Sigue ruidosa. La salida del instituto, digo. Ayer coincidí con una y sucedió. Me quedé clavada. Como gárgola sin catedral, pero alerta. Atrapada por esa mezcla de nostalgia y curiosidad que acecha a quienes empezamos a sumar más canas que noches de fiesta.
En realidad, no era la primera vez que lo pensaba. Solo que fue mucho de golpe: un enorme rebaño de testosterona fresca y risas agudas, una energía descontrolada por exceso de futuro. Y el impacto sensorial avivó la pregunta. Retórica, evidentemente: por qué se parecen todos tanto.
Creo que esto no era así en mis tiempos. Mejor dicho, en mi adolescencia, porque estos tiempos me pertenecen todavía más: por el poso, por la herencia, porque por fin el guion lo escribo yo. A lo que iba. Si no recuerdo mal, entonces éramos una ensalada completa. Había rappers, heavys, pijos, borrokas. En las grandes ciudades, incluso rockers y algún que otro mod. Era vestimenta y pelos, claro, pero también declaración de principios.
Si veías a alguien con tus pintas, lo sabías. Compartíais música, revistas, sueños y la forma de mirar el mundo. O, al menos, queríais intentarlo: sentiros parte de una tribu, tan iguales entre sí y tan diferentes al resto, cachorros de una militancia 24/7.
Si veías a alguien con tus pintas, lo sabías. Compartíais música, revistas, sueños y la forma de mirar el mundo
Si eras heavy, llevabas el jersey de Iron Maiden todo el rato y en todas partes. A la clase de gimnasia, el entierro de tu abuela, la cena de Navidad. Y la sensación que latía bajo esa armadura visual sonaba auténtica. Todo lo real que puede considerarse cuando aún no sabes quién eres pero escuchas tu instinto en plena persecución.
Y luego estaba yo, muy flaquita, de quebrar con viento fuerte y una mala contestación, hermana mediana que hereda ropa que no encaja con su gusto ni anatomía, y busca guarida en un chándal neutro. La mota de polvo que no quiere destacar ni molestar y, aun así, custodia una identidad genuina. La que se forja desde la timidez, no en la presión del escaparate.
Lo de antes era resistencia, una guerrilla íntima contra el stablishment. Incluso mi atuendo deportivo cumplía su función: mandar el mensaje de no participar en un juego cuyas reglas me resultaban indescifrables. Nadie buscaba el like ajeno, a nadie le importaba la aprobación del desconocido salvo que fuera potencial miembro de su clan. Preferíamos la incomprensión del sistema o, directamente, la indiferencia. ¿Pero ahora?
Supongo que el adolescente promedio dirá, con sus palabras, que también. En plan bro también. Eso sí, yo tengo mi teoría como observadora de la vida. Tal vez equivocada, pero la voy a compartir. Creo que les engulló algo que no existía entonces. Me refiero al nuevo emperador del individualismo y consumo: el algoritmo.
A nadie le importaba la aprobación del desconocido salvo que fuera potencial miembro de su clan. Preferíamos la incomprensión del sistema o, directamente, la indiferencia
Bueno, hay una excepción. Los borrokas. Aunque aborrezcas a la izquierda abertzale y la estética te parezca un espanto, no lo puedes negar. Continúan ahí porque se aferran a las tripas de un territorio propio. Son los mohicanos de una simbología que hereda el peso del conflicto, de un sentimiento de pertenencia que huele tan primario como la primera pelea en el patio. Y eso difícilmente muere.
Las demás tribus, sin embargo, se fueron apagando. Como cuando empieza a agotarse la batería del móvil y reduces la intensidad de la luz, pero ya es tarde. De pronto, la chavalería dejó de mirar a la calle para clavar los ojos en la pantalla. Se acabó la búsqueda, empezó el scroll.
Y así ha ocurrido. Ahora, la adolescencia se pone en venta como un pack homogéneo a 19,99 euros con código descuento. Resultado: la soledad del clon.
Hoy, ellos salen de casa con zapatillas blancas, calcetines altos, pantalones cortos y ese degradado al milímetro trazado a escuadra. Ellas, con la melena infinita, raya en medio y la campana rozando el suelo. Dentro de seis meses, quién sabe. Renovarán el armario con lo que sea que dicten sus referentes: influencers sin oficio pero con montón de beneficio, dedicados a inocular personalidades como las suyas, de usar y tirar, líquidas, ajenas al compromiso.
Porque el problema no es la uniformidad de la percha. Es lo que hay, o lo que dejó de haber, debajo.
De pronto, la chavalería dejó de mirar a la calle para clavar los ojos en la pantalla. Se acabó la búsqueda, empezó el scroll
Antes, si llevabas rastas, había grandes probabilidades de que patearas el asfalto de las asambleas y los conciertos autogestionados. Tu imagen solía ser reflejo de un contenido, la piel de tu ideología, aunque hubieras leído tres panfletos. Hoy cuidan la estética al milímetro y, sin embargo, se ha convertido en envoltorio superficial. Un baúl, haul, perdón, de gustos cortados por la misma mano que dicta el próximo baile de Tiktok. Da igual qué: las lecturas de sus mesillas, el hilo musical de sus rupturas, las reflexiones de sus stories.
Ahí reside la trampa, el cambio de paradigma que nos ha pasado por encima. Hace dos o tres décadas esta era una etapa de barbecho, un tiempo muerto fuera de lo establecido. Pero los nuevos teenagers están supeditados a la maquinaria global. No solo compran: su propia existencia, su imagen y sus crisis son el combustible que la alimenta.
La consecuencia es lo que más me inquieta. O sea, el pastoreo silencioso. Si a los quince años andan así, si en vez de romper platos los meten en el lavavajillas, ¿van a enfrentarse a los treinta a una estructura que les exige producir como si no tuvieran vida y a consumir como si no hubiera un mañana, van a hacer otra cosa que no sea claudicar ante la precariedad y seguir en casa de papá y mamá, rumiando su frustración con iphones, podcast de incels y rutinas de skincare?
Su propia existencia, su imagen y sus crisis son el combustible que la alimenta
Supongo que para desactivar la bomba no hacía falta prohibir. Bastaba con domesticar mediante el más enrevesado e hipnótico de los ruidos blancos. Dicho lo cual, matiz. Lo más factible, ni tú ni yo, de habernos tocado la pubertad en estas circunstancias, hubiéramos librado.
Ya ves a los cuarentones, propulsores del tardeo. Tan condicionados por el qué dirán. Poteando en la calle de moda para que se les vea. Con el mismo outfit viejoven. Creyendo que si no muestran dónde han cenado su vida no tiene prestigio. Atrapados por idéntica red de pescar.
Y además, apunto: la chavalería actual posee una inteligencia emocional que a nosotros nos habría ahorrado años de terapia. Saben reconocer lo que sienten y poner nombre a cada herida, por mucho que les falte la mística de la tribu y la costra en las rodillas que da la calle.
No sé, seguramente me queda ese consuelo. Y que todavía la atmósfera se vuelve eléctrica en la hora de salida del instituto. Mientras siga el alboroto, habrá esperanza.
