Era una mañana de finales de agosto. Debían ser en torno a las diez. Yo esperaba de pie junto a mi portal al mismo coche negro que durante todo ese mes había venido en mi busca para llevarme al trabajo.
Aquel día -no sé bien porqué, quizá un atasco, quizá la falta de prisa- tuve algo de tiempo para observar la vida moviéndose alrededor antes de volcar mi cuerpo exhausto en la parte trasera de un vehículo. Todo un lujo, el tiempo, que me faltó en este verano tórrido y agitado como un remolino de arena.
En ese mirar el mundo con ansia, como quien ve por primera vez, me atrapó una escena que tenía lugar justo enfrente, a apenas unos metros, en una especie de isla que se levanta entre dos carreteras de sentido contrario. Una acera amplia bordeada por vegetación de un verde apagado por tanto sol y en la que un chico en la treintena y de tez blanca como el polvo de arroz, jugueteaba con algo en sus manos que no alcancé a descifrar y que él trataba de colocar sin éxito en el tronco de un árbol. Hablaba solo. Temblaba a ratos. Parecía habitar un universo lejano.
Llevaba demasiado durmiendo en ese rincón, pero su presencia sólo se percibía si le dedicabas la atención que merecen y no reciben los olvidados.
Me llamó la atención el edredón de cuadros azules y verdes bajo el que dormía, colgado de la estructura de la terraza de una conocida pizzería. Era la forma que tenía de airear aquella ropa de cama que olía solo con mirarla. Quizá él creía que el viento inexistente en agosto podía llevarse los aromas y los sueños que sobrevuelan cuando no hay techo bajo el que cobijarse.
¿Cómo llegó ese chico ahí? Me pregunté mientras le observaba esa mañana. ¿En qué momento la vida le arrojó a la calle como se arroja una bolsa de basura a un contenedor? ¿Qué decisión le llevó hasta ese punto o cuál no?
Somos el resultado de lo que hicimos y de lo que no hicimos. De lo que nos pasó y de lo que no nos ocurrió. Hasta la decisión aparentemente más inofensiva puede llevarnos a una concatenación de desgracias capaces de arruinar nuestra existencia o de lo contrario
Hace unos días, una amiga, Marta, colgó un texto en redes sociales que me devolvió a aquella imagen. Escribía la autora de la columna, Emma Vallespinós, sobre ese terrible “¿y si?” al que sometemos nuestra existencia en cada una de las elecciones que tomamos o, más bien, que no llegamos a tomar. “Nuestra nostalgia se alimenta, también, de eso. De los que fuimos alguna vez, de los que ya no seremos nunca”.
¿Y si ese chico al que yo miré durante un rato hasta que un coche negro se detuvo ante mí, no hubiera probado aquel día o aquella noche la droga? ¿Y si jamás se hubiera cruzado con aquella persona? ¿Y si nunca hubiera discutido con un familiar? ¿Y si…? Pues tal vez no estaría ahora donde está.
Así se escribe cada una de nuestras historias. Somos el resultado de lo que hicimos y de lo que no hicimos. De lo que nos pasó y de lo que no nos ocurrió. Hasta la decisión aparentemente más inofensiva puede llevarnos a una concatenación de desgracias capaces de arruinar nuestra existencia o de lo contrario. De bañarla en éxitos. Y apenas somos conscientes de la relevancia de nuestras acciones. De su poder. Por más insignificantes que puedan parecer.
En todo esto juegan también el azar y el destino un papel importante. Dónde nacemos. En qué familia. Cómo. Con quién. En qué entorno. Y aquí regresa de nuevo ese temido “¿y si…?” que vuelve siempre para recordarnos lo que podía haber sido y no fue.
¿Y si, de una vez, se dedicaran las autoridades a ponerse de acuerdo en las soluciones? ¿Y si nadie tuviera que dormir al raso bajo un cielo sin luna ni estrellas?
¿Y si yo me hubiera criado en un punto perdido del continente africano? ¿Y si mi piel fuera negra como el carbón o marrón oscura como el café manchado de leche? ¿Y si el techo de mi casa fuera de paja y la tierra bajo mis pies seca como una grieta y de un amarillo bíblico? ¿Y si cada día, cada hora, hubiera sido una lucha constante por sobrevivir?
Pues tal vez también hubiera cruzado una valla plagada de concertinas o hubiera nadado kilómetros desafiando la rabia del mar y la mía propia o me hubiera subido a una barca de juguete o hubiera puesto en riesgo de mil formas posibles una vida que no era vida. Una vida sin aspiraciones. Una vida sin nada que esperar, sin nada que temer. Porque lo que ha ocurrido en Ceuta es, por encima de todo, un drama humanitario con cientos de crudas realidades detrás.
No es un capricho y no debería ser el negocio político en el que se ha convertido. Por más que hubiera avisos que no fueron escuchados. Por más que Marruecos hiciera la vista gorda y ahora niegue su implicación. Por más que haya partidos que se empeñen en que Rabat es responsable por acción u omisión. Por más visitas interesadas a la ciudad autónoma. Por más todo, lo de Ceuta no es un capricho. Muchos de los que llegaron a Ceuta no lo hicieron por capricho. Tampoco los ceutíes se quejan por capricho.
¿Y si, de una vez, se dedicaran las autoridades a ponerse de acuerdo en las soluciones? ¿Y si nadie tuviera que dormir al raso bajo un cielo sin luna ni estrellas?
