No, todo el mundo no lo sabe.

Pero su mundo, el que va del trabajo a la carnicería y acaba en el descansillo, oye cosas, ve otras y algo huele. Las señales están ahí: la mirada de cervatillo herido, los gritos de la pasada noche cuando el partido de fútbol terminó en empate, que cada dos por tres encuentre motivos para cancelar el café, la bolsa de la compra llena de vino.

Y aun así nadie o, siendo benévola, casi nadie se mojará. Bastante tiene la gente con llegar a fin de mes, adelgazar cuatro kilos antes de agosto y que el perro deje de morder el sofá. Además, meter el morro en jardines ajenos es incomodísimo. Mejor actuar con indiferencia, o incredulidad, que no rima con hipocresía pero debería. Al fin y al cabo, hacerse el sueco nunca ha estado reñido con el palique.

La sospecha que nadie desea confirmar se acaba convirtiendo en chisme recurrente, aunque la gravedad, y el poco pundonor que todavía queda, obligue a compartirlo en petit comité. Ya sabes, la voz una octava más baja para que no se entere el de la otra mesa, simulando casi tanta sorpresa como cuando el chiquillo suspendió cinco.

La víctima junta los trozos que le quedan y denuncia

Y así transcurre el tiempo, hasta que un día la burbuja estalla porque la víctima junta los trozos que le quedan y denuncia (y le creen, que esa es otra) o, directamente, amanece muerta.

En ese instante termina el simulacro y empieza el festival de la disculpa. Su mundo, el que iba del trabajo a la carnicería y acababa al cruzar el portal, solo puede sacudirse las pulgas con las excusas habituales. Que si algo me llegó pero qué iba a hacer, que si la gente es mala y se inventa historias, cómo imaginar…. Cualquier pretexto, menos admitir la mayor.

Siempre lo he pensado: el rumor es la distancia de seguridad que aprovecha el tibio para ver el incendio con un palillo en la boca. Puede ser el vecino del quinto, tu jefe, esa que dice ser amiga pero solo para salir de fiesta o, por qué no, el mismísimo alcalde.

El poeta que inventaba las mejores coplas contra las injusticias sociales y las peores humillaciones contra su pareja

Por eso lo de Cádiz me tiene fascinada. Allí todo el mundo, el mundo de Juan Carlos Aragón, que fue muchísimo más grande que el tuyo y el mío juntos, había oído cosas, visto otras y algo se olía. Básicamente, porque las denuncias venían de atrás. Existían las condenas por malos tratos. Y sin embargo, continuaron los honores públicos a este señor, el poeta que inventaba las mejores coplas contra las injusticias sociales y las peores humillaciones contra su pareja.

Los políticos que se ponen el lazo morado en la solapa llevaban al monstruo en el corazón. Era el profeta de las clases populares, entiéndelo. Así que optaron por un perfectísimo ejercicio de amnesia. Obviar las sentencias y seguir creyendo. Poner al genio por encima de la víctima. Hasta que les reventó el fariseísmo en la cara. “Paqui tiene razón”, Kichi dixit.

Ojo, en la otra orilla el río también suena y agua lleva. Mucha. Pero ahí no esperes nada, salvo que te exijan un poquito de respeto por los pobres mártires. Lo suyo son asuntillos privados o denuncias falsas de hembras crueles que quieren quedarse hasta con el PIN del móvil. Y se corre el telón.

A mí me duele siempre. Más en el costado izquierdo, pero siempre. Si lo piensas, la cobardía, la ignorancia selectiva y el machismo del personal desembocan en la consecuencia más cruel: revictimizar a la víctima. Con mitomanía mediante, ya ni te cuento.

Eue al menos una parte de su mundo cambie el aplauso al maestro por el reconocimiento del daño causado

Hay que tener cuajo para empujar a una mujer maltratada a actuar de interruptor moral. A enseñar las costuras, inmolarse en la plaza pública y aguantar el escrutinio de los devotos del genio para que al menos una parte de su mundo, y del que construyó el victimario, cambie el aplauso al maestro por el reconocimiento del daño causado. Si así se le puede llamar a una bajada de pantalones de 20 caracteres tras 24 horas con Twitter aullando.

También te digo. Me da mucho asco, más que encontrar uñas de los dedos de los pies en el vestuario de las piscinas, el oportunismo de quienes salen en manada con el dedito acusatorio a gritar que todo el mundo lo sabía.

Almas de cántaro, ahora me dirijo a vosotros: no es la jugada maestra que creéis. La afirmación os autoinculpa. Eso, lo primero. Y para seguir, sonáis a chiste de cuñados. ¿Cuál es el colmo del cinismo? Jugar a los soldaditos de la integridad mientras os pisáis la manguera unos a otros.

¿Te has reído? Yo tampoco.

No sé, seguramente estoy hasta la chirigota de que el guion se repita. Lo viví en Podemos. Tres años cuando abrí las puertas de mi hogar a un mamarracho. Y como yo, cuántas.

La prioridad número uno del individuo en este sistema feroz es resguardarse del dolor ajeno. A continuación, salvar a quienes reconoce como propios dentro de su universo. Proteges al hijo porque lo pariste, al amigo porque unen demasiadas noches de juerga, al político o al artista mientras sean de la cuerda. Aunque solo merezcan el destierro a un planeta en continua crisis climática.

Tampoco me sorprende. Así discurre la farsa: cerrar filas, bajar la persiana y, por favor, que cada una se apañe con sus pedazos. A fin de cuentas, de toda la vida, los trapos sucios se lavan en la trastienda. Y a nadie le valen los rotos.