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Dos agentes de la UIP de Policía Nacional en una imagen de archivo

Dos agentes de la UIP de Policía Nacional en una imagen de archivo Diego Radamés Europa Press

Opinión

Tener derecho no es dar pena

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No sé por qué, de un tiempo a esta parte, la reclamación de los derechos (de cualquier derecho) pasa por dramatizar la posición del reclamante. Es como si ya no bastara la titularidad de un derecho para ejercerlo, sino que tuviera que venir rebozado o empanado en alguna clase de piedad. Me temo que esta es otra de las perversiones morales a las que nos está llevando la ideología woke que, como dócil colonia cultural, hemos importado de Norteamérica.

Hoy no basta con tener derecho a algo: tienes que inspirar misericordia. Aún más: si no das realmente pena, tu derecho se vuelve sospechoso. La cruzada en contra de la okupación y la inquiokupación pasa por traer al set de televisión a una octogenaria de gesto compungido, zaherida por diversas patologías, que ingresa una pensión miserable y vive con un hijo dependiente. La anciana esgrime ante las cámaras su derecho a cobrar el alquiler, un alquiler que no ha visto en su cuenta desde hace seis o nueve meses, mientras paga la comunidad, la luz y el agua a unos caraduras. Todos sentimos que algo se nos revuelve en el estómago. Pues sí. Pobre señora.

El derecho de esta señora a cobrar su alquiler es el mismo que asiste a un abogado de 45 años, con bufete exitoso, coche descapotable y casa de veraneo

Lo que ocurre es que el Estado de Derecho no pasa por la compasión, pasa por el reconocimiento de los derechos de las personas, la igualdad ante la ley, el cumplimiento de los contratos y la tutela judicial efectiva practicada por tribunales independientes. El derecho de nuestra octogenaria no se funda en sus desgracias personales, sino en su condición de ciudadana y en una relación contractual antecedente. El derecho de esta señora a cobrar su alquiler es el mismo que asiste a un abogado de 45 años, con bufete exitoso, coche descapotable y casa de veraneo en la costa alicantina.

Esta afición a cohonestar los derechos de las personas en circunstancias socioeconómicas no es menos criticable cuando se esgrimen, más bien, circunstancias morales.

Recuerdo el secuestro por parte de ETA del ingeniero y empresario guipuzcoano Julio Iglesias Zamora. La sociedad vasca vivió días dramáticos. La movilización del lazo azul tuvo su origen en aquel cruel secuestro. ETA, como en tantas ocasiones, hizo pagar a toda la sociedad vasca e hizo también pagar, con especial intensidad, a una familia concreta.

Pero de aquellos días queda también el recuerdo de cómo los medios de comunicación hablaban sin cesar de las virtudes personales y morales que adornaban al empresario secuestrado: Julio Iglesias Zamora, ingeniero brillante, empresario exitoso, marido amantísimo, padre entregado a su familia … todo un modelo de conducta profesional y personal.

No hay que ser un empresario modelo ni un marido maravilloso para tener derecho a NO ser secuestrado

Por supuesto, yo también pondero esas virtudes y no las pongo en duda en el caso del ingeniero guipuzcoano. Pero había en esa ponderación de virtudes personales algo que no me gustaba en ningún caso. Que fuera un hombre ejemplar, ¿agravaba la intolerable acción de su secuestro? ¿Lo hacía más terrible, más condenable? No hay que ser un empresario modelo ni un marido maravilloso para tener derecho a NO ser secuestrado.

No tienen que adornarte con toda clase de virtudes para que unos bandoleros renuncien a robarte y a violar tu libertad. Puedes ser un hombre incumplidor, un ser de dudosas virtudes, un depositario de vicios y debilidades. Aún así, no mereces que te secuestren. Las virtudes indiscutibles de Iglesias Zamora no hacían más grave su secuestro: la gravedad ya está inscrita en la mente infame de quien se cree con derecho a ejercer violencia sobre otra persona, sobre cualquier otra persona.

Las buenas personas no son menos secuestrables que las malas personas. Las viudas indefensas no tienen mejor derecho ante la ley que los dentistas o los notarios.

Yo puedo deber dos euros a la financiera Ana Patricia Botín, pero que el patrimonio de esa mujer y el mío mantengan, digamos, algunas diferencias no hace más débil esa deuda. La moralina, por desgracia, prospera en los parlamentos, en las escuelas, en las iglesias y en los medios. Sólo confío en que no lo haga en los tribunales de justicia.