No conocemos nada de la muerte. Tampoco de la latosa burocracia que conlleva la muerte. De los días que te corresponden por fallecimiento. De los que no te corresponden. Como si el duelo se cosiera en base a un patrón determinado y todos necesitáramos las mismas horas y los mismos segundos para recomponernos del desasosiego que provoca una despedida.
Mi abuela Soledad eligió este mes de julio para irse. Un día quince. Miércoles. En la tarde. Cuando todavía no se había puesto un sol tan naranja y ardiente como el fuego que amenaza ahora campos y viviendas con brutalidad.
Me lo comunicó mi familia mientras yo conducía de regreso a casa después del trabajo.
Los vacíos se pasan fugaces como las tormentas de verano que descargan su furia y dejan hueco, de nuevo, al sol. Pero cuando hay una defunción el sol no asoma en el horizonte y, a pesar de eso, hay que seguir adelante. Aunque el dolor rasque como la picadura de un aguijón
Hacía días que presagiábamos su marcha en aquel hospital al que entró con una infección convencida de que no tardaría en salir como tantas otras veces en sus 99 años; convencida de que, también en esta ocasión, regresaría a la casa que hacía ya demasiado se había convertido en su único universo.
Allí encontró en los últimos tiempos todo lo que aparentemente le bastaba para seguir. La compañía de su hija y la de una televisión que le servía de puerta a este otro mundo que pisamos los que aún nos creemos vivos en esta sociedad de plastilina.
A través de esa caja negra acudía a misa, ponía a prueba su memoria con un famoso rosco, se informaba, estaba al tanto de series y corazón y, ya de paso, veía a una nieta -esta escribiente- a la que la distancia, la propia vida -qué sé yo- no le permitían disfrutar en carne y hueso.
En esa existencia limitada a un baño, un comedor, un salón y una habitación yo percibía una vejez triste, alejada de la calle, del movimiento, de la brisa, del ruido, de la gente, de la acción… y, sin embargo, ella apreciaba la felicidad. Es terrible lo poco con lo que nos conformamos cuando acecha el ocaso, cuando el cuerpo comienza a desmoronarse como un dominó y cuando no queda nadie ya de los que un día fueron.
Lo cierto es que su muerte llegó para devolverme a lo importante. Para recordarme lo excepcional de haber contado con su presencia hasta los 43 años. Para castigarme por andar absorbida en un trabajo que jamás me hará recuperar el tiempo perdido en familia. Para enseñarme que hay que saber parar cuando es preciso. Coger aire cuando no queda oxígeno.
No pude despedirme de ella en vida por desconocimiento. Por no preguntar. Por no saber que me correspondían días de permiso por ingreso hospitalario. Porque nadie tampoco me informó. Por el miedo a ausentarme de las obligaciones. Por haber tenido la suerte de no vivir el fallecimiento de un familiar desde hacía décadas. Y entre todos esos “por” se me esfumó la oportunidad de decirle adiós.
Su marcha llegó como una sacudida atroz. Y la tristeza y la pena se mezclaron con las sumas y las restas. Con las preguntas en la oficina. Familiar de primer grado. De segundo grado. De cerca. De lejos. Hay desplazamiento. Sí. No. Te pertenecen dos días más uno, tres. Porque hasta cuando alguien muere debe una lidiar con la burocracia
Su marcha llegó como una sacudida atroz. Y la tristeza y la pena se mezclaron con las sumas y las restas. Con las preguntas en la oficina. Familiar de primer grado. De segundo grado. De cerca. De lejos. Hay desplazamiento. Sí. No. Te pertenecen dos días más uno, tres. Porque hasta cuando alguien muere debe una lidiar con la burocracia.
Debe entregar un justificante de muerte. Un papel expedido por el servicio funerario, con firma, fecha y sello, que certifica en el trabajo que sí, que te has ido por fallecimiento, que no has estado de parranda como decía la famosa canción, que no has mentido con un asunto tan crudo. Me resulta espantoso.
Y los escasos tres días de permiso no dan margen para gestionar los vacíos. Se pasan fugaces como las tormentas de verano que descargan su furia y dejan hueco, de nuevo, al sol. Pero cuando hay una defunción el sol no asoma en el horizonte y, a pesar de eso, hay que seguir adelante. Aunque el dolor rasque como la picadura de un aguijón. Aunque arañe la piel como las garras de un felino. Hay que continuar. Llevando la muerte con la propia vida.
Hace unos cinco años cuando andaba yo inmersa en el placer que me proporcionaban mis clases de escritura creativa en Madrid, le dediqué a mi abuela uno de los relatos que tuve que entregar como ejercicio. “A Sole, por tantas llamadas perdidas”. Era una historia inventada, pero partía de una frase que ella me repitió en más de una ocasión en las escasas veces que hablamos por teléfono. “Vive, cariño, vive. Porque cuando eres mayor tienes todo, pero no tienes nada”.
Hay en el baño de mi casa una ventana que apunta al cielo y cada mañana, durante la ducha, me gusta mirar hacia arriba y observar su azul- más vivo, más apagado-, las nubes que lo salpican, los pájaros que lo vuelan.
Me gusta mirar hacia arriba mientras el agua corre por mi cuerpo y creer que allí, en lo más alto, donde mis ojos ni siquiera alcanzan, ahora todos mis abuelos ya reunidos y, con ellos, mi padre… me vigilan, protegen, estiran sus brazos, me agarran fuerte y me susurran al oído ese “vive, cariño, vive”.
Imagen de una persona en la playa.
