Lo que no se comunica, no existe.
No todos tenemos el mismo nivel de conocimiento de todo.
Recibir información es un privilegio y compartirla es una obligación…
Cuando se pregunta casi a cualquier persona independientemente del cargo que tenga, y de las responsabilidades que le competan, sobre las afirmaciones anteriores, prácticamente el 100% está de acuerdo con esas aseveraciones. Sin embargo, en la práctica esa política de trasladar la información, esa política de comunicar, no se lleva a cabo.
Con mucha más frecuencia de la que sería deseable tanto en empresas como en organizaciones pueden verse las dificultades que supone la transferencia de la información o lo que es lo casi lo mismo, la transferencia del conocimiento.
Que la información es poder, lo llevamos escuchando desde hace siglos, y eso particularmente nos aplica a los de mi gremio: los periodistas.
Parece en todo caso que la máxima, esa que relaciona información y poder, ha quedado inoculada no sólo en el sector periodístico aplica a todos los sectores en general, y nos consideramos más empoderados si tenemos un ápice más de información que la persona con la que compartimos mesa, y por ello, nos la guardamos.
En cualquier centro de trabajo donde no se practique la transparencia, donde no fluya la información, como mucho se puede aspirar a que quienes trabajan allí sientan que trabajan allí, pero nunca que forman parte del proyecto
La realidad es justamente la contraria: no empodera más acumular información, empodera infinitamente más quien sabe compartirla y hace partícipe al resto. La falta de transparencia y la ocultación de información son nocivas en cualquier empresa y en cualquier organización. En cualquier centro de trabajo donde no se practique la transparencia, donde no fluya la información, como mucho se puede aspirar a que quienes trabajan allí sientan que trabajan allí, pero nunca que forman parte del proyecto.
Sentirse parte de algo requiere generosidad por parte de todos. Evidentemente por parte de quien dispone de más información, pero también de quien tiene menos. La decisión de no compartir la información no es sólo un problema de quien acumula el grueso de la misma, que normalmente es el equipo de dirección, sino de cualquiera que tenga un dato por pequeño que sea, y caiga en la mala costumbre de no compartirlo porque considera que tiene un tesoro.
Nadie contrata a nadie que no le merezca confianza. Esta realidad choca con el hecho de que luego no se practique la transparencia. Las empresas que facilitan a sus empleados más información, por sensible que pueda ser, han constatado que su gente es más eficaz, y sobre todo más responsable. Por poner un ejemplo que conocemos todos, Netflix facilita a todo su personal incluso los resultados económicos sin maquillarlos, pero en paralelo enseña a su gente a gestionar la información que recibe.
Esa es la clave. Que quienes reciben la información tengan criterio suficiente para saber qué hacer con ella, siendo conscientes del grado de sensibilidad que supone. Y por supuesto que una mala gestión de los datos se penalice, porque evidentemente es una quiebra de la confianza.
El flujo de la información es necesario y además evita un auténtico cáncer en las organizaciones: la generación de rumores.
Pocas cosas son tan nocivas entre los equipos como la ideación de información cuando no se dispone de la misma. Quienes crean los rumores son además especialistas en difundirlos y viralizarlos.
No compartir los problemas y no hacer partícipe al equipo de la situación hace que no comulguen con el proyecto y genera desafección, falta de motivación y desconfianza
Así que lo mejor es que los datos se compartan, y eso vale por supuesto para los positivos, pero fundamentalmente cuando las cosas vienen mal dadas. No hay nada peor que se padezca, por ejemplo, una situación de crisis económica o de cualquier otro tipo, y que en lugar de explicitar claramente en qué contexto nos movemos, se oculte el problema debajo de la alfombra.
No ver los obstáculos no hace que estos desaparezcan. No compartir los problemas y no hacer partícipe al equipo de la situación hace que no comulguen con el proyecto y genera desafección, falta de motivación y desconfianza.
Porque si no me lo cuentas, no puedo saberlo. Si me lo cuentas, es muy posible que te ganes mi confianza y que hagamos causa común, y si hago un mal uso de algo sensible, evidentemente he de asumir las consecuencias.
Las empresas del siglo XXI son cada vez más transparentes, entre otras cosas porque eso hace más responsables a quienes las integran, y sobre todo les convierte en cómplices y partícipes de un proyecto común.
