Se murió. De tanto usarla, podrías pensar. Culpa de Pedro Sánchez, apuntará algún neurótico. Pero no. Tiene que ver con el nuevo paradigma de consumo, la dictadura del clic, movidas muy Zeta.
Total, que aquí estoy, en duelo por la canción del verano. Ya sabes, aquella sintonía que parecía brotar de la nada y, de pronto, gobernaba el chiringuito, gasolineras, las galas de José Luis Moreno, el hilo musical del súper y Caribe Mix. Tan facilona y pegajosa, omnipresente y marimandona, capaz de ponerte a tararear con la abuela y el jefe en sincronía.
Así era ella y hacía contigo lo que quería. Empujarte a buscar el sol en la playa como Eva María, encender una barbacoa, darle a tu cuerpo alegría, Macarena o montar en el velero para haceros eso, ay, ay, ay. Con prudencia, obvio, porque enseguida aprenderías que ahí está el tiburón, se la llevó, se la llevó.
Ritmos y letras actualizándose según lo pedía el cuerpo y las modas, del pop yeyé al reguetón, del romanticismo al absurdo, travesuras mediante
Lo de la canción del verano ha sido un no pares, sigue, sigue. Encadenamos éxitos durante cinco décadas, desde los setenta con un rayo de sol, uoh, oh, oh, hasta la pandemia yendo despacito. Ritmos y letras actualizándose según lo pedía el cuerpo y las modas, del pop yeyé al reguetón, del romanticismo al absurdo, travesuras mediante.
Un agosto disfrutabas al volante del tractor amarillo. Otro, con mano en la cabeza y movimiento sexy. Al siguiente, invocando al demonio Aserejejadejedejebetudejebereseibiunouva en una coreografía espasmódica. Tú, que siempre llevas la raya del pelo impecable y las cuentas al día.
Y así discurría el bucle, sin más pretensión que no tener ninguna. En apariencia, matizo. Pido disculpas por adelantado a los intelectuales con camisa de flores recién planchada que saben muchísimo de música, pero de esta burra no me baja ni Peret: quien reduzca la canción del verano a melodía simplona para pasar el rato y la canícula, inyectada en vena a golpe de martillo pilón, yerra de cabo a rabo.
En realidad, cumplió el papel de nuestras vidas. Y se transformó por mérito propio en patrimonio inmaterial.
La canción del verano fue salvoconducto, amnistía universal, qué sé yo. Luz verde para poder tomarnos la existencia un poco menos en serio, sacar a la hortera que llevamos dentro y hacer el ridículo en alegre comandita sintiéndonos parte de algo, de la puñetera comunidad en concreto, aunque no fuéramos absolutamente conscientes.
El obbrero y empresario arriesgando cadera a la orden de boooomba, en riguroso directo, al unísono
Cada nueva temporada, mogollón de personas divididas por renta y el dilema de la cebolla en la tortilla de patata compartían himno. Uno que, sin haber sido sometido a votación, representaba al país entero. Y ocurría: obrero y empresario arriesgando cadera a la orden de boooomba, en riguroso directo, al unísono.
Igualador social. Milagro político. Eso fue la canción del verano bajo el reinado de Los Diablos, Georgie Dann, Raffaella Carrà o King África. Hasta que las dinámicas de la industria mutaron y se atomizó la experiencia.
La música prácticamente ha desaparecido de la televisión, el medio que era altar común e intergeneracional, que unía clases y familias. Además, ahora pesa el triple la posición en Spotify o la viralidad de TikTok que la radiofórmula. Y esta arquitectura alimenta un consumo solitario y fragmentado. De la liturgia compartida al menú 2x1 a domicilio, cada quien en su burbuja.
Ha cambiado todo mucho, sí. Antes el balazo musical te atravesaba el pecho por mayo, cuando aún el cambio climático remoloneaba, y en septiembre seguía divirtiendo aunque te persiguiera hasta el cagadero. Hoy sufrimos de hiperinflación. Cada jueves a medianoche, trescientos nuevos intentos de hit en las plataformas. ¿Resultado?
En positivo: más diversidad, mucha gente que se cree artista intentándolo y menos maquinaria discográfica apostando a una sola carta. La cruz: empacho por abundancia y resacón por sobredosis.
Despertamos sepultados bajo un alud de primicias tan ruidoso como efímero
El mercado no busca permanencia, persigue el impacto instantáneo. Despertamos sepultados bajo un alud de primicias tan ruidoso como efímero. Imposible estar al tanto y suerte si la mitad de los cartuchos siguen sonando en julio. Para qué, entonces, esforzarse por parir el auténtico clásico estival.
Bueno, vale. Todavía puede saltar el chispazo y convertirnos en potras salvajes el ratito que dura el bronceado de Oropesa. Pero nada que ver con lo que significa la canción del verano.
Luis Fonsi puso la tumba al concepto, porque de eso va mi reflexión, del concepto, allá por 2017. Ahí sitúan la fecha de defunción los expertos, que aguafiestas son un rato. Como yo, con la diferencia de que de tanto en cuando traigo buenas noticias. Y hoy tengo una: hay vida después de la muerte.
En serio. Aún queda refugio, un callejón donde el tiempo se detiene y el algoritmo pierde el poder, una especie de reserva de la biosfera para los temazos estivales que te acompañaron mientras sentías tu cuerpo vibrar cerca de ella o él. Lo adivinaste: la verbena. Y un escalón por debajo, la discomóvil de tu pueblo. Tesoros de la memoria colectiva.
Muy pronto volverás a saludar a la Orquesta Panorama o DJ Tito y sucederá. Para el segundo kalimotxo te verás gritando el venao, el venao, sentirás que tu corazón latino te invita a vivir un verano sin fin, pedirás que te la batan como haciendo mayonesa y terminarás la madrugada convencido de que para hacer bien el amor hay que venir al sur.
Tenlo claro. En lo que te queda de viaje por el planeta Tierra vas a experimentar pocas cosas más profundamente democráticas y sanadoras que tú y otros cien fulanos perdiendo el decoro con el mismo estribillo idiota en la boca y los pies bailongos en la plaza mayor. Living, por un instante, la vida loca.
