Los que somos mayores vivimos la transición política de los años 70 como una forma de esperanza.
Todo el mundo era consciente de la dramática historia de España durante los dos últimos siglos y de la siniestra costumbre nacional de batirse hasta la muerte con los vecinos más próximos.
Hubo un solo grupo político de fuerza significativa que se situó, voluntariamente, fuera de ese consenso: la izquierda abertzale.
Desde el Partido Comunista, cuya posición fue decisiva, hasta buena parte del franquismo social, mucha gente 'puso de su parte' para reconducir la trágica historia española a un presente más próspero y amable.
Y la Ley de Amnistía, que abarcaba a unos y a otros, se vio con el orgullo de una victoria democrática, y no con la vergüenza con que muchos quieren verla ahora.
Hubo terrorismo de extrema derecha, hubo terrorismo de extrema izquierda, y fue la extrema izquierda vasca la que más puso para dinamitar el proceso.
Por fortuna, con ayuda de (casi) todos, el proceso siguió adelante.
Liquidar el consenso
Nuevas generaciones que no vivieron aquel tiempo (ni recordaban el terror anterior, del que sí nos habían hablado nuestras abuelas) decidieron acabar con eso.
De pronto, liquidar el consenso de 1978 se convirtió en un deporte de niñatos incapaces de imaginar qué es una guerra civil, y cuánto duele.
El presidente Rodríguez Zapatero resucitó los fantasmas de la guerra (y ya ha pasado casi un siglo). La dialéctica de buenos y de malos permitió que algunos asesinatos se recordaran como atrocidades y algunos otros se recordaran (si se recordaban) como errores.
El fortalecimiento de la extrema izquierda, con la aparición de Podemos, sirvió para desprestigiar aún más la transición.
Y otra aparición, la de VOX, confirmó que, por la derecha, otros no iban a quedarse quietos: aunque dice defender la Constitución de 1978, VOX quiere destruir elementos básicos de la misma (estado de las autonomías), así como ilegalizar a todo partido que se aparte medio milímetro de sus muy estrechos márgenes de tolerancia política.
El presidente de VOX, Santiago Abascal, durante una sesión de control al Gobierno, en el Congreso, a 25 de marzo de 2026
Pedro Sánchez, un superviviente sin principios, consolidó ese contexto porque servía para recabar apoyos políticos que habrían sido impensables para el PSOE unos pocos años atrás.
La frívola deconstrucción de la democracia de 1978 alcanzó incluso a personas como el lehendakari Urkullu, que se permitió juguetear, en alguna rueda de prensa en Lakua, con su deseo de volver a la forma de gobierno republicana, tragando el anzuelo que con singular habilidad le había lanzado un periodista.
En Euskadi este efecto despliega efectos lamentables. Destruir el consenso de 1978 significa destruir también el blindaje del Concierto Económico
Si cierta izquierda busca abolir la monarquía, si buena parte de ella reprueba lo que aún queda de mercado libre, libertad educativa o libertad religiosa, si todo bicho viviente que se desmarca de sus dogmas recibe el calificativo de fascista, no puede sorprenderse por que la derecha opere de forma reactiva.
Así asoma una extrema derecha que apuesta por un estado radicalmente centralista, se opone a principios básicos de diversidad personal y cultural, e ilegalizaría medio espectro político.
El euskera
En Euskadi este escenario despliega efectos lamentables. Destruir el consenso de 1978 significa destruir también el blindaje del concierto económico, ahora cuestionado por muchas instancias políticas y económicas.
Y acuerdos fundamentales como el que se tejió en torno al euskera están a punto de saltar por los aires, a la vista de los sucesos de las últimas semanas.
Los irresponsables (algunos conscientes, algunos meros circunstantes) que decidieron romper la transición sabían muy bien qué partes del acuerdo querían eliminar.
Lo que debían haber previsto es que, rota la baraja, otras fuerzas también iban a proponer destrucciones paralelas.
Hay que ser muy ingenuo para suponer que eso no iba a pasar.
La paz social está liquidada. Algunos disfrutan de ello con una sonrisa torcida y siniestra. Felicidades.
