Antes, no sé poner fecha pero más o menos cuando el mundo aún discurría despacio y las palabras tenían sentido, una ola era lo obvio: algo que venía, te revolcaba y se iba, y tú salías escupiendo agua salada con el bañador por las rodillas. Ahora trae bochorno, del que hace estallar el mercurio, y no permite que te recompongas. Enseguida llega otra y otra más, en fila, bien pegaditas.
Supongo que por eso los meteorólogos, gente seria a la que solo hacemos caso cuando el tema se pone tan feo como para probar los trucos de Youtube para enfriar la casa, han acuñado nuevo término.
Trenes de olas de calor. Es lo que dicen que estamos sufriendo. Trenes a la deriva con vagones que son días de 40 grados y noches de mínimo 18, frenos echando humo y el hilo musical lo suficientemente alto como para disimular el ruido del inevitable choque.
Pero ahí están las señales. La dorsal africana. Alertas naranjas y rojas. El mapa de España como si le hubieran tirado encima un katxi de tinto. Casi un mes, sin apenas tregua. Y por doquier el discurso oficial recordando que esto es una desgracia colectiva, un bofetón global. Democracia climática que hace sudar al más pintón y exige, por tanto, sacrificios compartidos.
Cierto. Cuando el planeta estalle, y siempre que Elon Musk no llegue a tiempo con su cohete, la humanidad entera sin excepciones se irá a la mierda. Pero hasta alcanzar el apocalipsis, qué. Este descarrilamiento por fascículos jamás será para todos igual. Ni siquiera dentro del ridículamente llamado Primer Mundo.
Aquí mismo, en este preciso instante, hay una línea que no sale en las cartografías y parte el país en dos. No es la del PNV y Bildu, PSOE y PP, ni la del euskera o castellano en la Selectividad. Me refiero a la que separa a las personas que pueden refugiarse del calor cuando les sale del níspero de quienes lo tienen crudo. Perdóname, Marx, pero pocas cosas más clasistas puede haber.
La maldita crisis climática, un asunto que debería ser colectivo, de salud pública, organización social y decisiones valientes, queda degradada a carrera de obstáculos en la que cada cual se las apaña como puede y la cuenta corriente permita
Los muertos. Hablemos de ellos. Análisis rigurosos, esos que dejarán de interesar cuando al fin llegue un frente húmedo por Galicia y el ciclo mediático gire hacia otra tragedia más fotogénica, cuantifican decenas de miles solo en junio en Europa.
La mayoría, viejos y solos; o sea, la infraestructura humana que una vez mantuvo el sistema pero ya no rinde ni produce, solo consume oxígeno y una pensión en entredicho. Así que naturalizamos su pérdida, hasta reducirla a un daño colateral inevitable. Menos conmovedora, incluso, que la desaparición del lince ibérico.
¿Te das cuenta del sesgo? Pues ahora piensa en esa gente que no puede bajar persianas aunque quisiera, porque su trabajo discurre bajo un sol sádico o en un espacio cerrado demasiado parecido al infierno. Empiezo yo: el rider que te trae sushi porque vaya pereza hervir macarrones, la jornalera doblando el lomo en Murcia, el peón de carretera, la kelly que hace camas en una pensión, el operario de una nave industrial que es una parrilla millones de veces peor que la del Burger King...
De éstos, a patadas. Y aún tienen que aguantar cuestionamientos al desmayarse en la hora del bocadillo. ¿Bebió suficiente agua? ¿Tendría patologías previas? ¿Por qué siguió si se sentía mal? ¿No podría haber estudiado para dedicarse a labores más livianas? Es el truco de siempre, convertir un problema estructural en capricho personal. Como cuando arrecia la sequía y anuncios institucionales preguntan si cerraste el grifo mientras te lavabas los dientes. Qué guion tan manido y cómo es posible que todavía funcione.
El caso es que pienso en estos pobres desgraciados y me concluyo privilegiada. Yo solo estoy blindada en mi pequeña cárcel de pladur llamada hogar, rezando a la Virgen de la Cueva para que a las tres de la madrugada caigan tres gotas y poder abrir las ventanas de par en par. A costa, lógico, de compartir intimidad con el patio de manzana.
