Hace tan solo unos días se ha presentado en Euskadi la “Estrategia vasca para personas mayores”, un plan en el que se recogen varias iniciativas, algunas bastante novedosas y destinadas a todos nuestros mayores.
Ser mayor es sin duda un privilegio porque supone llegar a una edad en la que se han ido acumulando experiencias de todo tipo, pero principalmente vitales. A mayor se llega prácticamente sin darse cuenta, con vivencias y necesidades muy concretas, que están vinculadas en cada caso a nuestro contexto actual.
Somos claramente una sociedad envejecida con una esperanza de vida cada vez mayor. La famosa pirámide demográfica que nos mostraban en nuestra época de estudiantes ha cambiado radicalmente, al punto que es imposible ver una pirámide. En estas circunstancias trabajar estrategias para los mayores debe ser una prioridad. Y esos planes deben responder además a cuestiones como las que se están contemplando en la estrategia vasca.
Entre las líneas de trabajo que se presentan en el plan está la diversidad sexual y la soledad. Sin duda son dos asuntos de alcance en el momento actual.
Abordar la diversidad sexual entre los mayores, o simplemente tener en cuenta la condición sexual de cada uno de ellos, que en algunos casos la habrán ocultado durante toda su vida, es una obligación. Favorecer que puedan manifestarse como son, sin ninguna cortapisa debe pasar sin duda por ayudarles a expresarse en libertad y acompañarles en el proceso.
"Entre las líneas de trabajo que se presentan en el plan está la diversidad sexual y la soledad. Sin duda son dos asuntos de alcance en el momento actual"
Respecto a la soledad, esa convidada que cuando es deseada se disfruta, pero cuando no lo es se sufre, se ha convertido en una lacra para muchas personas, pero particularmente para los mayores que afrontan procesos vitales encajando la pérdida de muchos de sus allegados.
Aquí no hay otra que recuperar la comunidad en clave del siglo XXI, y eso pasa por generar vínculos y procurar la necesaria convivencia intergeneracional. En un momento en el que quien más quien menos, todos nos escondemos detrás de una pantalla más horas de las necesarias, evitando o cuando menos no procurando el contacto personal, es muy interesante aprender de esas maravillosas experiencias en las que los más jóvenes interactúan con los mayores.
La suma de sinergias entre unos y otros es altamente beneficiosa para todos. Esas iniciativas hacen que los mayores dejen de estar solos al menos durante unas horas, mientras que los jóvenes aprovechan la sabiduría de quienes les superan en años. Esa relación llega en algunas ocasiones a convertirse en convivencia, de tal modo que el joven acompaña en su casa a la persona mayor y además resuelve problemas habitacionales.
"La realidad es que tenemos un potencial entre nuestros mayores que no podemos perder"
Esas relaciones son tan importantes como útiles y si hacemos las cosas bien, serán cada vez más habituales.
Mención especial merece la soledad de los mayores en nuestros pueblos, ahí la solución es más complicada, porque nos encontramos ante los pueblos vaciados o semi vaciados en los que afrontar el problema de la falta de compañía es especialmente complicado.
Se han perdido aquellos servicios de los que algunos hemos disfrutado de críos cuando llegaba al pueblo el panadero, el frutero o el pescadero. Aquellas visitas que hoy se prestan a la melancolía, no nutrían a los vecinos de las localidades más pequeñas sólo de servicios de primera necesidad, los nutrían del servicio de primera necesidad por excelencia: la conversación y la compañía.
La realidad es que tenemos un potencial entre nuestros mayores que no podemos perder. Desaprovechar el conocimiento, la experiencia y en muchos casos las ganas y la ilusión es desestimar valores que marcan la diferencia. Si a eso le añadimos que no vamos sobrados de talento y mucho menos de liderazgo la ecuación cuadra todavía más.
Por otra parte hay algo que no se nos puede olvidar: una sociedad que no genera el mejor de los ambientes y el máximo aprecio y cariño para sus mayores, es una sociedad muy torpe, pero sobre todo, claramente injusta.
No sólo convivimos con jóvenes preparados a los que debemos mimar, también lo hacemos con mayores sobradamente preparados en los que nos convertiremos más pronto que tarde.
