Yo solía pensar que la familia es eterna como pensaba que la vida es un juego en el que nadie pierde. Solía pensar que los lazos de sangre son lo único indestructible en un mundo en el que todo se rompe. Que los hermanos lo son para siempre y que unos padres no dejan de serlo nunca.
Pero, el tiempo, los aires difíciles y, sobre todo, las herencias —hasta las más miserables— me demostraron que no, que cualquier relación familiar puede explotar como una caldera y partir en mil pedazos las ramas del árbol genealógico más consistente.
Pensé en todo esto al escuchar una conversación ajena mientras paseaba empujando un carro a una hora en la que el sol, de un abril ya olvidado, sacudía con rabia.
“Yo con mis padres nunca he tenido buena relación. Y eso me pesa a mí todavía”
Eran casi las cinco de la tarde y Madrid comenzaba a despertar del letargo del sábado. En las mesas de las terrazas todavía el café ocupaba el hueco de la copa vespertina y las sillas aún vacías delataban el sopor y el cansancio de toda una semana.
Fue entonces, mientras escrutaba la vida alrededor, cuando me topé sin pretenderlo con lo que un hombre -que rondaría los sesenta- le decía a otro con el que compartía charla y bebida: “Yo con mis padres nunca he tenido buena relación. Y eso me pesa a mí todavía”. Lo siguiente fue el silencio.
Anoté la frase en el teléfono. Me sonó a confesión profunda, a herida sangrante. Y seguí caminando con esas palabras palpitando como el corazón cuando se desboca. Recordé entonces la historia de un hermano, de un tío —qué más da ya— que se apartó de nuestra casa, que despareció de nuestro álbum, de un día para otro, sin ni siquiera darnos un motivo. Se fue, no muy lejos, pero se marchó y comenzó a vivir sin mirarnos, sin reconocernos, sin saludarnos a pesar de habernos visto nacer y crecer. Y una huida repentina sin explicación genera tantas dudas, preguntas, culpas y lamentos como cuando alguien desaparece y jamás se encuentra su rastro.
Llevan mucho tiempo los muros de Zarzuela haciendo de escudo, frenando las balas que no se disparan desde fuera, sino desde dentro
En casi todas las rupturas –que, cada vez son más, de cualquier tipo– sería obligatoria, al menos, una última conversación. Hablar. Sólo eso. Aclarar. Y después ya, cada uno a lo suyo si es preciso. Qué fácil y qué difícil, sin embargo.
Es generalmente esa falta de comunicación la que genera enfados y aboca al fracaso a una institución, la de la familia, creada supuestamente para el éxito.
Bien lo sabe la Familia Real. Una marca en sí misma que, durante décadas, se ha dedicado a mostrar una imagen de unión más que real, irreal. Llevan mucho tiempo los muros de Zarzuela haciendo de escudo, frenando las balas que no se disparan desde fuera, sino desde dentro. El padre apretando el gatillo contra su hijo. Una y otra vez. La última, hace apenas unos días.
Una fisura que el emérito ya no se molesta en tapar ni en disimular, sino que hace todavía más grande a golpe de fotografías y palabras hirientes e innecesarias
En una entrevista al diario francés Le Figaro declaró sin remilgos Don Juan Carlos que las relaciones de Felipe Vl con el actual gobierno “deben ser muy difíciles”. ¿Por qué nadie le para los pies? Aunque, qué es eso después de todas las lindezas que han quedado escritas en sus polémicas memorias… Contra su nuera. Contra sus nietas. Una fisura que el emérito ya no se molesta en tapar ni en disimular, sino que hace todavía más grande a golpe de fotografías, viajes, regatas y palabras hirientes e innecesarias.
Ya no es sólo la distancia física la que les separa a unos y otros miembros de semejante linaje. Lo cierto es que existe un abismo entre todos ellos. Y no es nuevo. Es sólo que ha dejado de ser privado, para convertirse en público. Son portada sus desavenencias, noticia sus enfados, titulares sus malas relaciones. Y esto, años atrás, era impensable.
Pero, la prensa entró en una propiedad reservada y atravesó una puerta que nos permitió a los ciudadanos de a pie reconfortarnos de alguna forma al comprobar que, hasta en las mejores casas, cuecen habas.
Donde está el manual para comprender y aceptar que aquella unión que todos creímos o nos enseñaron, duraría eternamente…
Cómo se llega a la fractura total dentro de una misma estirpe. En qué momento se rompe el cordón umbilical que llegó a unir a un padre y a un hijo, a unos hermanos, a unos primos, a unos abuelos con sus nietos. A personas que han compartido sangre y saliva, que conocen lo más íntimo, que han intercambiado juguetes, ropas, preocupaciones y alegrías. Donde está el manual para comprender y aceptar que aquella unión que todos creímos o nos enseñaron, duraría eternamente… puede ser tan efímera como un chasquido, tan breve como la vida de una mariposa.
Y ni siquiera es de extrañar en estos tiempos que habitamos en los que la ruptura es posible incluso con uno mismo. Estoy en una librería. Llevo varios minutos rebuscando entre las estanterías como un mendigo entre la basura, hasta que mi atención se centra en una joven de tez blanca igual que su chaqueta y con la cabeza cubierta por un velo negro.
Está en la sección de Crecimiento Personal. Lo dice un cartel. Y sujeta entre sus manos un ejemplar en tonos claros y letras rosas cuyo título no puedo evitar curiosear: “Hasta que te caigas bien”. Lo agarra fuerte, pero sigue buscando. Se busca a ella, tal vez, para poder encontrar después a los demás.
