La vecina de 87 años, Maricarmen Abascal (i), acompañada por representantes del movimiento vecinal ´Inquilinas de Madrid´ / EFE
Puede que hoy vayas al supermercado. Tal vez a la peluquería, al trabajo o al bar. Pero donde seguro volverás, a poco que te acompañe la suerte, es a casa. Además así, a diferencia del resto de lugares comunes: sin artículo.
Estás en casa. Sales de casa. Qué ganas tienes de llegar a casa. Casa es casa. Y, cuando la nombras, nadie pregunta cuál. Hasta que el mercado atraviesa la puerta. Entonces, se convierte en otra cosa.
Los economistas hablan de vivienda. El catastro, de inmueble. En los anuncios es propiedad. En los fondos, activo. Para inversores, cartera. Y, si te alejas un poco más, llegará un momento en que aquellos 65 metros cuadrados donde alguien crió a sus hijos, cuidó a sus padres, aprendió sus primeros acordes o lloró el tercer desamor pasará a ser una oportunidad.
Vale, ninguna de esas palabras dice algo que no sea cierto. Las casas tienen precio. Se compran, venden, alquilan, heredan. El problema es que hemos aprendido a mirar nuestro hogar igualito que los señores encorbatados especialistas en rentabilidad.
Consumar este malabarismo sería como pretender un abdomen plano sin darle respiro a la cerveza
No vale con tener casa en la que cobijarnos. También confiamos en que haga de hucha, red de seguridad y salvavidas para la vejez. Que nos resguarde de la lluvia de otoño y, ya que estamos, de la próxima tormenta económica.
Ahí empiezan las contradicciones. Porque lo queremos todo. Que haya arrendamientos baratos para que el niño se emancipe de una vez y sacar un pico al cuchitril de la abuela. Que baje la nueva promoción de adosados y nuestro tercero con vistas a un patio interior siga revalorizándose. Que se construya vivienda pública, pero primero para los de aquí, aunque nadie tenga claro desde qué generación empieza el complemento circunstancial de lugar.
Y, por supuesto, no ser el único idiota del barrio que cobra quinientos si se puede sacar trescientos más.
Pues traigo malas noticias: consumar este malabarismo sería como pretender un abdomen plano sin darle respiro a la cerveza.
Los papeles pueden acreditar quién posee una casa, pero no todo lo que una vida acaba haciendo suya
Lógicamente las casas tienen precio, dueños, escrituras. Nadie está diciendo que quien haya invertido sus ahorros en una deba ofrecerla al primero que pase a cambio de dos gallinas y un abrazo. Pero quizá va siendo hora de reconocer lo que llevamos siglos empeñados en olvidar: con los derechos fundamentales no se especula. Ni Botín, ni tú.
Maricarmen. 87 años, 71 viviendo en el mismo piso de Madrid. Renta antigua. Contrato subrogado tras la muerte de su madre. Un fondo buitre decidido a llegar hasta el final. Una camilla saliendo por el portal. Propiedad versus pertenencia. Vaya choque de trenes.
La propiedad cabe en una escritura. Incluye porcentajes, firmas, sellos y un nombre en el Registro. La segunda es bastante más difícil de archivar. ¿Dónde se inscribe una biografía, cuánto ocupa en el Catastro una vida?
Los papeles pueden acreditar quién posee una casa, pero no todo lo que una vida acaba haciendo suya. Y esa diferencia importa porque obliga a hacerse preguntas. Qué protegemos. Hasta dónde. Cuánto puede mandar el dinero.
Por eso, supongo, se inventó la política. Para, ante cualquier conflicto, sacar la lupa, establecer límites y decidir qué asuntos son demasiado importantes como para que la única respuesta sea “lo que diga el mercado”.
El Gobierno ha aprobado medidas que ahora deberán superar el peaje del Congreso
Si le dejas, el mercado siempre responderá “hasta luego, Maricarmen”. Fue diseñado para eso: hacer cálculos, comparar cifras, sacar provecho. Y ya. No va a tener en cuenta las rayas a lápiz en la pared de cuando estabas creciendo, ni las recetas escritas a mano por una madre muerta que siguen en el tercer cajón de la cocina. Eso no aumenta el valor de una vivienda. Y, sin embargo, es justo lo que la convierte en casa.
Qué tragaderas hemos tenido. Hasta ahora.
El desahucio de Maricarmen prendió algo que llevaba demasiado tiempo empapado en gasolina. Miles y miles de personas están saliendo a las calles de Madrid. Cientos duermen desde hace una semana en Sol. Las protestas se han extendido a nuestro terruño. Y ya se está rompiendo el puzzle. Ella vuelve a casa con un acuerdo razonable. El Gobierno ha aprobado medidas que ahora deberán superar el peaje del Congreso.
¿Problema resuelto? Evidentemente no. Pero se está consiguiendo algo bastante más importante de lo que parece: obligar a los políticos a hacer política.
Ahora, la clave: no desfallecer. Hay que apretar, forzar la discusión. Toda. Qué funciona y qué no. Qué efectos secundarios provoca cada intervención. Cuánto ladrillo hace falta y qué rehabilitar antes. Cuál es la protección que necesita quien alquila y qué seguridad quien pone su vivienda en alquiler. Qué hacemos con los grandes tenedores, los pisos turísticos y la vivienda vacía. O si reventamos ya este sistema para construir uno nuevo.
Las instituciones, además, desarrollan una extraordinaria tolerancia a los problemas ciudadanos
Pero nada de levantar el campamento, por favor. Sobre todo, el mental. Que siga dando el Sol para sacar a la luz lo que durante demasiado tiempo hemos padecido a oscuras, a solas, en la intimidad.
Piénsalo. Tu casa es casi con toda seguridad el espacio más privado que tienes. Cierras la puerta para dejar el mundo fuera y habitar el tuyo. Te pones la camiseta de bolillos. Follas. Lloras. Pruebas otra vez la receta de pan con masa madre. Duermes desde la tranquilidad elemental de saber que, al despertar, seguirás en las mismas sábanas.
Y, sin embargo, para defender el fortín donde puedes bajar la guardia y ser más tú que en ningún otro sitio has de hacer al revés. Abrir la puerta. Salir. Encontrarte con la gente. Ocupar una plaza. Hacer ruido. Incomodar.
Pocas cosas habrán cambiado en la historia gracias a que todo el mundo estuviera razonablemente de acuerdo desde su salón. Las instituciones, además, desarrollan una extraordinaria tolerancia a los problemas ciudadanos. Los incorporan a la agenda, anuncian un plan, crean una comisión, encargan un informe y para cuando llega el siguiente ya nadie recuerda en qué bandeja acabó el primero.
Y si los de arriba vuelven a fallar, mandarlos donde toca: a su puñetera casa
La calle sirve, entre otras movidas, para sacudirles el archivador. También para recordarnos lo siguiente. Y con esto lo dejo por hoy.
La política no es un servicio técnico al que llamar cuando la caldera deja de funcionar. No termina cuando metemos una papeleta en la urna. También incluye la responsabilidad de organizarnos, vigilar, tocar las narices.
Y si los de arriba vuelven a fallar, mandarlos donde toca: a su puñetera casa.