Por desgracia, enseguida vuelve la exasperación. Justo cuando pienso en esta sociedad hiperproductiva que vende hasta el calor como un reto más para ser competitivo. Hidrata cada treinta minutos. Descarga la app para estar al tanto de próximos avisos. Compra el ventilador de torre que no enfría pero salva el planeta. Y sigue al pie del cañón, sin modificar rutinas, del gimnasio al súper y de ahí al kárate del primogénito, poniendo buena cara. Prohibido mostrar que andas irascible, además de con los talones agrietados.
Ya ves. La maldita crisis climática, un asunto que debería ser colectivo, de salud pública, organización social y decisiones valientes, queda degradada a carrera de obstáculos en la que cada cual se las apaña como puede y la cuenta corriente permita.
Porque esa es otra. Qué pasa cuando sales del búnker doméstico e intentas encontrar un banquito a la fresca. Dificilísimo. Las plazas se han transformado en eriales de hormigón. Y los nuevos barrios, esos ensanches periféricos donde se hacina la clase media aspiracional, continúan lejos de parecer otra cosa que polígonos sin un solo castaño de Indias maduro.
La sombra dice más de la desigualdad ciudadana y nuestro consumista sistema que los informes de la ONU. Claro que si aceptar esto duele, aquí te dejo un hecho peor: darse cuenta en pleno 2026 de que el asfalto acumula celsius y una calle con plátanos mitiga la tortura
¿Modas? En absoluto. El diseño urbano también tiene patrón. Se llama Capitalismo, de apellido Salvaje, y ha privatizado el derecho a huir de la canícula.
Tus opciones para respirar son un insulto a la Carta Magna, la Agenda 2030 y el sentido común: te aposentas bajo un toldo patrocinado por una marca de cerveza, buscas refugio en el aire acondicionado del centro comercial o renuevas carné para entrar en la piscina. En cualquier caso, el alivio requiere tarjeta de crédito.
La sombra dice más de la desigualdad ciudadana y nuestro consumista sistema que los informes de la ONU. Claro que si aceptar esto duele, aquí te dejo un hecho peor: darse cuenta en pleno 2026 de que el asfalto acumula celsius y una calle con plátanos mitiga la tortura. Esa verdad de cajón, manejada con soltura por Eufrasia la del pueblo hace cincuenta años, ahora te la sueltan cuatro iluminados que creen haber descubierto la rueda con la cara de cemento armado de la Plaza del Sol.
Debería dejarlo ya porque me hierve la sangre y el abanico se rompió. Pero hay otra cosa que me escuece. Casi tanto como la etiqueta del sujetador a las seis de la tarde, cuando el cuerpo te devuelve los ardores acumulados. Y quiero confesar. Es el vacío psicológico por la pérdida de identidad.
El norte era el Reino de Gondor en El Señor de los Anillos, bastión inexpugnable de nubes y xirimiri, rincón del mundo con verano variable donde un lunes parecía Sevilla y el resto de la semana Edimburgo. El lugar en que se acuñó una frase en riesgo de extinción: “Llévate algo por si refresca”.
Los telediarios alertando de los casquetes polares, ¿y qué hay del “llévate algo por si refresca”, mantra con el que las madres nos enviaban a las calles protegiéndonos del caos universal y el constipado? Dónde queda la cazadora vaquera, el foulard, la rebeca de punto metida a presión en el bolso. Cómo van a ser sustituidas por la vulgaridad de unos tirantes a media noche.
Necesito. Todo. La chaquetica de la tarde. Dormir de una santa vez a pierna suelta. Que el arbolado saque las raíces de las baldosas cual Ents de Tolkien y se cobre su venganza contra los concejales de Urbanismo, hasta el último multimillonario a bordo de un jet privado y cualquier vendehumos dedicado a hacernos sentir terriblemente culpables por la agonía de los acuíferos.
Una quincena cantábrica, de las de antes, pido. Y que lleguen ya las vacaciones. Con sus olas, las marinas. Capaces de despojarme del señorío, pero también de este inmisericorde, chabacano y despótico calor. Mesedez.
