Estos días se cumplen 15 años del 15M, movimiento ciudadano que, consecuencia de diversos hechos que lo precipitan, surge, toma forma y se vigoriza a raíz de la manifestación celebrada en Madrid el 15 de mayo de 2011, y se extiende primero a lo largo y ancho de España y después a otras partes del mundo, para, en primer lugar, mostrar su indignación ante la crisis económica y la labor de los partidos políticos y, a continuación, plantear una serie de reformas para regenerar la vida política y la organización interna de los partidos tradicionales, acercar la política a los ciudadanos, favorecer la participación ciudadana y, con todo ello, hacer posible la construcción de una sociedad, al menos teóricamente, más igualitaria y justa.

Es decir, que se pasó de la indignación teórica a la política práctica, o sea, de las palabras a los hechos, bien sea exigiendo a los viejos partidos ya existentes modificar radicalmente su forma de gobernarse y gobernarnos, bien sea participando directamente en política a través de movimientos sociales o nuevos partidos políticos.

Un movimiento de ciudadanos indignados que se alzó contra el bipartidismo hegemónico formado por el PSOE y el PP pero también contra el resto de partidos viejos

En la práctica, y en lo que a España se refiere, fue un movimiento de ciudadanos indignados que se alzó contra el bipartidismo hegemónico formado por el PSOE y el PP pero también contra el resto de partidos viejos y el resultado de sus políticas en la vida de millones de ciudadanos, partidos a los que se responsabilizó tanto de la crisis económica que en aquel momento padecíamos como de las recetas que pusieron en marcha para hacerla frente, además de su modo habitual de comportarse, sus privilegios y sus prebendas, su negativa a impulsar los cambios que España necesitaba y su habitual preferencia por servirse a sí mismos antes que servir a los ciudadanos a los que, guste o no, en una democracia representativa representan.

Entre las medidas concretas que se reivindicaron estaban la reforma de la ley electoral para hacerla más proporcional y, por lo tanto, más justa, la inclusión de las listas abiertas y las primarias en los partidos políticos, la lucha contra los desahucios injustos, la dación en pago, la vivienda pública exclusivamente en alquiler, la regeneración de la democracia, la lucha contra la corrupción política, el fin de los privilegios de los políticos, el control del dinero público, el fin de las ayudas a los bancos, un respeto a la división de poderes, la separación entre Iglesia y Estado o la defensa de los servicios públicos; medidas que, quince años después, no sólo no suenan como extravagantes o antiguas sino que podrían servir para hacer frente a algunos de nuestros principales problemas actuales.

Y es que, como tenía dicho Savater, "ni todo lo bueno es nuevo, ni todo lo nuevo es bueno"

Tanto los dos partidos del bipartidismo hegemónico, PP y PSOE, como el resto de partidos tradicionales, de un modo u otro, intentaron adaptarse a los nuevos tiempos y exprimir al movimiento en su propio beneficio, intentando hacer ver como que se regeneraban y asumían algunas de sus propuestas o haciendo como que la cosa no iba con ellos sino que todos los demás eran los culpables, los responsables y los destinatarios últimos de las reivindicaciones populares. UPyD, partido que en aquel momento cumplía apenas tres años de vida y en cuyos programas electorales ya incluía algunas de las propuestas planteadas por el movimiento de los indignados y que ya hacía algunas de las cosas que se decía había que empezar a hacer, no supo o no quiso sacar partido de los nuevos tiempos y de la indignación popular, lo cual, con el tiempo, lo perjudicó gravemente, de modo que, sin ser la diana de los rebeldes tampoco logró convertirse en su cobijo.

Al abogar por la institucionalidad y las políticas serias y rigurosas y descartar cualquier rastro de populismo o demagogia, prefirió mantenerse al margen o, incluso, en algún caso, ser crítico, dando la sensación de ser uno más de los partidos viejos, cuando en realidad éramos lo único nuevo que había. Como después pudo comprobarse, en aquellas acampadas se congregaba mucha ingenuidad y gente de todo tipo, pero sin duda muchas de sus propuestas eran no sólo justas sino urgentes, o al menos aprovechables. Con el tiempo, Podemos, mucho más hábil, e incluso Ciudadanos, a su manera, supieron aprovecharse de las circunstancias y UPyD, por factores internos y externos, acabó desapareciendo. Y a continuación nada reseñable mejoró e incluso hubo cosas que empeoraron. Y es que, como tenía dicho Savater, "ni todo lo bueno es nuevo, ni todo lo nuevo es bueno".

La vida política se ha polarizado, la demagogia impera, el populismo gana enteros y la democracia ha sido debilitada por tanta mentira

15 años después los tiempos han cambiado y de aquel movimiento apenas queda el recuerdo de lo que pudo ser y lo que después terminó convirtiéndose. Podemos se adueñó de la revuelta ciudadana y acabó prostituyéndola, traicionando de ese modo a muchos de los que creyeron sus promesas. Hoy los indignados se hacen de Vox y de extrema derecha, Podemos está más muerto que vivo después de haber gobernado y el PSOE, que todavía gobierna, se ha podemizado. Hoy siguen vivos algunos de los problemas que ya existían hace quince años y nos enfrentamos a algunos problemas nuevos que antes no existían o a viejos problemas de toda la vida hoy agravados. La vida política se ha polarizado, la demagogia impera, el populismo gana enteros y la democracia ha sido debilitada por tanta mentira.

Hay esperanza, desde luego; el problema es que, aunque todavía somos jóvenes, somos quince años más viejos.