En 2013, un partido de reciente creación llamado AfD se quedó a las puertas de entrar en el Parlamento alemán tras lograr un 4,3% de los votos. Entonces, buena parte de los analistas y politólogos restó importancia al fenómeno y minimizó las posibilidades de que la ultraderecha alcanzara cuotas relevantes de representación.
El argumento era conocido: Alemania, por su historia, parecía vacunada contra este tipo de movimientos, y su sociedad difícilmente respaldaría a una fuerza que cuestionara los principios democráticos asentados tras la Segunda Guerra Mundial.
Hoy, AfD es la primera fuerza en intención de voto en Alemania, según la última encuesta de Ipsos. La ultraderecha alcanza el 29%, frente al 21% de la CDU del canciller Friedrich Merz. La historia, por sí sola, no ha bastado como dique.
Nadie está completamente al margen de que formaciones de corte autoritario alcancen niveles significativos de representación
El contexto global y europeo resulta decisivo para entender el comportamiento electoral de muchos países y regiones. Aunque en algunos lugares de Europa la extrema derecha no avanza con la misma intensidad que en Alemania u otros Estados, nadie está completamente al margen de que formaciones de corte autoritario alcancen niveles significativos de representación. Euskadi no es una isla en ese sentido.
Es cierto que el sistema de partidos vasco, el recuerdo del franquismo y la fortaleza de una izquierda con importantes cuotas de poder dificultan la irrupción de fuerzas abiertamente antidemocráticas en nuestras instituciones. Pero hace no tanto conocimos unos resultados que pueden haber pasado demasiado desapercibidos en el debate público.
Me refiero a la encuesta del Deustobarómetro en su oleada de verano de 2026, en la que se preguntaba a la ciudadanía vasca por su posición respecto a la llamada “prioridad nacional”. Un 52,5% de los encuestados afirmaba estar de acuerdo, en algún grado, con que “es necesario priorizar a las personas autóctonas en la redistribución de recursos públicos (ayudas, vivienda, asistencia sanitaria, etc.) para que no colapsen los servicios públicos”.
Es probable que ese porcentaje sea menor que en otras comunidades del Estado, pero sigue llamando la atención que más de la mitad de la población considere que la desigualdad, la pobreza o la exclusión social deben contar menos que algo tan contingente y fortuito como el lugar de nacimiento.
Los servicios públicos se colapsan por la insuficiencia de financiación o por dinámicas de privatización
El chovinismo del bienestar rara vez necesita grandes justificaciones. Y, en todo caso, conviene recordar que los servicios públicos no suelen colapsar por una mera saturación de usuarios, sino por la insuficiencia de financiación o por dinámicas de privatización.
Ahora bien, ese chovinismo no explica por sí solo el surgimiento de una extrema derecha con capacidad de crecimiento electoral. De hecho, en la pregunta anterior a la relativa a la “prioridad nacional”, una mayoría de los encuestados se mostraba favorable a reconocer los mismos derechos a las personas extranjeras en ámbitos como la sanidad o la educación.
Ese respaldo, sin embargo, se reduce con claridad cuando se trata del acceso a la vivienda —en plena emergencia habitacional— o a las ayudas sociales, espacios en los que los discursos demagógicos de la derecha tradicional han hecho ya buena parte del trabajo.
El rechazo de la población vasca a que las personas inmigrantes abran centros de culto propios da cuenta de algo más profundo
Dentro de esa batería de preguntas hay un dato especialmente revelador: un 33% de la población vasca considera que las personas inmigrantes no deberían tener derecho a abrir centros de culto propios. Es, con diferencia, el nivel de rechazo más alto en todo lo relativo al reconocimiento de derechos y da cuenta de algo más profundo.
Ese rechazo no responde solo al ya conocido chovinismo del bienestar, sino también a un choque cultural del que la ultraderecha ha sabido sacar rédito en Europa y en otras partes del mundo.
Las campañas de Vox en Euskadi ya no se limitan a asociar inmigración con delincuencia o con saturación de los servicios sociales. Ahora incorporan elementos de la cultura vasca para enfrentar a la población autóctona con la extranjera, especialmente cuando esta procede de países africanos y profesa el islam.
La pregunta es si Vox tiene margen para crecer en Euskadi. En las próximas elecciones municipales podría registrar avances importantes en algunas zonas, incluso duplicar su porcentaje de voto en determinados territorios.
La propia configuración de la identidad nacional en la política vasca limita el crecimiento de una fuerza de derechas
Sin embargo, su techo sigue marcado por una sociedad vasca ideológicamente inclinada hacia la izquierda y por el carácter minoritario de un centralismo que apenas puede presentarse aquí como bandera política. En otras palabras: la propia configuración de la identidad nacional en la política vasca limita el crecimiento de una fuerza de derechas, española y centralista.
Que en Euskadi un 33% de la población considere que las personas inmigrantes no deberían poder practicar su religión en centros de culto propios es una señal de alerta. Detrás de ese rechazo se percibe el temor a una pérdida de identidad cultural, y aún está por ver si esa identidad imaginada como amenazada es vasca, española o, en un sentido más amplio, europea.
El poso está ahí, pero todavía no se ha traducido en una expresión política consolidada. Y Vox, hoy por hoy, no parece tener capacidad para canalizarlo plenamente dada su propia limitación en términos de identidad nacional.
Sin embargo, la sociedad vasca —como todas— es dinámica. Aunque su sistema de partidos sea relativamente estable, siempre puede surgir una fuerza capaz de recoger ese miedo a la pérdida de identidad cultural. Cataluña ofrece, en este sentido, una advertencia útil.
Aún hay margen para reaccionar. El primer mensaje es claro: resulta tremendamente difícil que una cultura sustituya a otra, sobre todo si esa supuesta sustitución se produce sin violencia, sin grandes inversiones económicas, sin medios de comunicación que la impulsen y con una comunidad que, pese a su creciente visibilidad, sigue siendo minoritaria.
