Cuando Sortu se hizo cargo del mayorazgo de Herri Batasuna en 2011 tenía ante sí un dilema de no fácil solución. Por un lado, el terrorismo había perdido completamente su eficacia. Por otro lado, sin embargo, la violencia política había sido el instrumento esencial de Herri Batasuna para imponer un disciplinamiento identitario a la sociedad vasca.
Era un poco como el decreto de guerra a muerte de Simón Bolívar de 1813: los enemigos se identifican porque los matamos. En prácticamente todos los espacios públicos, las banderas, los símbolos, los eslóganes y otras formas externas de la identidad los determinaban los ultranacionalistas con el big stick de ETA detrás.
El dilema era si la renuncia a la violencia política iba a implicar también un relajamiento en la disciplina social de la identidad.
El porcentaje de voto de Bildu ha ido creciendo desde 2012 desde el 25 al 32 por ciento, disputando seriamente al PNV su tradicional hegemonía
Para que esto no ocurriera, lo más urgente era no perder musculatura electoral y para ello fue un acierto crear una federación de partidos, Bildu, donde Sortu reina sin contestación: su porcentaje de voto ha ido creciendo desde 2012 desde el 25 al 32 por ciento, disputando seriamente al PNV su tradicional hegemonía.
Para los herederos de HB, la operación Sortu-Bildu implicó cambios importantes, que afectaban a sus costumbres políticas más que a sus posicionamientos ideológicos.
En primer lugar, tuvieron que adaptarse a un ecosistema en el que la moqueta estaba más presente que el asfalto. El tránsito de la calle a los parlamentos fue en paralelo al abandono de la violencia política.
En segundo lugar, debieron también asumir, de una manera implícita, que el el ordenamiento jurídico tiene una sola fuente de legitimidad: la democracia (y no los tiros). Algo que los demás partidos tenían asumido desde los años ochenta, debió ser también somatizado por los herederos de HB como condición para la política.
Los tiros no valen para el presente, pero siguen siendo incuestionables en el pasado
Sin esa asunción, aunque sea solo tácita, no hay tránsito de la calle al parlamento, no se pisa moqueta. Este movimiento, sin embargo, lo ha hecho Sortu-Bildu hacia adelante, pero no hacia su propio pasado: los tiros no valen para el presente, pero siguen siendo incuestionables en el pasado. Heredar el mayorazgo implica el respeto a los orígenes.
Por ello, de todas las denominaciones que han usado solo hay una que permanece desde los años setenta del pasado siglo: izquierda abertzale. Fueron y siguen siendo básicamente eso, una izquierda patriótica que requiere de ambos ingredientes para poder funcionar.
En Madrid y con la Constitución pueden mostrar el rostro izquierdista que, a diferencia de Junts, no necesita siquiera hablar otra cosa que español.
Ni HB ni ETA tuvieron sentido por el izquierdismo, sino que se alimentaron sobre todo de abertzalismo
Aquí es otra cosa. Se entienden mejor sin duda con el PSOE que con el PSE, y no es casualidad. En Euskadi son más patriotas que izquierdistas porque aquí es donde tiene Sortu que cuidar el mayorazgo. Ni HB ni ETA tuvieron sentido por el izquierdismo, sino que se alimentaron sobre todo de abertzalismo, es decir, de una manera de definir la comunidad social y política vasca en la que no cabían fisuras identitarias.
Ese legado es el que Sortu-Bildu sigue haciendo valer preferentemente en la política vasca. Esa es la razón por la que su relación con el PSE es tan diferente de la que mantiene con el PSOE en Madrid.
En la época de ETA y HB la izquierda abertzale confiaba en la imposición de la identidad a tiros. La idea es que la violencia política genere la identidad, algo que, por supuesto, la humanidad ha experimentado repetidamente en la época contemporánea. Su versión extrema es la limpieza étnica o el asesinato masivo, como se vio en la antigua Yugoslavia o se ve hoy en Gaza.
La lengua ha venido a sustituir a los tiros en esa superioridad que la izquierda abertzale ha concedido siempre al etnos sobre el demos
En el tránsito de HB-ETA a Sortu-Bildu la idea de que la identidad debe ser monolítica no se perdió. La renuncia a los tiros no implicó la aceptación de la pluralidad identitaria vasca, al contrario. La lengua ha venido a sustituir a los tiros en esa superioridad que la izquierda abertzale ha concedido siempre al etnos sobre el demos.
El rechazo frontal a cualquier posibilidad de una pluralidad de identidades en el País Vasco está en la genética de Sortu-Bildu. Se muestran entusiastas de la diversidad si esta tiene que ver con el género, la religión o, incluso, la raza; sin embargo, la tolerancia es cero cuando esa diversidad se refiere a la identidad nacional, especialmente si se trata de la española.
Bildu tiene ahora un laboratorio político donde ensayar esa política de superioridad del etnos sobre el demos, la universidad pública. Nada hay más melifluo que el discurso del rectorado de Bengoetxea cuando se habla del respeto al diferente, de la integración de colectivos, de la participación común, de cuidarnos… salvo por lo que respecta a la identidad “nacional”.
La UPV/EHU se ha convertido en un espacio hostil para la plurinacionalidad que muchos vascos entienden propia
El nombre en español de la comunidad universitaria se descarta, la lengua española es siempre una opción secundaria y minorizada en la comunicación oficial de la universidad y nunca el rectorado hace manifestación alguna de aprecio por la cultura española. La UPV/EHU se ha convertido en un espacio hostil para la plurinacionalidad que muchos vascos entienden propia.
El caso de la universidad pública, pero también el de muchos ayuntamientos, es una buena muestra de que donde manda el etnos no manda demos alguno porque el primero, no el segundo, define la comunidad.
No se trata, de momento, de imponer una “ciudadanía vasca”, sino de hacer exclusivo para el etnos el espacio público, lo que tiene consecuencias materiales muy importantes. Hacer de la lengua la patria es el mecanismo que ha encontrado esa izquierda para dar continuidad a su condición de patriótica.
Como brillantemente ha afirmado Luis Haranburu en 'El Correo', el patriotismo lingüístico se parece como dos gotas de agua a la prioridad nacional de Vox.
Los de Abascal quieren dejar fuera de cualquier beneficio social a los inmigrantes, los de Sortu-Bildu quieren dejar sin acceso a un trabajo público a quienes no cumplan con las exigencias del etnos nacionalista. Pueden servirte una cerveza o limpiar tu casa con un A1 en euskera, pero de ninguna manera acceder a un puesto de trabajo, desde un municipio hasta la UPV/EHU.
Y, si a un sindicato se le ocurre defender los derechos laborales frente a la imposición del etnos, se le saca de la Korrika, que es como si te echaran de la comunidad nacional.
