Durante los últimos días, y con motivo de la crisis que ha suscitado el caso de Mari Carmen Abascal y, más en general, la catastrófica situación del mercado inmobiliario español, nos hemos encontrado con un fenómeno recurrente: la exposición del político como activista callejero.

A las puertas del Hospital Gregorio Marañón, donde estaba ingresada la anciana desahuciada, y tras una declaración ante la prensa, dos ministras del Gobierno de España, Sira Rego (Juventud e Infancia) y Mónica García (Sanidad), acompañadas de diputados del Congreso, exhibieron carteles justicieros, exigiendo la inmediata aprobación del “Decreto Maricarmen”.

Al mismo tiempo, Yolanda Díaz, vicepresidenta segunda del Gobierno de España y tercera autoridad dentro del mismo, hizo apelaciones explícitas a movilizarse en contra del gobierno, el gobierno que ella vicepreside. El asunto entra de lleno en lo surreal.

Ya es muy discutible que políticos de la oposición se encuadren en manifestaciones o concentraciones callejeras. Personas o colectivos sociales de su misma sensibilidad política pueden y deben hacerlo, ejerciendo esa forma de presión (pacífica, democrática) que supone expresar de forma pública eslóganes, defender causas o exigir reformas. Pero el papel del político es muy otro. Y si lo es cuando está en la oposición, qué decir si, además, se halla en el poder.

"No digo que haya que prohibir la comparecencia del político a concentraciones de repulsa o reivindicación, pero sí exigirle que trabaje donde debe"

Todo esto empezó hace décadas, con motivo de causas realmente loables. Cuando el terrorismo liquidaba decenas de personas cada año, la rabia exigía ofrecer testimonio público. Y los políticos se sumaban a ellas.

No digo que haya que prohibir la comparecencia del político a concentraciones de repulsa o reivindicación, pero sí exigirle que trabaje donde debe. Y eso, salvo en períodos de campaña electoral, son despachos, reuniones y sedes parlamentarias.

Recordando los años más sangrientos del terrorismo, habría sido muy de agradecer que el endurecimiento de ciertas disposiciones del Código Penal no hubieran tardado décadas en llegar. La sociedad hizo bien en exponer su hartazgo en manifestaciones. Pero habría sido mejor que la clase política se hubiera sumado menos a las pancartas y sí entrado a fondo (y antes) en el análisis de los tipos penales.

Otra causa de intensa movilización popular ha sido la violencia de género. De nuevo, la manifestación de la sociedad tenía y tiene todo su sentido. Pero la obligación de la clase política no pasa por sumarse a exposiciones aflictivas (tampoco de protesta) porque lo que debe hacer es poner los medios políticos, sociales y policiales para combatir esa lacra.

Las manifestaciones públicas son un honorable derecho de la ciudadanía y hay algo de sutil desviación cuando a ellas se suman (y casi siempre lo hacen, además, para protagonizarlas) alcaldes y concejales, consejeros, diputados, senadores… o ministros.

"El papel de una conocida europarlamentaria insultando a policías nacionales, en situaciones de absoluta tensión, no resulta nada constructivo"

El papel de una conocida europarlamentaria insultando a policías nacionales, en situaciones de absoluta tensión, no resulta nada constructivo. Y no hay en esta crítica la más mínima exigencia de que reduzca la intensidad de sus reclamaciones pero, si las tiene, debe exponerlas en foros políticos, aún más cuando ayudó a nombrar ayer y sostiene hoy un gobierno que al parecer detesta.

En la literatura política se contrasta democracia representativa con otras dos formas de democracia: democracia participativa y democracia directa. Pero ahora vivimos en una sociedad donde todo transcurre a velocidad vertiginosa. Los eslóganes, los lemas y las imágenes tienen más eficacia que cualquier argumento fundamentado. El debate público no se funda en la razón sino en una batidora de emociones. Eso lleva a los políticos a abandonar de vez en cuando la moqueta y ponerse el disfraz de heroicos activistas.

La profunda inclinación que siente hoy la clase política por situarse detrás de una pancarta, nos lleva a una inédita versión de democracia: democracia mediática o escénica, podríamos decir. O quizás haya otra esdrújula denominación aún más acertada: democracia histriónica.