El liderazgo político se nutre de carisma, de la capacidad de atraer, influir y motivar a través de la personalidad, la comunicación y la empatía. Todas esas características las reunía, sin lugar a dudas, Carlos Garaikoetxea Urriza y el PNV lo tuvo claro, sería designado como candidato a lehendakari tras la aprobación del Estatuto de Gernika.
Acostumbrados culturalmente a elogiar de manera póstuma a los figuras relevantes de la cultura, el arte o la política, el acierto de reconocer en junio del año pasado a Carlos Garaikoetxea en un homenaje institucional de reconocimiento en Ajuria-Enea no solo fue un acto de justicia, sino un recordatorio del trabajo realizado por unos jóvenes a los que se les depositó la responsabilidad de construir un país.
Fue su última aparición en público en el marco de lo que él mismo denominó su casa durante seis años. Dio las gracias por haber podido desarrollar el mayor honor al ser lehendakari del país que empezó a construir sobre el terreno desolado que había dejado la dictadura franquista.
Su figura queda ligada al desarrollo del autogobierno vasco, a la redefinición tanto de la identidad política como de las estructuras de poder encabezando un Gobierno que tenía por delante la compleja tarea de levantar desde cero las instituciones autonómicas
Carlos Garaikoetxea ha fallecido a los 87 años, de un infarto, en su Iruñea natal y con la constancia del reconocimiento y agradecimiento de toda una sociedad que hereda la construcción institucional en unos años marcados por la incertidumbre de cómo transitar por los comienzos del sendero democrático que se abría tras la muerte del dictador.
Su figura queda ligada al desarrollo del autogobierno vasco, a la redefinición tanto de la identidad política como de las estructuras de poder encabezando un Gobierno que tenía por delante la compleja tarea de levantar desde cero las instituciones autonómicas.
Se le ha definido como el arquitecto de Euskadi. La Ertzaintza, Osakidetza, la televisión y radio pública vasca o el Concierto Económico nacieron a la luz de aquel primer Gobierno liderado por él.
El contexto de aquella Euskadi aún gris, sufridora de la reconversión industrial, los cierres de empresas, las huelgas, la violencia de ETA, el ruido de sables en Madrid podían haber provocado la inflamación suficiente para echar abajo todo el engranaje recién creado. Afortunadamente, aquellos primeros pasos del Gobierno Vasco aguantaron con firmeza los envites de la adversidad.
El expresidente Carlos Garaikoetxea de Eusko Alkaratsuna en una imagen de archivo
Durante su mandato (1980–1985) también impulsó la organización administrativa del Ejecutivo vasco, consolidó competencias clave y trabajó por dotar de estabilidad a una sociedad marcada por esas tensiones políticas y la violencia de aquellos años. Con su desaparición, se va un testigo directo de una generación que transformó profundamente la realidad política del País Vasco.
Sin embargo, su carrera no estuvo exenta de conflictos. Las discrepancias internas en el seno del Partido Nacionalista Vasco desembocaron en una ruptura que marcó un punto de inflexión en su trayectoria. En 1986 abandonó el partido y fundó Eusko Alkartasuna, una nueva formación con la que continuó su actividad política durante años, manteniendo su influencia en el panorama vasco hasta 1999.
Aquellas heridas en la piel de los protagonistas escocieron durante largo tiempo, también entre la militancia y los simpatizantes de ambas formaciones que provocaron la negación del saludo en muchos casos, el recelo y la desconfianza, aunque no impidieron llegar a acuerdos en los Gobiernos del PNV que debía tejer mayorías y ahí estuvo también Eusko Alkartasuna.
Su huella será imborrable, protagonista de una etapa apasionante en la que todo estaba por hacer y nada estaba garantizado. Hoy, el recuerdo se impone al análisis, y la memoria invita a reconocer su papel en la historia colectiva
La deriva política de EA, en claro retroceso desde el paso atrás de Garaikoetxea, acabó con la integración de la formación bajo el paraguas de la coalición EH Bildu ante la encrucijada de cómo sobrevivir políticamente. La plaza de San Francisco en Pamplona fue testigo del respaldo que Garaikoetxea brindó a la integración dentro de la nueva formación.
No obstante, el propio exlehendakari manifestó que la dirección del partido que él fundó había confundido las cosas al ir a una integración de facto, lo que significa borra la principal virtud de la coalición, la amplitud de espectro ideológico y por consiguiente electoral.
Su huella será imborrable, protagonista de una etapa apasionante en la que todo estaba por hacer y nada estaba garantizado. Hoy, el recuerdo se impone al análisis, y la memoria invita a reconocer su papel en la historia colectiva. Queda la imagen de un lehendakari que creyó en el país y en sus posibilidades, incluso en las circunstancias más difíciles.
Agur eta ohore, lehendakari jauna. Zure lana eta ekarpena ez dira ahaztuko.
Descanse en paz.
