Pásate al MODO AHORRO
Playa

Playa Pexels

Opinión

Un verano sin verano

Publicada

Estamos casi en octubre y las noches ya no son como las que describe Joan Didion en uno de sus libros. "En ciertas latitudes hay un lapso de tiempo (…) en que los crepúsculos se vuelven largos y azules (…) Durante las noches azules uno piensa que el día no se va a acabar nunca".

Pero, los días se acaban. Como se acaba todo. Y empiezan poco a poco a apagarse y a desaparecer bajo un cielo cada vez más oscuro y negro a medida que acecha el invierno. Un cielo amenazante como el odio que impera ahora en cada rincón de este país. No sé qué va a pasar.

Ya no es verano. Se fue hace unos días y con él, también, esa aparente felicidad que le acompaña siempre. Como si la tristeza no tuviera cabida cuando brilla el sol y las playas se atestan de bañistas.

Confieso que nunca he creído las felicidades exacerbadas de quienes regresan de su periplo vacacional y hasta de quienes jamás se han ido. Reconozco que me aburren esos reencuentros que llegan en septiembre -como el curso escolar- y en los que todo son maravillas porque nadie se atreve a desvelar sus miserias o a mostrar la vida tal cual es. Con sus luces y sus sombras. Como si hubiera cierta vergüenza o sonrojo en el hecho de reconocer que el periodo estival puede no haber sido todo lo hermoso que se le presupone.

Hay cierta vergüenza o sonrojo en el hecho de reconocer que el periodo estival puede no haber sido todo lo hermoso que se le presupone

Detesto cómo se llenan algunas bocas ajenas cuando responden a la clásica pregunta de "¿cómo han ido las vacaciones?" con un -también clásico- "fenomenal" cuya "a" se alarga tanto al final que es como si se hubiera quedado atascada en la boca. Para que no haya lugar a dudas. Para que no haya un resquicio por el que se pueda llegar a colar alguna penumbra. Una discusión. Un mal día. El tedio. El agotamiento. El hartazgo de la repetición cuando sobra el tiempo.

Hay tanta falsedad en algunos de esos "fenomenal" como en los bolsos de marca que se venden en la calle.

Creo que toda la purpurina que rodea al verano pierde su brillo o adquiere otra luminosidad a medida que te vas haciendo mayor. Julio y agosto ya no son lo que fueron a los dieciocho. Ni lo serán jamás. Entonces parecía que esos dos meses no se iban a ir nunca. El pelo revuelto como el pintalabios, las noches de fiesta y salitre, los viajes infinitos, los enamoramientos esporádicos y aquellos atardeceres siempre iguales y, sin embargo, tan diferentes.

Añoro todo aquello y añoro también la naturalidad. La sinceridad en todas sus formas. La espontaneidad. La verdad tras unas vacaciones, durante la propia vida y, por supuesto, en las redes sociales. Pero, cómo pedir algo así si hasta la mayor inteligencia resulta artificial.

Hay tanta falsedad en algunos de esos "fenomenal" como en los bolsos de marca que se venden en la calle

Lo cierto es que yo he tenido un verano sin verano. Cuando me realizan a mí la clásica pregunta de "¿qué tal ha ido?" y respondo que me ha tocado trabajar, percibo cierta "lástima" en las miradas ajenas. Sin embargo, la realidad es que he vivido y bebido mi verano a sorbos pequeños y placenteros cuando un sábado tarde cualquiera me he sentado en el balcón de la casa de mi madre a leer un libro con la torre de piedra de una iglesia y las montañas de fondo mientras el niño dormía su siesta.

He visto el verano en las carcajadas de mi hijo cada vez que ha compartido minutos del día con su tía, su abuela y con sus primos. He saboreado esta estación a través de una copa de vino con mi familia una noche de agosto en una terraza de Madrid al regresar, exhausta, del trabajo. Con el alboroto que lleva adosada la infancia, con la mesa destartalada, las bebidas esparcidas y los platos a medias.

También he sido feliz un domingo en casa sentada en el sofá con las personas más importantes bajo un ventilador sin parar de girar viendo una película de dibujos de unos animales que cantan. O un lunes, un martes… todos los días de la semana con el cariño en forma de aplausos y sonrisas de unos compañeros a los que llevaré siempre conmigo. Aunque me quedan penas, claro. Muchas. Y culpas también. Por no haberle podido dedicar el tiempo suficiente a lo único que verdaderamente importa.

La realidad es que he vivido y bebido mi verano a sorbos pequeños y placenteros

No ha habido fuegos artificiales en este verano sin verano. Tampoco grandezas. Pero, me quedo con esos pequeños lujos que son los que le dan sentido a todo este teatro en el que no somos más que marionetas tratando de sobrevivir.

Camino por Madrid mientras le doy forma a este texto en mi cabeza. Observo el cielo empezando a tornarse naranja y los bares llenos de personas compartiendo entre cervezas los vaivenes de una jornada más.

Siempre que me pierdo por esta calle de Doctor Esquerdo, me gusta detenerme un rato, como si fuera la primera vez, ante la placa que cuelga del edifico en el que la escritora Carmen Martín Gaite vivió hasta su muerte. En ella hay grabada una cita del Cuento de nunca acabar que dice así: "El mar, que nunca vio el campesino, aparece en los cuentos que le contó el aventurero".