No pertenecí a ese tiempo, pero lo he visto en blanco y negro. La gente hacía maletas con billete de ida sin fecha de vuelta. De normal, discretas. Había poco que llevar. Un par de bultos, el bocata envuelto en papel de periódico y puerta.

Sin embargo, muy en el fondo, a través de la línea invisible que conecta mano con corazón, aquel equipaje debía de pesar horrores: dentro iba la vida entera de un ser humano o, más bien, el sueño de conquistar una.

Y tres generaciones después, qué. Pues ahí andamos, sudando la gota gorda a las puertas de las vacaciones para que quepa todo. Cinco bañadores, diez camisetas, tres pares de sandalias, neceser, antihistamínicos, repelente, crema solar y los por si acaso. Ya sabes, ese cajón de sastre emocional que empuja a arrastrar muchísimas más cosas de las necesarias pese a que la experiencia nos grite en la cara que la mitad regresarán intactas.

También te digo. Si escarbas, descubrirás que algo no ha cambiado. Por obligación o devoción, seguimos cargando la maleta de verde esperanza. Entonces era la fe en un futuro digno. Ahora, la Samsonite revienta con el anhelo desbordado de desconectar, reconectar y encontrar esa versión nuestra a la que hace tiempo perdimos la pista.

Por eso tantas veces llenamos el macuto por encima de nuestras posibilidades. Nos importa un comino la realidad de la criatura estresada y con ojeras hasta el cuello que fuimos hasta el 31 de julio. Solo imaginamos el personaje que nos gustaría ser durante los siguientes quince días: el que lee del tirón bajo la sombrilla, madruga para correr por el paseo marítimo, hace el amor con el ventilador de voyeur, cena marisco cada cuatro noches, visita tres ciudades en un día, sube tropecientas stories a Instagram y vuelve con un puñado de frases lapidarias en un grupo de whatsapp unipersonal llamado “Mis pensamientos”.

No lo dudes. Con tanta tontería, la toxicidad se cuela en la maleta y lo que te acabas llevando a rastras es el kit de ser feliz por narices; o sea, ese mantra neurótico de que debes gozarla a toda costa y para lograrlo hay que esforzarse al máximo. Vacaciones idílicas igual a exprimir el tiempo y, de paso, autoexplotarte

Estuvimos ahorrando desde septiembre y esperando este momento. Ha de ocurrir. Así que metemos y metemos: novelas, tapones, zapatillas deportivas, Reflex, camisón de seda, lubricante sabor lima, vestidazos, bolígrafos de colores, baterías portátiles, nitrato de magnesio...

¿Lo ves? Se supone que llevamos meses deseando mandar a paseo el rol de máquina productiva 24/7. Queríamos salir de la rueda de hámster y agonizar en la toalla. O descubrir mundo a nuestro aire. Ansiábamos recordar cómo se hacía eso de no hacer nada más que disfrutar, sin el estrés devorando oxígeno. Y de pronto, hemos sustituido una competición por otra.

No lo dudes. Con tanta tontería, la toxicidad se cuela en la maleta y lo que te acabas llevando a rastras es el kit de ser feliz por narices; o sea, ese mantra neurótico de que debes gozarla a toda costa y para lograrlo hay que esforzarse al máximo. Vacaciones idílicas igual a exprimir el tiempo y, de paso, autoexplotarte.

Luego sale la semana entera nublada, los baños del glamping están indecentes, la aerolínea anuncia overbooking, llama a la puerta una gastroenteritis criminal en la segunda de las diez paradas por la Puglia... Y ahí estás tú: sonriendo falsamente para la cámara, aunque ya solo apetezca cortarse las venas con un rastrillo de juguete.

Suerte si al menos no perteneces a cierta subcategoría de turista. Me refiero a las señoras para las que las vacaciones significan trasladar su servilismo a otro código postal: comprar, cocinar y fregar como de costumbre, para un desagradecido ejército en demasiadas ocasiones, pero con un calor del demonio y sartenes que se pegan.

Este asunto, que no voy a desgranar porque da para columna entera, me hace recordar cierta ingenuidad compartida por personas buenas pero tontas: la idea de que las vacaciones lo curan todo. Hasta las crisis de pareja, piensan, con lo demostradísimo que quedó lo contrario. Medio mes de convivencia forzosa a treinta grados a la sombra, desprovisto del escudo anestésico de la rutina, funciona como detonador de reproches dormidos.

Sucede, ¿eh? Hay quien sin haber probado aún la almohada del hotel ha de asumir que el único equipaje que comparte con su viejo amor es el silencio. O esa tensión donde se nota que, por cualquier nimiedad, estallará la guerra: ya sea a cuánto poner el aire acondicionado o dónde tomar el primer vermú.

Sueno amargada, ¿verdad? Será porque hasta la cuarta semana de agosto no dejo atrás esta ciudad que me aprieta. Ahora bien, vamos a dejar algo claro. Igual que lamento la trampa de preparar la maleta, considero un privilegio incontestable el simple hecho de poder hacerla

En cualquier caso, y por seguir avanzando, antes de lo que creemos estaremos de regreso y podremos hacer la comprobación más importante. Efectivamente: cuánta carga invisible conseguimos dejar en el refugio vacacional y cuánta vuelve agarrada como una larva a las cangrejeras.

Sueno amargada, ¿verdad? Será porque hasta la cuarta semana de agosto no dejo atrás esta ciudad que me aprieta. Ahora bien, vamos a dejar algo claro. Igual que lamento la trampa de preparar la maleta, considero un privilegio incontestable el simple hecho de poder hacerla.

Ojalá vaciar la mochila de las expectativas, celebrar la oportunidad de unos días de descanso y conseguirlo: parar de verdad, bajarnos de esta inercia enferma que obliga a cronometrar hasta el ocio, dejar de tratar las vacaciones como una yincana de autoayuda… Y regalarnos el derecho al dolce far niente, que no es tumbarse a la bartola. En realidad va de bajar las armas de la propia exigencia.

Además, creo que poniendo un poquito de nuestra parte esto se puede conseguir casi en cualquier destino. Desde un lugar súper exótico al que llegarás rodeando un espacio aéreo lleno de misiles Bavar-373 hasta el apartamento de los suegros en quinta línea en Benidorm.

Al final, la auténtica victoria es sobrevivir a las fantasías de felicidad que cada cual se impone. Y volver a casa, siempre volver. Con la frente más marchita y ganas de la siguiente maleta.