En Euskadi ocurren cosas que no ocurren en ninguna otra parte del mundo civilizado; por ejemplo, que las autoridades públicas te impidan estudiar en una de las lenguas oficiales de la comunidad autónoma, el español, que además es la materna entre la mayor parte de los ciudadanos residentes en el País Vasco y la segunda más hablada del mundo, con la peregrina idea de favorecer, cosa que además no logran, la llamada "normalización" del euskera, lengua que en muchas ocasiones esas mismas autoridades públicas no hablan nunca, no hablan habitualmente o hablan de aquella manera.
Otra de las cosas que pueden ocurrirte en Euskadi es que, si animas públicamente a la selección de tu país, España, vistes su camiseta o celebras sus éxitos, te rompan la cabeza, y no por parte de un energúmeno al que le falta un hervor, un homeless marginal, un borracho, un hooligan más o menos fanatizado o un ciudadano con problemas mentales sino por una piara organizada, socialmente bien ubicada y simpatizante de Batasuna y alrededores, lo que viene a ser esa opción política beneficiaria del terrorismo ejercido durante cincuenta años en Euskadi, que ya gobierna en muchos pueblos del País Vasco, que colabora con el PSOE de Sánchez, que es socio preferente del Gobierno de España y que se prepara para, más pronto que tarde, para cerrar el círculo y agravar el escarnio, gobernar Euskadi, quizás hasta de la mano de los socialistas vascos, algunos de cuyos compañeros, para rizar el rizo, fueron asesinados por ETA.
La cuestión es que, con motivo de los éxitos deportivos de España en el Mundial que terminamos ganando, hubo gente que tuvo a bien disfrutar de los partidos de fútbol, animar al equipo de su país y, los más osados, portar símbolos externos, como una camiseta de la selección o hasta una bandera española.
Como aún no han alcanzado la independencia de Euskal Herria, pretenden que España sea expulsada de Euskadi, como si Euskadi no formara parte de España y no fuéramos los aquí residentes ciudadanos españoles de pleno derecho
Desde luego, en esta ocasión estos ánimos se han oído más fuerte que nunca, y han sido miles los ciudadanos que se han atrevido a vestir la camiseta oficial de España, especialmente los más jóvenes, la mayoría de los cuales no sufrieron la existencia de ETA, por lo que no vieron el tipo de dictadura que implantó la organización terrorista y, en su mayoría, se expresan con naturalidad y sin miedo, que es justo lo que los ultras independentistas, con su violencia, pretenden cortar de raíz y evitar que ocurra.
Como aún no han alcanzado la independencia de Euskal Herria, pretenden que España sea expulsada de Euskadi, como si Euskadi no formara parte de España y no fuéramos los aquí residentes ciudadanos españoles de pleno derecho.
La cosa es que, durante la celebración del Mundial, hubo miles que quisieron disfrutar con un partido de fútbol y animar a su equipo, España, lo que para los más ultras de la llamada izquierda abertzale es motivo más que suficiente para impedir que ejerzas tu libertad individual y, llegado el caso, si tienen ocasión y no hay nadie que se lo impida, amenazarte verbalmente y agredirte físicamente.
No les entra en la cabeza, porque han sido educados en el odio a España y en el fanatismo nacionalista, que cada cual puede animar al equipo que considere, y con más razón, si cabe, al equipo que representa al país donde nació, trabaja o vive.
Han sido varios los episodios ocurridos durante la celebración del Mundial que deberían hacer reflexionar a las autoridades acerca de sus estrategias para asentar la convivencia, la cual no puede basarse en la sumisión de la mayoría pacífica a la minoría violenta ni en el silencio por miedo de los que tienen derecho a expresarse libremente, sino, justo al contrario, en la marginación de las ideas de los más exaltados, incapaces de convivir en una sociedad democrática.
Si quieren reivindicar una selección vasca oficial o la independencia del territorio que consideren, pueden hacerlo libremente a través de las vías democráticas, pero que dejen en paz al resto y respeten mientras tanto la legalidad vigente. El problema es que han sido educados en el odio y no han visto suficiente desprecio a los métodos violentos que sus padres políticos emplearon y a los que ahora ellos mismos recurren.
No puede ser que se vulneren nuestras libertades democráticas de semejante manera. No puede ser que se permita la violencia fascista contra ciudadanos pacíficos. No puede ser que aquí no pase nada después de que esto ocurra. Ni que demasiados sigan restando importancia a hechos que son gravísimos
Estos hechos demuestran que las autoridades no hacen todo lo que pueden y, en algunos casos, que hacen justo lo contrario de lo que deberían. Por empezar por lo más básico, no pueden admitirse como democráticas ni, por lo tanto, legitimarse aquellas formaciones políticas que siguen sin condenar el terrorismo de ETA, y mucho menos considerarlas actores políticos como el resto ni, desde luego, convertirlas en socios preferentes de cualquiera que quiera gobernar para la mayoría y garantizar la convivencia; en caso contrario, pasan después las cosas que pasan, como que se persiga violentamente a quienes simplemente ejercen su derecho legítimo a expresar sus sentimientos y animar a la selección de España; diría lo mismo si les ocurriera a quienes animasen a la selección de Euskadi, lo que pasa es que a quienes se ataca es a los que animan a España.
Hay, por lo tanto, un caldo de cultivo que favorece y estimula el odio a España en algunas partes de España y, a continuación, se perpetran estos comportamientos inaceptables y estas agresiones violentas. No son episodios aislados sino evidencia de que una parte de la sociedad vasca sigue estando enferma y que otra parte sigue mirando para otro lado o no es consciente del problema.
Hay demasiada cobardía entre nuestros gobernantes y, en algunos casos, por acción o por omisión, clara connivencia con la violencia que ejercen los que siguen sin renunciar a ella. No puede ser que se vulneren nuestras libertades democráticas de semejante manera. No puede ser que se permita la violencia fascista contra ciudadanos pacíficos. No puede ser que aquí no pase nada después de que esto ocurra. Ni que demasiados sigan restando importancia a hechos que son gravísimos.
Pero qué más se puede decir y qué se puede esperar si Arnaldo Otegi sigue siendo socio preferente de Pedro Sánchez, del PSOE y del Gobierno de España.
