y lamentándose por la vida del hombre que en las noches iluminaba esas aguas bravas.
“¿Quién podría aguantar vivir encerrado durante un mes entero, o incluso más en tiempo de borrasca, en un promontorio del tamaño de un campo de tenis? Y no recibir cartas, ni periódicos ni visitas”, se preguntaba Woolf. Cuántas sensaciones me produjo ese viaje y cuántas rememoro ahora mientras la leo.
¿Cómo se regresa de una travesía así? Con la certeza de que cualquier destino está a nuestro alcance si sabemos buscarlo. Si sabemos imaginarlo. Si disponemos de una llave para abrirlo. Porque, muchas veces, es más la distancia mental la que nos aleja de un propósito, que la distancia física.
Lo dijo uno de los tripulantes de la 'Artemis ll'. “Si hubiéramos tenido las llaves del módulo de aterrizaje, habríamos alunizado”. Su historia y la mía, no son comparables. Lo sé. O ¿tal vez sí? Porque todo está a un paso. Los retos más ambiciosos de la ciencia y los nuestros propios.
