La tecnología, la identidad y el futuro de las sociedades son asuntos que van a inferir en todos nosotros.

Si bien es cierto que las sociedades humanas siempre han vivido procesos de transformación, desde las revoluciones agrícolas hasta la industrialización, pasando por la globalización, cada época obviamente ha traído consigo cambios profundos en la manera de producir, convivir y entender la propia realidad social.

Sin embargo, el momento histórico actual posee una singularidad inédita que es la velocidad del cambio y la irrupción de tecnologías capaces de alterar simultáneamente la economía, la política, la cultura y hasta la propia concepción del ser humano.

La revolución tecnológica que vivimos no es únicamente una evolución técnica. Es, sobre todo, un fenómeno disruptivo que está redefiniendo las estructuras sociales tradicionales y generando un escenario de incertidumbre global para los individuos que la integra.

La inteligencia artificial, el internet de las cosas, la automatización masiva y la digitalización de prácticamente todos los ámbitos de la vida, han abierto posibilidades extraordinarias, pero también interrogantes de enorme trascendencia que producen ciertos temores.

Uno de los debates más intensos de nuestro tiempo gira en torno a la identidad de las personas y la redefinición de conceptos que durante siglos parecían inmutables. Las discusiones sobre género, familia, educación o incluso el papel del Estado en todo ello, reflejan precisamente esos miedos y también animadversión del cambio cultural.

Declaraciones políticas controvertidas, como las realizadas años atrás por la exministra española María Isabel Celáa sobre el papel del Estado en la educación de los menores crean para muchos sectores sociales una creciente tensión entre las instituciones públicas y las propias estructuras familiares tradicionales que se han venido aceptando.

A ello se suma una transformación cultural derivada de la convivencia cada vez más compleja entre distintas formas de pensar sobre valores, tradiciones etc.. En muchas sociedades occidentales, la multiculturalidad ha enriquecido enormemente la vida social y económica, pero también ha generado debates sobre cohesión, identidad colectiva y los mismos modelos de integración social.

Más allá de cuestiones étnicas o raciales, el verdadero debate parece centrarse en la compatibilidad entre sistemas culturales distintos y en la capacidad de las sociedades para construir proyectos comunes con todo esto.

Ya no se trata únicamente de robots en fábricas, algoritmos capaces de redactar textos, diagnosticar enfermedades, gestionar inversiones o sustituir tareas administrativas, pues indudablemente todo ello amenaza con transformar radicalmente el mercado laboral para siempre

La cuestión es especialmente relevante en un contexto donde la tecnología no solo modifica la economía, sino también las mismas relaciones humanas. La automatización y la inteligencia artificial comienzan a competir con el trabajo humano en múltiples sectores reduciendo las necesidades humanas en el ámbito laboral.

Ya no se trata únicamente de robots en fábricas, algoritmos capaces de redactar textos, diagnosticar enfermedades, gestionar inversiones o sustituir tareas administrativas, pues indudablemente todo ello amenaza con transformar radicalmente el mercado laboral para siempre.

Y con sinceridad, el problema no será exclusivamente económico. Pues millones de personas podrían verse desplazadas laboralmente en los próximos años, obligando a los gobiernos a replantear sistemas de protección social, educación y salud mental que irrefutablemente provocaran cambios sociales y en el comportamiento humano.

El gran interrogante evidentemente es cómo gestionar de manera adecuada Sociedades donde una parte importante de la población pueda sentirse económicamente prescindible y con un tiempo ininvertido en nada productivo, sin saber que hacer.

Paralelamente, crece la preocupación sobre el grado de autonomía que podrían alcanzar los sistemas de inteligencia artificial conectados al denominado “internet de las cosas”. Vehículos, infraestructuras urbanas, redes energéticas y sistemas financieros dependen cada vez más de algoritmos capaces de tomar decisiones automatizadas, dejando de lado las decisiones que puedan tomar los Seres Humanos.

El desafío político y ético consistirá en garantizar que el control humano siga siendo efectivo con un cierto Marco que lo regule y que por lo tanto la tecnología no genere dinámicas imposibles de supervisar restringiendo libertades y Derechos.

En el ámbito económico, la situación tampoco es menor. Tras décadas de expansión monetaria, endeudamiento global y políticas de estímulo financiero, numerosos analistas alertan sobre la fragilidad del actual sistema económico internacional como consecuencia de la Deuda existente y sus estructuras.

El debate sobre las monedas digitales de los bancos centrales (CBDC) introduce además nuevas incógnitas sobre si adolecerán de una mayor eficiencia y trazabilidad que ahora no existiera, por poner un ejemplo. Pues también subyace sin duda, de ser un potente instrumento para ejercer un control estatal sobre las transacciones y también la actividad económica de los ciudadanos.

La combinación de inteligencia artificial, vigilancia digital, monedas programables y regulación algorítmica plantea preguntas fundamentales sobre el futuro de las libertades individuales, como por poner algún ejemplo ¿Hasta qué punto podrán los ciudadanos mantener autonomía económica y privacidad en un entorno completamente digitalizado?

¿Podría surgir una economía excesivamente dirigida desde los poderes públicos o desde grandes corporaciones tecnológicas al manipular los programas de las monedas digitales de los bancos centrales?

La gran pregunta es si el ser humano podrá seguir conservando aquellas condiciones de libertad, dignidad y autonomía que han definido hasta ahora su civilización, o si la aceleración tecnológica terminará configurando sociedades cada vez más eficientes, pero también más deshumanizadas

En este contexto, iniciativas internacionales como la Agenda 2030 representan para algunos un intento legítimo de coordinar respuestas globales a desafíos planetarios como el cambio climático, la desigualdad o la pobreza. Mientras que para otros simbolizan el avance de modelos de gobernanza aberrantes, excesivamente centralizados ejerciendo un control restringente de la Libertad.

Sea cual sea la interpretación, lo cierto es que las transformaciones que se avecinan modificarán profundamente la estructura de las sociedades que afectará al Ser Humano.

Y quizá ahí resida el núcleo del debate de cómo encontrar un equilibrio entre progreso tecnológico, libertad individual, estabilidad social y desarrollo económico del individuo y de las propias Sociedades que integran. La historia demuestra indudablemente que todo gran cambio genera desequilibrios. La cuestión es si las Sociedades contemporáneas serán capaces de gestionarlos sin deteriorar los principios fundamentales sobre los que se construyeron esas sociedades, abiertas al progreso de ellas y de sus integrantes.

Porque, en última instancia, el mayor reto de lo que está viniendo, no será tecnológico, económico ni político. Será profundamente humano. La gran pregunta es si el ser humano podrá seguir conservando aquellas condiciones de libertad, dignidad y autonomía que han definido hasta ahora su civilización, o si la aceleración tecnológica terminará configurando sociedades cada vez más eficientes, pero también más deshumanizadas.

Ese es, probablemente, el verdadero desafío de nuestro tiempo para que el bienestar económico sea para todos y no sólo para unos pocos.