Quién me iba a decir que el garito donde me tomo un vermú y una gilda los domingos que me lo puedo permitir se convertiría en el epicentro fotográfico del encuentro documentado entre Leire Díez y Pedro Sánchez. Al menos que sepamos, el único documento gráfico que conocemos se sitúa en los pórticos de la plaza Solobarria en Basauri.

El archiconocido retrato de la ex militante socialista y el presidente del Gobierno solo es el hilo por el que empezar a tirar del ovillo de la trama Leire, la conocida como fontanera del PSOE y rebautizada recientemente por la ministra Diana Morant como Antoñita la fantástica.

Ojalá la fantasía fuera como el final de 'Los Serrano', todo un sueño. Sería el mejor de los despertares para el Partido Socialista, pero lo cierto es que la realidad, tozuda como ella sola, se impone con su dedo acusador apuntando al partido mayoritario de la coalición de Gobierno, absolutamente en shock desde el registro de la sede socialista en la calle Ferraz y la imputación de Zapatero por el caso Plus Ultra y la aparición de lujosas alhajas de origen aún desconocido.

Más allá de lo que determinen los tribunales cuando llegue el momento, el caso Leire Díez no puede despacharse como una mera anécdota de alguien que más o menos pasaba por ahí dispuesta a hacer equilibrios entre la prospección inocua y una sutil, o no tan sutil manipulación con el fin de obtener réditos para el Partido Socialista. Es inverosímil que actuara motu proprio, en mi casa si el grifo se estropea yo soy la responsable de llamar al fontanero y abrirle la puerta.

La trama Leire deja una conclusión muy incómoda, demasiadas personas parecen convencidas de que manejar agendas, contactos y un conejo en la chistera encuentran quien está dispuesto a llamarles y dejarse tentar, para presuntamente, actuar por la puerta de atrás

Así llegamos a una de las claves de la política española de los últimos años, la de una figura peculiar, la del intermediario sin cargo, el ganapán del antifaz, el operador informal que no aparece en los organigramas, pero que se mueve por los pasillos del poder con una autoridad que abre muchas puertas, más incluso de las que pueden traspasar los responsables públicos. Leire o Koldo García encajan perfectamente en ese perfil, el de recaderos del poder.

Incluso si ninguna responsabilidad penal llegara a acreditarse, la trama Leire deja una conclusión muy incómoda, demasiadas personas parecen convencidas de que manejar agendas, contactos y un conejo en la chistera encuentran quien está dispuesto a llamarles y dejarse tentar, para presuntamente, actuar por la puerta de atrás.

La democracia no se debilita únicamente cuando alguien manipula una investigación, por ejemplo en el caso Kitchen. Un ministro, un secretario de Estado y la cúpula policial están sentados en el banquillo de los acusados por interferir con recursos y dinero público para tapar las vergüenzas del Partido Popular.

También se debilita cuando los ciudadanos empezamos a creer que hacerlo es posible. Por ese motivo, y sin necesidad de llegar a una resolución en firme en el caso de Leire Díez, el daño ya se ha producido.

Mercedes González, directora de la Guardia Civil, empezó negando cualquier contacto con Díez. Los informes de la UCO acreditan un par de encuentros en los alrededores del despacho de la directora del Instituto Armado, así como conversaciones vía whasapp.

Cuando alrededor del poder proliferan intermediarios, conversaciones reservadas y zonas grises difíciles de explicar, la sospecha acaba ocupando el espacio de la transparencia

Finalmente, ha acabado por reconocer que existieron los contactos, que no pasaron más allá del tiempo de un café y negar cualquier intento de interferencia contra la UCO o de obstrucción en las investigaciones. Entonces ¿por qué lo intentó ocultar? ¿por qué mintió? González a ojos de la fiscalización pública carece de una de las cosas que te permiten sobrevivir en la actividad institucional, la credibilidad.

Cuando alrededor del poder proliferan intermediarios, conversaciones reservadas y zonas grises difíciles de explicar, la sospecha acaba ocupando el espacio de la transparencia.

El caso Leire trasciende ya a sus protagonistas. Lo que está en juego no es la conducta de una militante o las responsabilidades de determinados dirigentes políticos, sino la confianza de los ciudadanos en que las instituciones actúan con independencia y al margen de los intereses partidistas.