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Una madre alimentando a su bebé.

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Opinión

A todas las madres ahí fuera

Publicada

Me encantaría comenzar estas líneas contando que escribo frente al ordenador, sentada en solitario en la mesa del salón mientras apuro un vino tinto y la llama de una vela a punto de extinguirse consume los últimos posos de una cera agonizante. Suena bucólico.

Suena, tal vez, a otra vida que fue.

Sin embargo, la realidad ahora es bien distinta.

Lo cierto es que pasan las once de la noche de este jueves y ya lejano 30 de abril. Que estoy acostada en la cama, boca arriba y bajo el peso aún de una manta y un nórdico que desafían a esta primavera de lluvia y sol, de frío y calor.

Que llevo adosado al pijama un cansancio del tamaño de un océano, aunque mi cuerpo arrastra también el peso de la felicidad que proporciona una celebración de cumpleaños.

Que la habitación está a oscuras y que ahora mismo la única luz que titila en esta estancia es la de la pantalla de un teléfono encendido en el que -a golpe de pulgares- plasmo lo poco o mucho que quiero compartir de este día en el que hace exactamente dos años, a esta misma hora, yo entraba en una habitación compartida de hospital que nada tenía que ver con esta, con la mía.

Solo quería salir corriendo de ese lugar. Que acabara rápido aquel trance

Me recuerdo frágil como un jarrón de porcelana. Débil, tras casi veinte horas en un paritario que llevaba el nombre de una localidad costera de Guipúzcoa a la que ya siempre asociaré con el nacimiento. Estaba exhausta tras haber experimentado el momento más salvaje y primitivo que se puede vivir, aunque estaba también infinitamente agradecida.

Cómo no, después del miedo aterrador a que algo pudiera torcerse durante aquella intervención para la que nadie me había preparado lo suficiente. Ni siquiera yo misma supe a qué me enfrentaba. Tampoco que aquel pitido punzante que salía de un monitor y que alertaba de la ausencia de latido del bebé, me provocaría tanto pánico.

Todavía hoy tengo pesadillas con ese ruido ensordecedor. Yo no recuerdo aquel día fuegos artificiales, ni me recuerdo exultante por entrar allí con la que se convertiría en la persona más especial de mi vida.

Tampoco recuerdo atisbo alguno de excitación por lo que acababa de pasar. Solo quería salir corriendo de ese lugar. Que acabara rápido aquel trance. Recuerdo el pavor y la angustia clavados como un aguijón.

Llegué a aquella estancia separada en dos por una cortinilla ligera, en una camilla empujada por una enfermera gruesa y veterana que tenía ya mil parturientas en su currículum. Me puso de pie estando yo como estaba con aquel batín que dejaba entrever un vientre arrasado por el vacío reciente y unas bragas de papel que escondían los puntos y sujetaban una compresa rebosante de sangre. Me preguntó si quería ir al baño, le respondí que sí.

Y cuando di el primer paso, sentí el vértigo de una caída que no fue porque llegó ella para sujetarme. Después, me ayudó a acostarme en una cama en cuyo cabecero había una cuna en la que mi hijo dormía ya por primera vez a este otro lado de la piel.

Me costó tiempo volver a hacer las cosas como solía. Recuperar la fuerza y la valentía

Y no tuve ni capacidad para detenerme a observar a aquella criatura que acababa de salir de mis entrañas.

Yo era como una herida en carne viva. Y lo sigo siendo hoy dos años después. Desde el mismo instante en el que dejé de utilizar la primera persona del singular para pasar a la primera del plural.

Porque ahí llegaron las dudas. Cómo alimentarle. Cómo dormirle. Cómo limpiarle. Cómo vestirle. Cómo calmarle. Cómo enseñarle. Cómo entenderle. Tantos “cómos” me surgieron… Llegaron los temores, las noches sin sueño y sin sueños. Los días sin conversación. Los cambios, por dentro y por fuera. La culpa. Por no tener siempre una respuesta. Por la tristeza a ratos. Por añorar el pasado. Por no estar entre semana para el baño.

Por no poder ir a recogerle cada tarde a la guardería con un abrazo y la merienda.

Por no llevarle al parque a lanzarse del tobogán igual que los personajes de dibujos con los que hace aspavientos cuando se aferra a la televisión. Por llegar justa a su cena y darle el biberón pensando que aún tengo que desmaquillarme, planchar y un sin fin de quehaceres. Es paralizante el cargo de conciencia.

Ahora mi vida y mi tiempo al margen del trabajo, son para él y saben los que me rodean que me quejo de ser la persona más cansada del universo. Pero, tal vez no expreso lo suficiente que soy también la más feliz desde aquel 30 de abril del 2024. Porque nada se asemeja a la sensación de ver esos dedos diminutos toqueteando las pulseras de mi muñeca mientras engulle la fórmula. Porque no hay nada más placentero que acariciar esa piel virgen de cicatrices.

Ningún olor tan puro como el de su pelo. Como el de su boca plagada ahora de pequeños dientes blancos. Porque hay cosas que no tienen precio: observarle crecer y reír a carcajadas, los besos sin fin o escuchar un “muso” cuando le pregunto cuánto me quiere.

La primera vez que salí sola a la calle tras el parto, fue para ir a una tienda de San Sebastián próxima a mi casa a comprarle un brazalete a mi madre por el primer domingo de mayo. Al entrar en aquel negocio, sentí que me caía y tuve que sentarme en un sofá.

"Perdonad, acabo de dar a luz y no me encuentro bien".

"Tranquila", me dijeron amables.

Me costó tiempo volver a hacer las cosas como solía. Recuperar la fuerza y la valentía. Y cada vez que caminaba empujando el carrito y me percibía vulnerable, miraba a todas las madres alrededor y me repetía como un mantra: "Si ellas han podido, yo también".

Y así es. Todas podemos. Parar el viento, si es preciso, por nuestros hijos. Hasta bajar las estrellas o escribir este artículo con el último aliento del día. Cada una, a su forma. Y todas las formas, igual de admirables y respetables.