Vista la atención mediática suscitada por la visita del papa León XIV, pareciera que España fuera un país fervientemente católico y entusiastamente practicante; visto el largo y caluroso aplauso dedicado a la intervención del Santo Padre ante las Cortes Generales por parte de la mayor parte de los diputados, pudiera decirse que su proceder legislativo se aviene a los deseos del catolicismo y la curia romana; y visto el seguidismo del Gobierno de España y, particularmente, el de Pedro Sánchez, a las actividades desarrolladas por León XIV por nuestra tierra, cualquiera diría que los Diez Mandamientos y los mandatos de la Iglesia Católica fueran la guía de actuación del PSOE y el Ejecutivo.

Sin embargo, nada más lejos de la realidad: ni la España actual es mayoritariamente practicante, ni los diputados que nos representan en el Congreso de los Diputados y en el Senado legislan en función de las apetencias de la Iglesia Católica sino que disienten mayoritariamente de sus mandatos, ni el Gobierno de España y Pedro Sánchez se reivindican como seguidores del catolicismo ni se comportan como si lo fueran.

Que la visita de León XIV a España es histórica es indudable, al fin y al cabo es el primer papa que visita nuestro país desde hace quince años y el primero que interviene ante las Cortes Generales, y no como jefe de Estado sino como líder religioso, referente moral y representante máximo de la Iglesia Católica.

Siendo esto así, es razonable que los medios de comunicación de masas hayan atendido su visita profusamente; sin embargo, e intuyo que no soy el único, a mí esta atención mediática me ha parecido excesiva hasta llegar al hartazgo, dado que la mayoría de los ciudadanos españoles vivimos de espaldas a la Iglesia y no damos mayor importancia a sus opiniones, buena parte de las cuales despreciamos sin disimulos y a conciencia y la mayoría de las mismas desatendemos fervientemente, y, desde luego, no somos practicantes, más allá de que nuestras actitudes estén condicionadas por la tradición judeocristiana que heredamos.

Que Sánchez, el PSOE y el Gobierno de España hayan acompañado a León XIV en su peregrinar por España, tras reivindicar el laicismo y negarse a asistir durante años a ninguna conmemoración religiosa incluso cuando era obvio que, en atención a las víctimas que se homenajeaban, debían hacerlo, es una contradicción y una disonancia cognitiva de esas a las que ya nos estamos acostumbrando

Sin embargo, a menudo los caminos de los medios de comunicación son inescrutables, y la prueba más cercana a la que puedo agarrarme porque me incluye es que, ay, este es el segundo artículo que escribo sobre la visita del Papa en una semana.

Que Sánchez, el PSOE y el Gobierno de España hayan acompañado a León XIV en su peregrinar por España, tras reivindicar el laicismo y negarse a asistir durante años a ninguna conmemoración religiosa incluso cuando era obvio que, en atención a las víctimas que se homenajeaban, debían hacerlo, es una contradicción y una disonancia cognitiva de esas a las que ya nos estamos acostumbrando.

Repentinamente, cesaron sus habituales ataques a la jerarquía católica y su militancia laicista, aunque desde luego haya sido siempre más teórica que práctica, también en los tiempos del coleccionista de joyas Zapatero. Es obvio que este nuevo viraje ha vuelto a ser por conveniencia política; no sólo para distraer la atención sobre los casos de corrupción que les afectan (y la vulneración de unos cuantos mandamientos y no sólo el séptimo), sino porque, ahora que se acercan las elecciones generales, les interesa mostrar cierta cercanía con la Iglesia Católica a la que atacaron antes, a ver si algunos de sus fieles les perdonan sus pecados como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

Por su parte, el extenso y fervoroso aplauso de nuestros políticos a León XIV en la sede de la soberanía nacional es un misterio aún más sorprendente, dado que esa misma Cámara ha aprobado durante los últimos años leyes como la ley del divorcio, la ley del matrimonio igualitario, la ley trans, la ley del aborto o la ley de eutanasia, algunas de las cuales aprobó la izquierda, y, a continuación, la derecha, aun pudiendo, no quiso modificar, y ninguna de las cuales dudo que vaya a modificarse cuando esa misma derecha vuelva a gobernar, salvo detalles menores más para contentar a sus votantes más extremos que para corregir nada de lo fundamental que en ellas se recoge; leyes todas ellas a las que la Iglesia Católica se ha opuesto y contra la que nuestros obispos se manifestaron reiteradamente.

El propio León XIV se refirió, aunque sin nombrarlas, a las dos últimas que cito arriba, a pesar de lo cual quienes las aprobaron y quienes no van a derogarlas le recompensaron con una ovación estruendosa.

El Papa, además de defender la vida humana desde la concepción, defendió a la Familia como base de la sociedad, y reivindicó el "derecho primario e inalienable" de los padres a elegir la educación de sus hijos "en coherencia con sus propias convicciones", a lo que habitualmente se opone la izquierda, tanto en la teoría como en la práctica. Además, clamó contra el rearme de Europa que PSOE y PP defienden como forma de defendernos de Putin y otros sátrapas que pululan por el mundo.

El papa León XIV es líder religioso y máximo representante de la Iglesia Católica, institución milenaria que cuenta con millones de seguidores en todo el mundo; por ello, es normal que defienda sus posiciones ante quien quiera escucharle, cosa que además hizo respetuosamente aunque con claridad mediana y sin demasiadas medias tintas

Finalmente, reclamó una política migratoria respetuosa con los derechos humanos, coherente con su trayectoria y su defensa de la dignidad inviolable de toda persona, lo cual exige tratar a los inmigrantes, sean regulares, ilegales o alegales, como seres humanos, posición que choca no ya con la derecha más extrema, la misma que salió del hemiciclo dando saltos de alegría, sino con la política que aplica la Unión Europea.

Además, para finalizar su diatriba a diestra y siniestra, criticó el proceder de la clase política española, casi congénito: pidió "desarmar el lenguaje" y rechazó convertir al adversario en enemigo, lo que provoca no sólo enfrentamiento estéril y polarización política sino deslegitimación de las instituciones democráticas y alejamiento de la ciudadanía de la política, todo lo cual no impidió que todos ellos sin excepción reseñable lo aplaudieran con las orejas, como si se comprometieran a partir de ese momento a hacer propósito de enmienda y a obrar en consecuencia .

El papa León XIV es líder religioso y máximo representante de la Iglesia Católica, institución milenaria que cuenta con millones de seguidores en todo el mundo; por ello, es normal que defienda sus posiciones ante quien quiera escucharle, cosa que además hizo respetuosamente aunque con claridad mediana y sin demasiadas medias tintas. Desde ese punto de vista, que un líder religioso intervenga en un parlamento de un país que se dice aconfesional es una rareza que puede aceptarse porque cuenta entre nosotros con millones de seguidores y porque somos un país democrático dispuesto a escuchar al discrepante (salvo que sea nuestro adversario político y confronte con nosotros en las elecciones); sin embargo, que termine siendo ovacionado durante largos siete minutos por la mayor parte de los diputados tras afirmar que las leyes del hombre deben respetar las leyes de Dios es una extravagancia digna de estudio, algo que no puede explicarse por una repentina buena educación de nuestros representantes sino por el bajo nivel intelectual de todos ellos.