Vuelve el fútbol (¿se fue alguna vez?) con motivo del Mundial 2026. Y vuelve con él, en este caso, la pasión por la selección nacional, una pasión en la que se enredan, también, vascos montaraces, más allá de las convicciones ideológicas de las que suelen hacer ostentación.

La intensa corriente migratoria de los últimos años tiene su reflejo, dicen, en la misma composición del combinado que dirige Luis de la Fuente. El lugar común más frecuentado: se constata una y otra vez que Nico Williams o Lamine Yamal (piel tan oscura) son un saludable ejemplo de cómo las migraciones enriquecen a un país. En este caso, reforzando su potencia futbolística y aportando un talento incuestionable dentro del campo de juego.

Ya en la Eurocopa de 2024 se subrayó impetuosamente esta feliz circunstancia. Williams y Yamal, ¡qué grandes! ¡Qué gran aportación la suya a nuestro equipo! La afirmación se decoraba con alusiones a una derecha resentida, que tenía que hacer de tripas corazón, al ver cómo personas venidas de tan lejos hacen grande a nuestro equipo, además de otorgarle, en términos dermatológicos, una tonalidad multicolor.

Le Normand y Laporte, en una convocatoria con La Roja..jpg Archivo

Pero esa corriente de opinión, que quiere sacar rédito político del fútbol (como suele hacerlo de la cultura) está cayendo, de hecho, en la misma esencialidad identitaria que en otros casos suele denunciar. ¿Qué saludable extranjería se puede ponderar en Nico Williams y en Lamine Yamal, si el primero ha nacido en Pamplona y el segundo en Espluques de Llobregat?

No hay razón para visualizar en ambos jugadores un ejemplo de inmigrantes adaptados y amigables: los que jalean (por causas políticas, que no deportivas) a Williams y a Yamal no ven en ellos a ciudadanos españoles: ven en ellos a negros y, como tales negros, los ven como un reciente añadido a la selección.

Un concepto coherente de ciudadanía habría omitido semejante construcción. Sobre todo, a la vista de que en la selección española de 2024, como en la de ahora, sí había y hay, en efecto, inmigrantes, personas venidas del extranjero: Robin Le Normand (francés, nacionalizado español en 2023) o Aymeric Laporte (también francés, nacionalizado español en 2021).

¿Por qué los impetuosos defensores de la inmigración hacen referencia a dos españoles de cuna, Williams y Yamal, y se olvidan de auténticos inmigrantes como Le Normand y Laporte? La respuesta les denuncia: por el color de la piel.

Conviene estar alerta. Conviene, sobre todo, estar “autoalerta”. La ideología woke norteamericana quiere encuadrarnos en razas que no existen. Hacer de Williams y Yamal aportaciones extranjeras es un acto quizás no racista, pero sí “racial”. Las aportaciones extranjeras, en la selección española de fútbol, son Le Normand y Laporte.

Si conceptuamos a Williams, habiendo nacido en Pamplona, y a Yamal, en Esplugues de Llobregat, como españoles. ¿Por qué no considerar aquilatado exponente de la noble nación vasca, al uno, y de la no menos noble nación catalana, al otro?

Las proyecciones colectivas, las conciencias de grupo, las clasificaciones de las personas en función de identidades, se superponen, se multiplican; de hecho, tienden a infinito. Si conceptuamos a Williams, habiendo nacido en Pamplona, y a Yamal, en Esplugues de Llobregat, como españoles. ¿Por qué no considerar aquilatado exponente de la noble nación vasca, al uno, y de la no menos noble nación catalana, al otro?

Las adscripciones colectivas son una constelación de identidades. Y en función de visiones políticas o personales escogemos unas u otras. Ahora mismo Euskadi es uno de los territorios más desafectos a la religión cristiana. Al saltar al césped, casi ningún jugador del Athletic Club se santigua, cuando durante 1.500 años los vascos se han pasado la vida santiguándose y, durante más de un siglo, los jugadores de fútbol. Hace tiempo me he fijado, sin embargo, que los hermanos Williams, Iñaki y Nico, sí lo hacen.

Quizás siga habiendo loas a la exótica aportación que ha traído el pamplonica Nico Williams. Pero yo, cuando veo que Nico se santigua al poner el pie en San Mamés, lo veo más anclado a la ancestral identidad de este país que sus compañeros de piel más clara. Todo es una cuestión de mirada: la cuna, la piel, la lengua, las creencias...